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María Corina Machado: Opciones en la mesa

 

No todas las opciones están sobre la mesa. Los últimos eventos han dejado claro que elecciones fraudulentas o falsos diálogos están descartados por los venezolanos, como también debe estarlo por los aliados internacionales que quieren la libertad de Venezuela, la salida del régimen y la derrota del conglomerado criminal, “la revolución”, cuyos tentáculos ya transcienden nuestras fronteras.

Descartadas las anteriores, solo tenemos las opciones basadas en la inteligencia y la fuerza y, entre éstas, queda ejecutar la más conveniente y efectiva. En el país no enfrentamos una dictadura, ni siquiera una narco-tiranía con apoyo cubano, lo que está enquistado en Venezuela es un régimen de otra naturaleza, nunca antes presente en el Hemisferio y que está conformado por las peores mafias del mundo que, además, desarrolla una guerra no convencional en nuestro país.

Este tipo de guerras, también llamadas asimétricas, se libran en múltiples planos, comenzando por el fundamental, que es el plano de las mentes. De allí, la importancia que la tiranía le otorga a las operaciones psicológicas y la inmensa inversión que realizan para influir en la opinión pública, nacional e internacional, posicionando su propia narrativa.

En este sentido, el régimen de Maduro, apoyado por la experiencia propagandística cubana y lo medios de divulgación de otras potencias del mundo, ha sido efectivo en la construcción de matrices falsas, con el objetivo de desmontar fuerzas externas, diluir la amenaza creíble y desmoralizar a los venezolanos.

Ellos operan sobre tres mitos fundamentales: el primero, que una operación externa en Venezuela sería una ocupación militar masiva y convencional. El segundo, que el intento de una acción externa que conlleve la salida del régimen generaría una guerra civil. Y el tercero, que una transición pacífica, tiene que incorporar a las mafias criminales del régimen como parte del gobierno de transición.

Con relación al primer mito: plantear el clamor nacional de la Responsabilidad de Proteger a través de una coalición internacional con fines humanitarios y equipararlo a una ocupación militar convencional, es una banalización inaceptable. Aquí estamos luchando por detener la pérdida diaria miles de vidas debido a la violencia y a la indolencia. Evidentemente, resolver un conflicto de esta naturaleza, requiere el uso de la fuerza, la cual se aplica en diferentes niveles y proporciones, en el policial, en el económico, en el diplomático, en el de la justicia internacional y en el de las operaciones militares especiales de última generación.

En cuanto al segundo mito, el régimen pretende hacer creer que su salida del poder provocaría una guerra civil en Venezuela, creando un escenario como el de Libia, Siria, Afganistán, o Vietnam, y que ello implicaría la presencia de un gran número de tropas externas en tierras venezolanas por tiempo prolongado. Esto es absolutamente falso, por cuatro razones fundamentales: 1) En Venezuela no existen tensiones de orden étnico, religioso, cultural, ideológico ni territorial. Somos una población cohesionada donde más del 90% clama la salida inmediata de Maduro y el régimen. 2) En los países vecinos también existe completa alineación con este propósito y sus pueblos y gobiernos están comprometidos con la transición y la democratización de Venezuela. 3) El número y la dotación de grupos violentos afectos al régimen, como colectivos, milicias y guerrilla, ha sido irracionalmente abultado por el régimen, con el propósito de convertirlo en el inhibidor de cualquier acción internacional. Gran parte de estos grupos operan con base en el beneficio económico; una vez que Maduro no esté y no haya incentivos que repartir, no van a arriesgar su vida por “la revolución”. 4) Nuestras Fuerzas Armadas están hoy neutralizadas y aunque lo desean, no pueden restituir el orden democrático producto de la fuerza de las mafias que las han infiltrado, espiado, perseguido y torturado. Una vez que el quiebre se produzca y nuestros cuerpos de seguridad se liberen, tendremos un importante y comprometido recurso humano, de militares y civiles, activos y retirados, que al ser reorganizados y rápidamente dotados de equipos, inteligencia, tecnología, comunicación y logística, serán muy efectivos en la desmovilización y neutralización, a corto plazo, de estos grupos paramilitares.

Por último, el tercer mito consiste en la farsa que una transición “ordenada” requiere involucrar a las mafias criminales, militares, judiciales y financieras en el gobierno. Éste no es solamente un planteamiento inaceptable desde el punto de vista ético, sino también un error garrafal desde el punto de vista político y pragmático. Dejar a los criminales en el poder es condenar a que en Venezuela se consolide un estado mafioso.

Los acontecimientos de los últimos días han despejado aún más el panorama. Quienes alertan sobre los riesgos y los costos del apoyo internacional a la liberación de Venezuela, convenientemente no consideran ni cuantifican los costos de la no actuación, no sólo en miles de vidas, también en el avance de la desestabilización de las democracias de nuestro hemisferio; basta con ver lo que ya está ocurriendo en Colombia.

La ruta está muy clara: frente a un conflicto no convencional, la respuesta es la ofensiva inteligente, creativa e igualmente no convencional para ganarlo en todas sus dimensiones y de manera definitiva. Así será.

 

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