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Rafael Simón Jiménez: Negociar, No Es Traicionar

 

Lamentablemente en Venezuela las palabras dialogo, consenso y negociación han adquirido sentido vergonzoso y pecaminoso. Lo que en toda democracia, es mas en toda situación de desavenencias, antagonismos o conflictos debiera ser no solo natural, sino útil,   en nuestro país aparece como sinónimo de traición, arreglos marrulleros y transacciones indebidas  e ilícitas, tal ha sido el grado de perversión y desconfianza que se ha generado entre los actores políticos y la sociedad en su conjunto.

A esta patología, han contribuido  determinantemente dos circunstancias: en primer lugar la manipulación y desnaturalización de la esencia humana y democrática del dialogo, por parte de un gobierno que solo se sienta a dialogar o conversar cuando tiene el “agua al cuello “, y siempre con la intensión de falsear, burlar al adversario,  incumplir los acuerdos  o sencillamente “ganar tiempo “frente a situaciones apremiantes como las que vive actualmente. Pero también hay que apuntar como responsables del descredito de las conversaciones y acuerdos, a los líderes opositores que se niegan a reconocer su pertinencia, y que prefieren la negación, el ocultismo y los escenarios clandestinos, temerosos de la flagelación mediática por parte  de las minorías  bullarangosas y radicales, o de ser víctimas de sus propias proclamas contra cualquier posibilidad de reunión o entendimiento con sus antagonistas.

La historia de la humanidad se ha encargado de testimoniar la superioridad política, moral e incluso fáctica de los acuerdos y entendimientos, frente a la confrontación, la polarización, la exclusión y la intransigencia. A lo largo del devenir humano se ha hecho evidente no solo lo trágico y desastroso, sino lo fútil de la violencia y la fuerza como mecanismo para procesar los desacuerdos. Resulta paradójico que  las guerras y desgarramientos de cualquier signo, siempre tengan su epilogo en un proceso de paz, previo dialogo y negociación de sus condiciones, lamentablemente encementadas sobre la vida de miles o millones de víctimas.

Solo una extraña condición humana, refractaria al estudio y la asimilación de la inutilidad  de la violencia, la guerra, la confrontación y sus consecuencias, puede hacer que adentrado el siglo XXI todavía puedan reivindicarse los esquemas y escenarios para la lucha fratricida. En Venezuela a lo largo de estos últimos veinte años de un doloroso y trágico devenir político, se ha impuesto un esquema direccionado desde el poder que ha socavado las bases de la tolerancia, de la convivencia y del pluralismo, pretendiendo implantar y perpetuar un modelo hegemónico, y excluyente, que ha fracasado estrepitosamente y cuyas consecuencias en términos de destrucción del país, y de la calidad de vida de sus habitantes nadie pone en duda.

Ahora bien cualquier proyecto alternativo, que pretenda el rescate y relanzamiento de Venezuela, tiene que exhibir conductas y propuestas radicalmente distintas a la de los promotores del actual desastre, no puede ser el efecto de imitación, ni de reproducción de sus nefastas practicas, las que guie sus mensajes y sus posiciones. Para el País extenuado  de la actual situación, quienes pretendan ganar su confianza tienen que colocar los valores del respeto, la tolerancia, la otredad, la paz y el entendimiento en contraposición a la represión, la violencia y la fuerza, en que se han sustentado y se sustentan quienes ahora nos desgobiernan.

Todo este largo introito, cobra pertinencia, cuando en medio de la crispación, la exacerbación de las posiciones y la intensificación del conflicto político en los últimos meses, con saldo lamentable de muertos, heridos, presos,  exiliados y emigrados, y con posiciones que parecieran estar marcadas por un espiral indetenible  de intolerancia y agresión, aparece la posibilidad de un escenario de dialogo y eventual negociación, con facilitación internacional, que  pudieran conducir a una solución y transición pactadas que le ahorraría mayores desgracias a las ya vividas por los venezolanos.

El dialogo y la negociación, no significan declinar ninguna de las formas de lucha que pueden conducir a la restitución plena del régimen de libertades en Venezuela. Se puede  ir a una meza de conversaciones, sin dejar a un lado la presión de calle, sin multiplicar los apoyos internacionales, sin potenciar la legitimidad y amplificar la vocería de la Asamblea Nacional, y sin descartar ninguna opción que haga factible el objetivo superior de devolver la plena soberanía al pueblo Venezolano.

Negociar no es traicionar expectativas y esperanzas, por el contrario es colocar los intereses superiores de Venezuela por encima de visiones subalternas y parciales. Negociar  exige unas condiciones y una metodología – y Noruega cuenta con suficiente experticia en esas lides – que impida que cualquier escenario de dialogo sirva para una nueva burla del régimen en su afán de prolongar su agonía y multiplicar el extremo sufrimiento que agobia al pueblo venezolano. En la Agenda y la estrategia  de los portavoces de las fuerzas democráticas en cualquier escenario de búsqueda de soluciones a la crisis, tiene que estar clara la exigencia prioritaria de construir un escenario electoral, que con los requisitos de celeridad, transparencia, igualdad de oportunidades, imparcialidad del árbitro y respeto a los resultados, de garantía a todas las partes.

Las expectativas de lograr soluciones consensuadas Mediante el dialogo y la negociación, no pueden ser potenciadas, ni desmeritadas, sus resultas van a depender de la voluntad de las partes, de las presiones de terceros y de la sapiencia y destreza de mediadores y facilitadores, teniendo claro que cualquier iniciativa debe correr en paralelo con el incremento de los demás elementos y escenarios para la movilización popular e internacional que permita quebrar el intento del régimen de prolongar por la fuerza y la violencia, su trágica permanencia en el poder.

Hay que estar claro de que un acuerdo negociado, que facilite el transito pacifico y civil hacia el rescate de la democracia y la libertad, es el escenario ideal: Pero también estar consciente de que  frente a un adversario inmoral, marramunciero y tramposo, jamás hay que poner “todos los huevos en una sola cesta “.

 

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