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Rafael Fauquié: Muy a menudo…

 

Muy a menudo, los venezolanos hemos escuchado a “patrióticos” historiadores sostener que el tiempo anterior a la Independencia carecía de importancia por no ser lo suficientemente enaltecedor, y solo la Emancipación -y en ella, como protagonista indiscutible, Bolívar, elevado a la categoría de semidiós- abría el nacimiento de la historia venezolana. Sin embargo, esta descripción poseía un grave inconveniente: el tiempo posterior a la Independencia resultaba ser muy poco “glorioso”: guerras sin fin, caudillos y caudillejos, pobreza, miseria injusticia, atraso…

De habituales versiones acerca de un pasado colonial olvidable y un tiempo posterior a la Independencia igualmente destinado a barrerse bajo la alfombra, el teniente coronel Hugo Chávez supo justificar su “predestinación”. Comenzó declarándose albacea único, solitario continuador de la obra de Bolívar, heredero destinado a concluir lo iniciado por el gran hombre. Se apoyó, también, en otro ritual muy venezolano: el del recomienzo. En muy estrecha relación con el culto a Bolívar y la veneración por la gesta emancipadora, así como con el rechazo al tiempo colonial y a las épocas republicanas posteriores, la memoria venezolana postula una historia de incomunicados hiatos. Todo proyecto político pareciera, necesariamente, apoyarse en nuestro país sobre el olvido del pasado. Así -¡no faltaba más!- Chávez se apresuró a identificarse con un tiempo patriótico congelado en su dignidad desde la batalla de Carabobo. De allí lo delirante de una de sus primeras acciones: cambiarle el nombre al país. Ya no más Venezuela, sino “República Bolivariana de Venezuela”. Chávez se declaraba punto de partida de un rutilante tiempo nuevo tras los cuarenta años de “oprobio” de la Cuarta República.

Chávez fue, ante todo, un líder populista. Todo populismo reúne los mismos ingredientes -el carisma de un jefe y su irresponsable ofrecimiento de cualquier cosa- pero, en el caso chavista, a esa condición carismática se añadió un particular propósito: fomentar la discordia entre los venezolanos multiplicando incontables resentimientos, instigando rencores, evocando -o inventando- todas las rencillas imaginables. Para apoyar este esfuerzo se valió de muy confusos argumentos ideológicos, reuniendo en un mismo caldo disparatados ingredientes: Carlos Marx junto a Fidel Castro, Norberto Ceresole y Ezequiel Zamora, Bolívar al lado del Negro Primero. Y de esta inextricable maraña surgió ese adefesio llamado la “Revolución Bolivariana”, la “Revolución Bonita”, la “Revolución del siglo XXI”…

Los venezolanos hemos llegado, así, a este comienzo del año 2019. Él concluye en el espectáculo de una nación languideciendo en la más espantosa inopia. Un país arruinado, sin luz ni agua ni alimentos ni medicinas, y con el terrible espectáculo de millones de venezolanos obligados a buscar más allá de las fronteras nacionales un vestigio de vida digna.

 

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