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Cómo ponerle punto final a la teleserie de Nicolás Maduro

 

Todo parecía indicar que la estrategia política desplegada por Juan Guaidó y LeopoldoLópez el pasado 30 de abril, sería una acción victoriosa pues dejó al régimen en cueros, despojado de su taparrabos. La dictadura fue arrastrada varios metros más cerca del precipicio, se dijo. Pero tres días más tarde, los gruesos nubarrones de la división amenazan con convertir la breve victoria en derrota. La represión desatada por el gobierno, con su secuela de muerte, logró su doble propósito: retraer las protestas y desplazar la responsabilidad de la violencia hacia los líderes opositores. Para beneplácito de la bestia herida, desde todos lados surgieron reproches, quejas y reclamos con efecto balsámico para ese monstruo que revive cuando muchos lo dan por muerto.

Ezio Serrano Páez / KonZapata

1.-La película empieza por el final

En apariencia, el final de nuestra larguísima teleserie, debe consistir en la salida de Nicolás Maduro del poder. Se trata del final feliz de una historia que nos permitirá empezar de nuevo. Aunque sea como Sísifo, con la roca de la democracia en el lomo, volveremos a remontar la cuesta, y cuando estemos a punto de coronar el abismo, nos volvemos a embarrancar. Pero, ¿de dónde vendrá ese empeño de los venezolanos en contar los pollos antes de nacer para luego frustrarnos? ¿Qué curiosa maldición nos lleva a predecir el futuro cuando no hemos terminado de actuar? Sospecho se trata de una teleología hollywoodense o del tipo Delia Fiallo. No nos viene por la lectura sino por exposición a telenovelas. ¿Tal vez un efecto de la exposición a The Game of Thrones? ¿Morirá el villano en el capítulo final? Y si muere, ¿quién lo va matar? Es muy posible que esta afición tele novelesca esté relacionada con nuestros fracasos como sociedad y como nación. Pretender celebrar una obra sin haberla concluido dice mucho de nuestra propensión a trabajar, pero también hay fatalidad anticipada cuando se apresuran resultados imposibles de predecir. Nos cuesta entender la imposibilidad de llegar al final sin concluir la tarea inicial.

2.- De tradición culebrera

Los asesores de la dictadura nos conocen muy bien. No por casualidad en aquella isla nació un tal Félix B. Caignet. Algo debería decirnos “El derecho de nacer”. Y porque nos conocen muy bien atizan la discusión en torno al capítulo final: ¿cómo saldrá Maduro del poder? ¿Cómo será el último capítulo del culebrón? El premio para la audiencia (idiota o incauta, da igual) será el añadido de más capítulos al tele drama, con lo cual hasta podríamos llegar a olvidarnos del final. Mientras discutimos sobre lo actuado y conjeturamos sobre lo que se ha debido hacer, se atizan las diferencias de opinión, se ahondan las heridas y se alarga el dolor. De no ser por los crímenes brutales cometidos por la maldad oficial, viviríamos la cursilería de un larguísimo reality. La perniciosa búsqueda de un final feliz nos divide hasta la inacción y alarga la agonía de un país que agota su libreto para alcanzar la libertad.

3.- El veneno de la división

Los asesores de la dictadura nos conocen muy bien. No por casualidad en aquella isla nació un tal Félix B. Caignet. Algo debería decirnos “El derecho de nacer”. Y porque nos conocen muy bien atizan la discusión en torno al capítulo final: ¿cómo saldrá Maduro del poder? ¿Cómo será el último capítulo del culebrón? El premio para la audiencia (idiota o incauta, da igual) será el añadido de más capítulos al tele drama, con lo cual hasta podríamos llegar a olvidarnos del final. Mientras discutimos sobre lo actuado y conjeturamos sobre lo que se ha debido hacer, se atizan las diferencias de opinión, se ahondan las heridas y se alarga el dolor.

Pretender adivinar el desenlace final de una historia sólo es posible cuando ésta se ha consumado. Es auto engaño pues al fin y al cabo, no podremos torcer los hechos cumplidos. Pero hay quienes lo intentan, y esa es la razón por la cual en estos tiempos proliferan los profetas posteriores. Sujetos que predicen el pasado. ¿Fue el 30 de abril un fracaso o una victoria? ¿Fue el fin de Maduro? ¡Y arranca la corte de los iluminados! Si bien esto resulta inevitable en tiempos de la dictadura de las masas, lo pernicioso es que la conducción política opositora se deje arrastrar hacia una discusión en torno a los medios olvidándose de los fines. En el momento histórico, salir de la dictadura de Maduro es el fin que une a la mayoría de los venezolanos. Y debemos tener claro que ese final no llegará si nos limitamos a ser tele espectadores. Si permitimos que nos arrastren hacia un debate en torno a los medios para lograrlo (Golpe? Negociación? Intervención?, Elecciones?), terminaremos como al comienzo de la historia: divididos. ¿Por qué? Simplemente porque cada quien pretenderá acomodar el final a su punto de vista. La democracia suele ser inepta para enfrentar las dictaduras. ¿Acaso no hay un guión previo en esta teleserie? Que se sepa, Delia Fiallo no abre debates públicos para decidir el final de sus culebras.

4.- Historia sin Menú

Muchos de los que aplaudieron a rabiar aquello de “todas las opciones están sobre la mesa”, (los medios disponibles)ahora muestran inapetencia frente al plato que se acaba de servir. ¿Acaso no estaba en el menú? ¿Qué parte de todas las opcionesno se ha entendido? Para dar su contribución con la división, es decir, para alivio de la bestia herida, abren el debate sobre los medios adecuados para alcanzar el fin. Y no se trata de negar la crítica, tampoco se pretende condenar la opinión. Pero la historia muestra que cuando hay hambre de libertad, el menú es lo de menos. Cabe interrogar la razón que anima esa predilección por alguna exquisitez con sabor a final feliz. Como si la historia fuese una línea recta, ascendente hacia el progreso y felicidad de todos. Como si existiese un sólo camino, sin espinas, con destino luminoso aguardando por nosotros. En el fondo se trata de la vieja mezcla hegeliana: historia y teología, el modo preciso para saltar de una fe a otra: de la intervención extranjera a la solución negociada. Dos soluciones antípodas soportadas por la fe. ¿Acaso hay otro modo de vencer nuestra propia inseguridad? Pero la realidad humana muestra su implacable condición impredecible: los hombres hacen la historia, pero no saben la historia que hacen. Es el karma de la acción política gravitando sobre los pueblos enceguecidos por la idea de un final feliz que tal vez nunca llegue a ocurrir. La historia no es un menú servido sobre la mesa para escoger a placer. Se come primero y luego veremos si hay indigestión.

 

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