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Doña Bárbara, 90 años; Por Gustavo Luis Carrera

 

De entrada, dos breves anécdotas.

Con motivo de los 50 años de la publicación de Doña Bárbara, en 1979, hubo un acto especial, conmemorativo de la aparición de la novela, en el Instituto de América Latina en París. Allí escuché al reconocido escritor cubano Alejo Carpentier, en su intervención al respecto, hacer una afirmación de gran significación: “Cuando se publicó Doña Bárbara los jóvenes escritores de la época dijimos: sí es posible una novela hispanoamericana; fue para nosotros algo así como la señal que estábamos esperando”. Luego, al final del acto, tuve la oportunidad de reafirmar con el celebrado escritor el alcance de sus palabras: “Fue todo un símbolo, sin duda”.

En ese mismo año de 1979, invitado por la Universidad de Toulouse, di una conferencia sobre Rómulo Gallegos y su novela, también como homenaje a Doña Bárbara. Entre los profesores de dicha universidad estaba el afamado novelista paraguayo Augusto Roa Bastos; persona discreta y afable. Me dijo Roa Bastos: “Gallegos fue el gran iniciador de nuestro camino novelístico en Hispanoamérica, y su ícono, que nos impactó a todos, fue Doña Bárbara”.

La novela consagratoria de Rómulo Gallegos, Doña Bárbara, fue publicada por la Editorial Araluce, de Barcelona, España, en 1929. Resultó galardonada como la mejor novela del mes, lo cual, así parezca escaso el lapso considerado, no era poca cosa siendo Gallegos extranjero y en un tiempo de desarrollo intenso de la novelística española.

Gallegos concibió y trabajó esta novela como lo hacían los maestros del realismo: visitando los ambientes, conviviendo con los personajes y tomado apuntes. Inclusive hay una célebre foto del autor en el Llano anotando en un cuaderno las que debían ser sus observaciones más impactantes.

Ahora bien, a noventa años de su aparición resalta el hecho cierto de que Doña Bárbara creó un arquetipo: el de la mujer fuerte y guerrera que compite con el hombre en terrenos que antes estaban vedados al género femenino. Su lucha, su acción, inclusive agresiva y hasta asesina, resalta como la explicable venganza de una mujer que había sido atacada y vejada por hombres desalmados. Su presencia, vigorosa y resuelta, creó un paradigma; por ello, cuando decimos que una mujer es una Doña Bárbara, sobran las explicaciones. Su condición arquetípica es indiscutible: forma parte del léxico común en Venezuela y en otros países.

Representa Doña Bárbara el caso característico en el cual un personaje se le impone a su propio autor, demostrando con ello la esencial condición de creador literario de Gallegos por encima de su propósito sociológico. Si esta novela, como se dice repetidamente, encarna la contraposición de la civilización contra la barbarie, el lector llega a la conclusión de que el gran personaje es doña Bárbara, o sea: la representación culminante de la barbarie. Es evidente que la novela es la novela de doña Bárbara y no de Santos Luzardo, que simboliza la civilización. ¿Cómo es esto posible dentro del pensamiento progresista y civilizador de Gallegos? Simplemente porque el personaje de doña Bárbara encarna el soporte de la acción, del sentido de la obra. Su vigor y su atracción sedujeron al autor, que se vio forzado a conceder al personaje el papel principal y ocupar el título de la novela. Quizás todo esto en contra de la voluntad inicial de Gallegos. Pero, es la realidad. Inclusive, cualquier lector ante la pregunta de qué personaje de la novela captó mayormente su atención, seduciéndolo y permaneciendo en su memoria, dirá, sin duda: doña Bárbara. Es más, Gallegos ya califica al personaje en su nombre: bárbara, barbarie. Pero, esa es la magia de la literatura: no siempre el autor tiene la razón.

Desde otra perspectiva, puede decirse que la novela Doña Bárbara se corresponde con la técnica de representación modélica que Gallegos da a sus personajes. Santos Luzardo es el civilizador, Lorenzo Barquero es el sometido a la fuerza devoradora de la naturaleza, Míster Dánger es la amenaza extrajera –o más bien norteamericana–, el Coronel Pernalete es la fuerza bruta de la dictadura, el Bachiller Mujiquita es el cómplice servil de este mandón regional, mientras Juan Primito es el contacto con la fantasía y la superstición; dejando para doña Bárbara, supuestamente, la representación de la condenable barbarie, y para Marisela el símbolo de la esperanza positiva de la juventud, el futuro. De hecho, en su narrativa –cuentos y novelas– puede decirse que Gallegos maneja en los personajes símbolos evidentes hasta en sus nombres; al final más que símbolos son representaciones tipificadas.

Otro enfoque, de gran trascendencia hispanoamericana, es el que destaca en esta novela la incorporación directa, activa y destructiva de la naturaleza. En este caso, el Llano; por cierto, como después será la selva en la novela Canaima. Esta presencia dominante y aniquiladora de la naturaleza va a aparecer en diversas novelas de nuestro subcontinente. Y ello, hasta el extremo de que algunos críticos hablan de una “novela de la naturaleza” en Hispanoamérica.

La ambientación es otro de los grandes valores de esta novela. Las características del trabajo de los llaneros, de sus faenas cotidianas, de la doma del caballo cerrero, las costumbres regionales, la fantasía expresiva, así como tradicionales cuentos y leyendas, conforman un cuadro excelente y sobre todo convincente de una realidad donde lo verosímil y lo mágico se funden en una sola realidad proteica, multiforme, como es, en verdad, la realidad que vemos y palpamos. No en vano se alude a un realismo galleguiano.

Cuando aparece Doña Bárbara ya Gallegos había publicado treinta y tres cuentos y dos novelas (El último Solar Reinaldo Solar y La trepadora), o sea, que se trataba de un narrador ya formado, en su adultez como escritor. Esto, sin duda, hace que Doña Bárbara sea una novela tan bien estructurada, compuesta como un gran fresco narrativo en perfecto juego de intercambio de papeles entre la descripción y la narración.

Al final, doña Bárbara desaparece, se la traga la sabana, alejándose, como dice Gallegos, “más allá del Cunaviche, más allá del Cinaruco, más allá de Meta”. Es decir, que el símbolo permanece.

El destacado escritor cubano Juan Marinello señaló las que él llamó “las tres novelas ejemplares de América”: Doña BárbaraLa vorágine Don Segundo Sombra.

Hombre culto, gran lector, de penetrante agudeza sicológica, dueño de un estilo vigoroso y a la vez elegante, Rómulo Gallegos es el gran novelista de Venezuela, reflejado en la grandeza y la fascinación que sigue irradiando su novela Doña Bárbara, noventa años después.

 

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