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Rafael Simón Jiménez: Venezuela; ¿Salida O Desenlace?           

 

El gobierno de Nicolás Maduro asiste a su tiempo final. Los signos de colapso son  incontrovertibles, hace ya tiempo que el régimen no cumple con las tareas elementales de toda administración: garantizar la seguridad de sus habitantes, prestar servicios públicos elementales,  asegurar niveles de vida mínimos a su población, preservar el aparato productivo, cumplir con las obligaciones internacionales, salvaguardar su territorio, lo cual habla por sí solo de su inviabilidad.

Su legitimidad resquebrajada después de los cuestionados comicios del 20 de mayo de 2.018, ha sufrido la erosión lógica de sus disparatadas políticas económicas generadoras de una galopante pobreza, que arropa a millones de venezolanos y que hace huir a la desbandada a otros tantos, en un éxodo imparable que transforma a Venezuela en un problema para toda la región. La hiperinflación, la desaparición del Bolívar como moneda de alguna utilidad, los salarios de hambre, crean en la inmensa mayoría de los venezolanos la sensación de que se hace urgente un cambio político, que permita emprender la impostergable y titánica tarea de reconstruir al país en todos sus órdenes.

Lejos de entender su incapacidad estructural para atender la tragedia venezolana, que ellos mismos han propiciado con sus corruptelas, anacronismos y arbitrariedades, y buscar una fórmula de transición democrática, que preserve la paz del país, y la integridad y el espacio político de ellos mismos, los jerarcas oficialistas, han optado por asumir una posición intransigente, de atrincherarse en Miraflores utilizando el cada vez mas quebradizo respaldo militar y el apoyo  de sus pandillas delincuenciales armadas, para tratar mediante la represión, la intimidación y la violencia prolongar su estadía  en el poder a costa de causarle un daño  mayor a Venezuela.

Frente a la prolongación por medio de la fuerza de un régimen repudiado y deslegitimado internamente y de cara a la comunidad internacional, solo quedan dos alternativas: la primera y más aconsejable es construir mediante la negociación una salida pacífica, cívica y constitucional que viabilice una transición, cuyo epicentro político tienen que ser unas elecciones libres y limpias, donde los venezolanos diriman la futura conducción de la nación, e igualmente puedan pactarse unos acuerdos que permitan atender la gravedad y la urgencia que demanda la economía, las instituciones y sobre todo la situación social de precariedad de la mayoría de la población, y que no pueden ser postergadas.

Aun dentro de sus debilidades y de su imposibilidad de gobernar efectivamente, Nicolás Maduro y sus colaboradores,  pueden dar un aporte al país en términos de atender el reclamo inmensamente mayoritario que les exige transigir en una salida democrática, que le ahorre a Venezuela mayores sufrimientos y victimas. Le corresponde por supuesto al conjunto de fuerzas opositoras, contribuir a que esa transición se produzca en los términos que faciliten una reestructuración y relanzamiento del país sin más convulsiones y traumas.

Construir una salida, es en definitiva establecer unas pautas, marcar una ruta, impulsar una dinámica que desemboque en una transición negociada y ordenada del poder, con una visión amplia inclusiva, que incorpore al futuro gobierno a todos los sectores unificados por el propósito de sacar a Venezuela del foso actual y por supuesto deslastrado e protagonismos, personalismos o deseos de prevalecer de grupos, partidos y facciones. Una salida requiere anteponer los intereses vitales de Venezuela por encima de banderías y sectarismo, marcando un estilo y una forma de liderazgo radicalmente distinta a la que hasta ahora hemos padecido.

Si la posición obtusa, cerril u obstinada,  de quienes están atrincherados en Miraflores, hiciera imposible la construcción de una salida, con toda seguridad vendría un desenlace, porque el gobierno no posee,  ni la fuerza, ni la legitimidad, ni los recursos, para sostenerse, solo que esta solución que ya ha asomado alguna de  sus indeseadas consecuencias eventualmente conduciría  a Venezuela por el camino de la violencia, la represión, la lucha fratricida, o las soluciones inciviles que podrían llenar de sangre y tragedia el panorama venezolano.

La Conclusión es Clara: este régimen no tiene como sostenerse en el poder porque simplemente ya no gobierna, entendiendo por tal su capacidad para atender y mejorar las condiciones de sus ciudadanos. Frente a esa realidad, que da en la cara, las alternativas son solo dos: Una salida negociada que haga factible una transición democrática que preserve la paz de Venezuela y allane el camino de su reconstrucción, o un desenlace de cualquier tipo, seguramente violento o incivil que arroje a Venezuela por el despeñadero y la incertidumbre de peores escenarios.

 

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