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Juan Jesús Aznarez: Ni ‘guarimbas’, ni trampas

 

Las reuniones de Oslo entre el Gobierno y la oposición de Venezuela son oportunas, pero conviene refrenar las expectativas porque oposiciones hay muchas y la coaligada con Estados Unidos para derrocar a Maduro viajó a Noruega a regañadientes, convencida de que allí el régimen volverá a las cabriolas para ganar tiempo sin hacer concesiones sustantivas. Cabe suponer que las asumirá cuando la dirección político-castrense del chavismo llegue al convencimiento de que la catástrofe nacional es insostenible y la intervención militar americana, más que probable.

El maximalismo es previsible en el arranque de cualquier negociación pero la fragmentación opositora resulta preocupante. Ganó las legislativas de diciembre de 2015 porque participó agrupada en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) después de un período de personalismos y rivalidades internas. Obtuvo 112 de los 167 escaños de la Asamblea Nacional y su gran primera victoria electoral en 17 años. Lejos de permanecer unida se fracturó porque el histórico triunfo multiplicó egoísmos y facciones, fomentadas por la maquinaria gubernamental para impedir que el reagrupamiento se repitiera en las presidenciales.

La división ya no conviene a nadie. El Gobierno necesita interlocutores sólidos en Oslo, Caracas o dondequiera que se negocie, para retener el poder con acuerdos validados internacionalmente, postergando en lo posible la convocatoria de elecciones generales porque teme perderlas. La oposición necesita aglutinarse para recuperar su potencia en las urnas y acometer cambios consensuados en un sistema que es autoritario desde que los discípulos de Chávez redactaran una Constitución a la medida de un proyecto revolucionario.

La rehabilitación de Leopoldo López y Henrique Capriles y la reinstauración del Parlamento, clausurado por un Tribunal Supremo obediente, contribuirían a destrabar la situación. Eso pasa por el cierre de la Asamblea Constituyente que el chavismo se sacó de la manga y cuya desaparición constituiría una concesión significativa. La voluntad de consenso será fundamental en la travesía para recuperar la democracia, asumiendo que la alternancia en el poder, sin guarimbas ni milicias armadas, es rutina y virtud en las consolidadas. Lamentablemente, los usos y costumbres de la mayoría de las democracias latinoamericanas son frecuentemente tramposos.

Las naciones que tratan de evitar la confrontación violenta en Venezuela deberán acompañar el proceso hacia la normalización institucional persuadiendo a EE UU de que la transición pactada conviene a sus intereses, y el garrotazo militar envenenará la convivencia regional y la gobernabilidad de sus aliados en el Grupo de Lima. Después de 20 años de tropezones, no debiera ser necesario explicar a la oposición que sus divisiones la pierden y la hacen dependiente de organismos y países mediadores, en cuyas filas abundan la ignorancia y el simplismo. La clarividencia de EE UU tampoco es mucha, pero no suele necesitarla porque dispone de medios para imponer sus equivocaciones como aciertos.

 

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