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¿Es la hora de la negociación entre el Gobierno y la oposición?

 

Venezuela necesita una solución democrática. Con urgencia. Una solución en la que todos ganemos implica lograr el entendimiento necesario para resetear la República, garantizar su estabilidad y generar la convivencia democrática para construir el país que todos queremos.

Belén Peraza / ElCooperante

La situación del país tras el alzamiento frustrado del 30 de abril y el encarcelamiento o allanamiento de la inmunidad de importantes figuras de la Asamblea Nacional se ha agudizado. Ni Juan Guaidó ha podido anular a Nicolás Maduro, quien sobrevive atrincherado en el poder, ni Maduro ha podido anular a Juan Guaidó, quien ya cuenta con el respaldo de más de 50 países y la aprobación mayoritaria del pueblo venezolano, que en todas las encuestas prefiere una salida pacífica a la crisis más allá del escándalo que generan las redes sociales.

Y la salida a la crisis puede todavía ser electoral. Debe serlo. Difíciles conflictos a nivel mundial han sido dirimidos con elecciones. Las dictaduras de Argentina, Chile, El Salvador y Nicaragua son claros ejemplos de esto. Y aunque las circunstancias son distintas, hay un elemento conductor entre todos los casos: la negociación.

Tal como señala Sergio Bitar en su artículo “La salida al laberinto: ¿Cuáles son lo escenarios posibles para Venezuela?“, “Una transición convenida entre un sector del PSUV y la oposición, con una tercera persona, tendría alguna posibilidad de éxito si surge alguna capacidad política para dialogar entre personeros de ambos sectores, en medio de una pugna frontal”.

Mientras el choque de ambos polos continúa, Estados Unidos multiplica sus sanciones contra Maduro. Todas las sanciones económicas -igual que en Cuba o Siria- aunque han demostrado generar presión, no generan cambios políticos. Agravan la crisis y no derrocan gobiernos. La oposición, en el peor de los casos, podría terminar agotando la estrategia de la calle, que como se sabe, es un recurso político de no muy larga duración. Ya ocurrió en 2014 y en 2017. Las protestas se agotaron por no producir resultados.

Eternizar un conflicto cada día más agobiante, apelar a la confrontación como herramienta política, poner la solución del conflicto en manos de potencias extranjeras que lo hacen irresoluble, así como pretender permanecer en el poder a toda costa solo tendría sentido si no fuera en detrimento de la vida de millones de venezolanos que hoy sufren dentro y fuera del país.

Cuando ninguno de los polos en disputa puede anular al otro, el juego se ha trancado y extender la confrontación supone que Venezuela siga perdiendo. Una crisis política sólo puede resolverse políticamente y ello implica procurar un acuerdo que conduzca a elecciones libres y transparentes que incluya respeto a los resultados y garantías para los derrotados. Si todas las opciones están sobre la mesa: ¿Acaso la negociación no es una opción?

 

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