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Aurelio F. Concheso: Control cambiario: Tanto nadar para morir en la orilla

 

Después de 16 años de experimentación con 13 modalidades de control, el Banco Central del Socialismo del siglo XXI tiró la toalla y admitió que no hay esquema cambiario, con o sin controles que sea capaz de sustentar. Pero, además, que es preferible que los particulares se las arreglan entre sí; como puedan.

Claro que ese momento no llegó de manera fortuita o súbita.  Hubo años en los que los ingresos que le llegaban al Banco Central de Venezuela (BCV) excedían los $ 90.000 millones. Era un colchón con el cual experimentaba fórmulas descabelladas que sólo estimulaban la fuga de divisas más grande de la historia del Continente.

Luego, a medida que se entonaban las notas de Alma Llanera, indicativas de un fin de fiesta, precio y producción petrolera se desinflaban al unísono, y las medidas se volvieron cada vez más desquiciadas, propiciando la destrucción de buena parte del aparato productivo petrolero y no petrolero. Esto, a su vez, produjo la evaporación de la centenaria ventaja comparativa nacional de “términos de intercambio en cuenta corriente” en permanente superávit, entendidos éstos como la capacidad de exportar más de lo que se necesita importar, para atender las necesidades de la economía.

Cuando los países tienen déficit en esa balanza, los suplen con superávit en la de cuentas de capital por la vía de inversiones extranjeras. Los genios del Socialismo del siglo XXI, sin embargo, hicieron todo lo contrario, quitándose “los inversionistas a sombrerazos”, como se vanagloriaba en decir el supuesto genial ministro de Planificación, Jorge Giordani. Pero los sombrerazos no eran porque hubiera muchos haciendo cola para entrar, sino para huir, en vista de que las medidas los ahuyentaban hacia Chile, Perú y Colombia, por citar algunos países vecinos.

Con la industria petrolera reducida a una mínima fracción de lo que una vez fue, y llegando el ingreso por esa vía a, si acaso, los $ 5.000 millones anuales, parte de lo cual corresponde a las empresas asociadas, y, por demás, con bancos del Estado sancionados por manejos bajo sospecha de lavado de dinero de diversa índole, la gota que parece haber colmado el vaso, fue que el BCV también quedó bajo sospecha. Y, como consecuencia, sin bancos corresponsales extranjeros para perfeccionar las subastas de Dicom.

La liberación cambiaria, entonces, no es más que una medida desesperada. Y las causas están en lo siguiente: una hiperinflación del 44,7% sólo en abril, para llegar a 1.304.494% en un año; una contracción económica épica del 50% en cuatro años, con 25% adicional proyectado para 2019, si las cosas no cambian. Todo en el contexto de un riguroso cerco de encaje legal que tiene a la banca asfixiada, y sin posibilidades de asistir financieramente a sus clientes, así sea al cortísimo plazo.

Desesperada, además, porque la única forma como esa liberación se puede traducir en una resurrección de la actividad económica es si viene acompañada de una inyección masiva de recursos en moneda dura (dólares, euros o yenes), vía la cuenta de capital producto de inversión privada, líneas de crédito comercial a importadores, y préstamos de entes multilaterales.

Si esas inversiones se materializaran, las mismas le proporcionarían liquidez verdadera a la economía; no la liquidez ficticia que genera la impresión de bolívares que ahora intenta restringir afanosamente el BCV con su draconiana política de encaje.

Esas inversiones son perfectamente factibles, y producirían un nuevo amanecer en la economía venezolana. Pero requieren de unos altos niveles de confianza por parte de los inversionistas, producto de una drástica reducción de lo que estos perciben, hoy por hoy, como el riesgo-país más alto del mundo.

La única manera como eso puede suceder es con la solución de la crisis política. No hay la más mínima posibilidad que se resuelva con pingues exportaciones de coltán y de oro bachaqueado; mucho menos con el temor que inspira en los potenciales inversionistas la forma descabellada como se administra la economía.

 

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