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Pedro R. García: El Caso Venezolano y la alteración de la agenda política

 

La crisis se cuela por las fisuras de un régimen débil, fragmentado por la corrupción, contaminado de autoritarismo. La capacidad de maniobra se restringe cada día, dejando escasos espacios para las ironías, para las arengas soberbias, no hay culpas ajenas en ese discurso absurdo.  Para el Gobierno se acabó la posibilidad de construir la realidad propia y esconder la ajena recurriendo a la fábula de las conspiraciones golpistas.  La realidad que los ha de marcar hasta el final y para la cual ya no funcionarán los perversos mecanismos de negación y agresión que hasta ahora han tratado de ocultar corrupciones, accidentes y malas políticas, con la medrosidad todavía de algunos factores. Esta crisis debería ser modélica para lograr una articulación para el rescate de la democracia y para los desafíos a futuro del sistema político.

Ubicando algunas pistas….

¿Sería Tucidides el creador de la historiografía moderna?, su insistencia en que la historia era cosa de hombres y no de intervenciones sobrenaturales, así como su convicción de que los testigos de primera mano eran la mejor fuente de la crónica, lo señalan como fundador de lo que algunos quieren definir como ciencia. El más incrédulo de todos los historiadores, antes del autor de El Príncipe. Nietzsche, quien lo leyó de joven en griego y más tarde en alemán, lo utilizaba como antídoto ante los excesos del idealismo platónico. No es un autor para lectores de historia: es un historiador para profesionales, del mismo modo que Poussin es un pintor para pintores. El verdadero precursor de Gibbon, el primero en acudir a la ironía para distanciarse de los sucesos de la narrativa. Escéptico y con la aspiración a ser siempre objetivo, una empresa improbable, incluso para talentos como el suyo, o el de Heródoto, toda su obra se limita a un solo libro: su Historia de la Guerra del Peloponeso una ambiciosa crónica del insensato enfrentamiento entre Atenas y Esparta que terminó con la caída de la ciudad de Sócrates, hoy frente al reciente agiornamiento de ese desafortunado pueblo, traemos a colación el Quinto Libro de La guerra del Peloponeso que concluye con un diálogo entre las autoridades de la isla de Melos y las de Atenas. El “terrible diálogo”, como lo yamó Nietzsche. (Hoy quiero traerlo a colación salvando las distancias y antecedentes, frente al intento de una fuerza interna que actuando como ejército de ocupación, pretende rendirnos o nuestra exclusión total de la posibilidad de tener alguna tarea de mediana responsabilidad en su modelo de Estado Comunal y que decreta la liquidación de la Republica).

Cito: Los emisarios de la flota ateniense, en ese momento empeñada en una guerra contra Esparta, intiman a los insulares a rendirse a la voluntad del imperio ático, y convertirse en su aliada y sufragar tributo. El episodio tiene el suspenso de las grandes aventura épicas. ¿Qué van a responder los melios, ante la clara superioridad del ejército invasor? Conocen al enemigo y saben que la rendición terminaría en esclavitud. Pero la victoria frente a los atenienses no es probable: se trata de una de las grandes potencias militares del Mediterráneo, esa que encabezó en tres oportunidades la victoria sobre el infinito ejército persa.

La esperanza de los melios consiste en la ayuda de los espartanos; esperanza vana por las distancias y porque, fatalmente, el dominio del mar es ateniense. La respuesta Melia es inapelable:

“No privaremos de la libertad en un instante a una ciudad fundada hace setecientos años”

Los atenienses son atenienses y buenos sofistas. Y así quieren convencer a los asediados de las pocas obvias ventajas de convertirse en vasallos:

“Porque les sería provechoso que se sometieran antes de sufrir lo más terrible, y nosotros saldríamos ganando si no los destruimos”

A la singular lógica ateniense, eso de que someterse y verse privado de la libertad es algo altamente recomendable, los melios responden con lucidez y coraje. Una actitud admirable, tanto como detestable es la de los atenienses, expresión de una desbordada hybris que será la verdadera causa de la caída del imperio de Pericles. En su comentario al Libro Quinto, Luciano Canfora parece tener razón cuando escribe que se trata de una “teorización del valor universal de la ley del más fuerte”.

El diálogo, leído y estudiado en las aulas de Oxford y Cambridge, servirá como fundamento a los desmanes del imperio británico y los demás imperios europeos del XIX. Lo que cuenta Tucídides es la primera justificación, el primer intento de legitimar la separación de la política de la moral. El imperio ateniense, tal como se presenta en el Libro Quinto, no es menos despiadado que los imperios bárbaros. Lo bueno y lo malo como categorías se desdibujan. A la hora de ejercer el poder, Atenas, como cualquier país bananero o azucarero o petrolero del XX o XXI como  el caso nuestro, dejó de lado los fines últimos de la república para subordinarlos a la permanencia de un partido en el poder. Algunos fragmentos del “aterrador diálogo”:

Melios: ¿Cómo puede ser provechoso para nosotros ser esclavos de ustedes?

Atenienses: Porque es preferible ser esclavos que sufrir todos los males y daños que les puede ocasionar la guerra. Y para nosotros porque es mejor gobernarlos y tenerlos por esclavos que matarlos y destruirlos.

Melios: ¿Y no les parece bien que nos mantengamos neutrales, sin unirnos ni a una parte ni a la otra y que quedemos como amigos en lugar de enemigos?

