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El “acorde oscuro” de Juan Sánchez Peláez

 

Repaso una y otra vez las páginas de la Antología poética de Juan Sánchez Peláez que recientemente ha publicado Visor junto con la Fundación para la Cultura Urbana –bajo el cuidado de la ensayista y profesora Marina Gasparini Lagrange– y constato la unidad de tono y de feeling que transpira. A lo largo de esta selección es posible palpar una poesía habitada por el encantamiento y la presencia considerable de pájaros –muchos pájaros– y una disposición anímica perteneciente a los intrincados linderos del asombro y sus movimientos rítmicos.

Por Alejandro Sebastiani Verlezza / Prodavinci

Alberto Márquez en el prólogo que le hace a esta edición española – “Juan Sánchez Peláez: revelación y transparencia”– anota con tino que su poesía “ejerce sus poderes desde la orilla del oído”. Esta cualidad puede asumirse como un gozo sostenido y vibrante en la dicción –guiada siempre por la imagen– que viene como revestida en la sutil artesanía del poema. En ese borde funambular merodea y se detiene a hablar de lo suyo: el encantamiento vuelto palabra; y este don que recorre buena parte de su vibrante poesía, me digo, va más allá de la voluntad: pasa o no, visita o no; y si lo hace, ni se sabe cuánto –o cómo, o cuánto– pueda quedarse y permanecer; por eso, cada poema de Sánchez Peláez que aquí leo es como la rama que deja el pájaro (y su enigmático canto, por qué no): una reverberación que otro oído presiente y recoge para permitir el asentimiento, la seducción de su “acorde oscuro” (así lo nota el propio Márquez), vibrante, lleno de ecos y propagaciones inusitadas.

El prosista y autor de Circulación de la sangre equilibra el conocimiento personal del poeta con el trazo sintético de las lecturas críticas que han predominado a la hora de abordar y comprender una obra que no puede encasillarse en las acrobacias del ya clásico programa surrealista, pues sería una reducción que impediría disfrutar lo que su raptada y personalísima voz tiene aún que decir en un tiempo azotado por la distorsionada y excesiva identificación con las ideologías, las literalizaciones y las recetas para una vida a la carta, ya explicada siempre y vuelta “discurso”. Este encuadre, el de una voz que se sitúa en un lugar donde lo que habla es su asombro y solo su asombro, supone un ejercicio al menos estimulante para los lectores poco familiarizados con sus avanzadas rítmicas y esa genealogía que en Rasgos comunes se me aparece en un poema como “Signos primarios”:

De nadie es mi sombra. Tuyo y de nadie es el camino abierto.

De nadie es mi luz: se encorva en mis bolsillos como una sombra más, la nada en común del girasol.

En su lectura Márquez evoca a Sánchez Peláez en uno de sus gestos más entrañables y precisos: cuando se cruzaba con algo que no estaba dentro de su órbita, alzaba el dedo y hacía el trazo de un cero en el aire para prefigurar su negación que bien podría convertirse, por qué no, así lo siento y lo imagino yo ahora, en una culebra o una salamandra de virajes insólitos. Lo digo como un presentimiento y tal vez un tanto más: la poesía de Sánchez Peláez responde en lo profundo a ese gesto, muy anterior a la palabra, el de un asombro fuerte que viene de muy adentro y sin más se aparece, se le cruza y lo “agarra”, tal vez porque aterriza en el cuerpo mejor dispuesto para escucharlo y devolverlo al mundo en la envoltura de su palabra; cierta disposición, sí, podría decirse, cierta escucha ante los fenómenos del paisaje y sus irrupciones imantatorias que no se pueden provocar –tocan, solo tocan y pasan– y si hay una sabiduría que lo pueda percibir aparece en ese lugar intrincado donde el poeta está solo consigo mismo –y en sí mismo, intentando atisbar el misterio de lo que le es más genial y genuino: su voz– trazando las más extrañas figuras que luego aterrizarán en la palabra visitada por la poesía, cuando el cuerpo va presto a jugárselas en esos linderos y habitar el lugar donde las paradojas le abren paso a las metáforas y las analogías, justo ahí Sánchez Peláez me habla mucho más de cerca, cuando su tono está más “disparado”. Un momento muy particular de Aire sobre el aire me abre la puerta a una suerte de constatación:

Yo no soy hombre ni mujer
yo sólo tengo resplandor propio
cuando no pierdo el curso del río
cuando no pierdo su verdadero sol
y puedo alejarme libre, girar, bogar,
navegar dentro de lo absoluto y el
mar blanco
entonces sí soy
el hombre rojo lleno de sangre
y sí soy la mujer: una flor límpida, un
lirio grande
y también soy el alma

Para mí camina la expresión de Sánchez Peláez por esos linderos, en ese punto que va más allá de la biografía y de los modos de ser, pero al mismo tiempo ahí –el asombro que cabalga hacia la voz– encuentra su punto de partida; sí, cuando logra trazar la preparación y la venida del poema que justamente da con esa forma de entonarse suya, muy suya, el ritmo que engendra el sentido y la posibilidad de la expresión del que canta embebido por lo huidizo cuando logra tantear los rostros de su permanencia. Una vía poética muy personal y una afirmación muy profunda del encantamiento que lo llevó a entrar en mi propio oído, sin estridencias, como una visita que de modo cordial va haciendo su morada, entrañablemente, con los ecos de su acento y la andadura de sus réplicas. Tampoco creo que se trate de una sensación solamente personal: se me ocurre conjeturar que algunos de mis contemporáneos habrán encontrado dones similares en la poesía de Sánchez Peláez. Ellos sabrán decir.

Que ya en España pueda comenzar a escucharse su “indócil rumor”, para recordar unos versos suyos que siempre me vienen a la memoria, sin duda es un motivo de celebración, pero sobre todo esta nueva relectura antológica de la poesía de Sánchez Peláez me hace recordar que él mismo, sin yo haberlo conocido nunca, fue una puerta en mi descubrimiento de la poesía venezolana, con él y por él se me abrió de golpe el bastidor de una sensibilidad hondísima que se afinca en esa versificación cuya brida está justamente en el ritmo, en el ritmo sobre el ritmo que va llevando esa imantada dicción que lo atraviesa desde sus primeros libros.

No sé que otra cosa se le pueda pedir a la poesía, además de sugerir –cuando lo hace– su misteriosa puerta de entrada (¡vaya que la tiene!); y Sánchez Peláez, qué duda cabe, es uno de sus nobles oficiantes.

 

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