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Vladimir Villegas: Negociar, pero sin complejo de culpa

 

Unos contactos preliminares, directos o indirectos, entre voceros del oficialismo y representantes de la oposición que lidera Juan Guaidó han desatado toda una tormenta política porque se supo y fue revelado a distintos medios de comunicación, como ocurrió hace ya unos días en mi programa de Unión Radio, cuando el politólogo Carlos Raúl Hernández dio a conocer hasta el “retrato hablado” de dos de los tres opositores presentes en Oslo, capital de Noruega, país que está haciendo las veces de mediador, facilitador o como quiera que se le pueda calificar a quien sirve de vaso comunicante entre adversarios.

Quienes sustentamos la idea de que debe explorarse el camino de la negociación para resolver la grave crisis política, social, económica e institucional del país vemos con satisfacción que Juan Guaidó haya enviado esa representación a Noruega, y que también Nicolás Maduro tomara la decisión de enviar a dos de sus figuras más cercanas es un paso positivo en la dirección de abrir una puerta de salida no violenta y no sangrienta a esta tragedia nacional que cada día se complica más.

Es natural que estos intentos estén rodeados de escepticismo, pesimismo y desconfianza, porque ya hemos pasado por varios intentos que se han traducido en frustración, pérdida de tiempo y maniobrillas oficialistas destinadas a “comprar tiempo”, dividir a la oposición e incluso desprestigiar, “encochinar” y sabotear cualquier posibilidad de llegar a acuerdos verdaderos, serios y sobre todo sustanciales.

El gobierno ha tenido éxito en su objetivo de generar alergia, en el conglomerado social que lo adversa, a todo lo que signifique negociación o diálogo y elección. ¿Y por qué el gobierno ha tenido éxito? En parte gracias a méritos propios y en parte es responsabilidad de quienes han dirigido la estrategia opositora en esos fallidos intentos de diálogo.

La oposición no puede ir a esos espacios de conversación con complejo de culpa, con la fijación de que está cometiendo un acto de traición, de debilidad o de “colaboracionismo”. No le puede hacer concesiones a la pretensión del gobierno de querer conversar para que todo siga igual y para que se le de la espalda a la desesperante situación de una nación que exige a gritos un cambio.

Pero tampoco puede andar por allí con la actitud de quien necesita ser perdonado o validado por sectores extremistas que a la hora de verdad terminan, por la vía de los hechos, haciendo causa común con sus similares del lado chavista o madurista, para ser más exactos.

Ya se sabe que hay gente del gobierno y gente de la oposición hablando a través de terceros, por señales de humo o por simples contactos indirectos a través de importantes figuras noruegas. No tiene ningún sentido desmentir y tampoco callar, si ya se ha revelado el secreto. Ni tampoco sería lo correcto retirarse, desistir de intentar una vez más y las veces que sean necesarias una salida negociada. Venezuela merece esos intentos.

Sentarse a negociar, o incluso apenas buscar construir ese espacio de exploración,  es un acto de valentía política que no puede ser minimizado ni descalificado por quienes  en esta oportunidad tienen las riendas de la conducción opositoras y han promovido o al menos aceptado esos acercamientos.

No hay que echar los cuentos de las reuniones, pero ya que se sabe de estos encuentros  pues es pertinente ir asumiendo y explicando, incluso ante las grandes mayorías que hoy repudian al gobierno, la conveniencia de ir a la mesa de negociación, lo cual no tiene por qué implicar la renuncia a la protesta y a la movilización.

No está garantizado que la negociación, si llegara a concretarse, va a dar resultados positivos. Es una apuesta arriesgada, pero en las circunstancias actuales le gobierno tiene flancos débiles que no estaban presentes en los anteriores intentos de diálogo. Pero si la oposición no se concentra en ellos sino en el miedo que puede producir la renuencia del extremismo a aceptar esta opción, pues entonces veremos nuevamente las caras largas del fracaso y la sonrisa sarcástica de los voceros oficialistas que celebrarán una vez mas haber llevado agua al molino de la desesperanza, la rabia y la frustración.

 

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