Atenienses: En modo alguno, porque más daño nos haría tenerlos como amigos que como enemigos; porque si los tomamos como amigos por temor, sería una señal de debilidad. Las fuerzas de ustedes son inferiores a las nuestras, por lo tanto, es mejor que se preocupen por sus vidas y no resistirse a los más fuertes y poderosos.

Melios: Es cierto pero también lo es que el que se somete a otro ya no tiene esperanzas de libertad, mientras que el que se defiende nunca deja de tenerlas.

Y estos son los últimos parlamentos del diálogo:

Melios: Varones atenienses, no cambiaremos de parecer ni deseamos perder una libertad de setecientos años que con la ayuda de los lacedemonios pensamos mantener, aunque todavía les proponemos conservar la amistad, saliendo ustedes de nuestras tierras y dejándonos libres y en paz.

Atenienses: Entre todos los que conocemos, sólo ustedes consideran más seguro el futuro que el presente y toman por seguro lo que no ha ocurrido, entregándose a los lacedemonios, a la esperanza y la fortuna, lo cual será la causa de vuestra pérdida y ruina.

La ayuda nunca yegaría.

Y esto fue lo que ocurrió, de acuerdo con Tucídides, ciudadano libre de Atenas: Los atenienses, los cuales mandaron a ejecutar a todos los melios adultos y jóvenes mayores de catorce años, y los niños y mujeres fueron vendidos como esclavos” El Libro Quinto es uno de los grandes testimonios de la tribu humana. El aterrador intento de justificar el abuso de poder. La detestable arrogancia de quien no ejerce el gobierno de modo crítico, la fascinación del rol de conquistador, y así, como agrega Canfora, esta sección de la Historia de Tucídides va más allá de la situación concreta y se convierte en el “diálogo entre la víctima y su verdugo”. “Hoy no podemos volver a ese pasaje ni a las ideas que fueron liquidadas cuando cayó el Imperio Ateniense, y el muro de Berlín”. Pero cuando estalla la Gran Recesión, los que gobernaban no eran epígonos de lo que encarnó aquel Imperio ni el Muro, sino los representantes del liberalismo y del conservadurismo: los Bush, Merkel, Sarkozy, Berlusconi, Durão Barroso (y Rodríguez Zapatero, Hollande, que igual sirvió de maestro oficiante), o asimilados como (Blair). Al frente de los principales bancos centrales, que tanta importancia han tenido, estaban el republicano Bernanke o el custodio de la ortodoxia, Jean-Claude Trichet, apenas dos décadas después del Big Bang  que supuso el fin del socialismo real tuvo lugar una réplica en forma de una crisis económica mayor del sistema, y que manifiesta continuidades con los rescoldos de aquello. Poco antes de morir, el historiador Eric Hobsbawm declaró: “El colapso de 2008 es una suerte de equivalente de derechas de la caída del muro de Berlín, cuyas consecuencias han yevado al mundo a volver a descubrir que el capitalismo no es la solución, sino el problema”. Hay analistas (Giovanni Arrighi) que cuestionan que el XX haya sido el siglo corto de Hobsbawm, sino más bien un siglo largo que en la segunda década de la siguiente centuria todavía no ha terminado, y en cuyo interior se conjugaron las cuatro crisis mayores del capitalismo: las dos guerras mundiales, la Gran Depresión de los años treinta, y la Gran Recesión (El largo siglo XX). Si hubiera que encontrar un hilo conductor de todos estos libros, mucho más heterodoxos en general que los que se publicaron hace más o menos un lustro con los primeros síntomas de lo que estaba ocurriendo, éste sería el siguiente: el principal enemigo del capitalismo, los principales proveedores de hechos e ideas para desequilibrar su coexistencia con la democracia, son los propios capitalistas,  por sus abusos e irregularidades, no los partidos de izquierdas, las nuevas formaciones emergentes arriba-abajo, los sindicatos o los herederos de Mayo del 68, en el extremo, la ira y la indignación de la población es mono causal: una forma de progreso económico que, orientada a la creación de riqueza privada, es indiferente a la idea de bienestar colectivo, justicia social y protección ambiental. Los indignados del siglo XXI apenas mencionan la revolución bolchevique ni los soviets, sino “retomar el hilo roto de 1789” (libertad, igualdad, fraternidad), lo que significa una democracia librada del poder del dinero. Como dice uno de los autores de estos ensayos, no reivindican al viejo Sartre, sino al rejuvenecido Camus, en la línea editorial de Combat, el periódico que dirigió contra los nazis: “De la resistencia a la revolución”. Las comprensiones clásicas de la lucha de clases fueron el correlato teórico de la efervescencia política de una gran masa de asalariados empobrecidos. Sin embargo, en algún momento de la segunda mitad del siglo XX, los análisis de las clases sociales empezaron a adquirir una textura aceitosa producto de su fermentación académica. Entre nosotros las desigualdades se incrementaron con consecuencias aberrantes, pero las falsificadas teorías de un edulcorado socialismo además con el apellido de siglo XXI, que han tratado de explicarlas en términos de enfrentamientos colectivos transmitiendo una fuerte sensación de artificialidad. En las últimas dos décadas, en cambio, hemos asistido a una amplia revitalización de este campo de estudio a medida que el foco se ha desplazado desde la clase trabajadora hasta las clases medias y altas. Ojala que la lucha por la revitalización de la democracia en el país goce de buena salud: y que sencillamente estábamos mirando hacia el lugar inadvertido.

Pasa el tiempo y el segundero avanza decapitando esperanzas”

pedrorafaelgarciamolina@yahoo.com

 

 

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