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El País / Editorial: Faraón hasta 2030

 

Un grupo de egipcios espera para votar en el referéndum sobre las enmiendas constitucionales, el sábado 20-04-2019.

Abdelfatá al Sisi, exmariscal de campo y dictador de Egipto desde 2013, no quería abandonar el poder en 2022. Así lo determinaba la maltrecha Constitución de su país con el límite de dos mandatos de cuatro años que había sobrevivido a la montaña de ilegalidades y corrupciones impuesta por el golpe de Estado del 3 de julio de 2013. El Parlamento, representativo solo de la arbitrariedad del poder, ha dispuesto ya la reforma que permitirá alargar los períodos presidenciales a seis años y, en el caso del actual presidente, prorrogarle el segundo de cuatro años en dos más y añadir todavía los seis de un tercero hasta 2030.

Es toda una ironía que Egipto consolide la vieja y fea costumbre de unas presidencias militares que empiezan como limitadas y se instalan como vitalicias justo en el momento en que dos países como Argelia y Sudán protagonizan pacíficos levantamientos populares en favor de la devolución del poder de los militares a los civiles. Más aún cuando el único presidente civil y legítimo de la historia del Egipto independiente, el islamista Mohamed Morsi, yace maltratado en la prisión, cumpliendo largas y arbitrarias condenas por dudosos delitos cometidos desde el Gobierno.

Egipto ha cerrado en apenas ocho años el ciclo entero que le ha llevado de nuevo a la casilla de salida. En febrero de 2011, la movilización popular echó del poder a un militar como Hosni Mubarak, con 20 años como presidente, y ocho años más tarde otro militar se dispone a permanecer también hasta dos décadas en el poder, después del caótico interregno democrático presidido por Morsi. Muy alto ha sido el precio pagado por este desgraciado ciclo, en el que los antaño hegemónicos Hermanos Musulmanes han pasado a la clandestinidad y sus dirigentes y militantes han sido encarcelados e incluso diezmados en la represión contra las protestas suscitadas por el golpe de Estado.

Al Sisi aventaja a Mubarak en todo. Especialmente en la crueldad de la dictadura, que ahora ha alcanzado también a los progresistas que sostuvieron el golpe contra los islamistas. También en su megalomanía, tal como evidencian los dos hiperproyectos del nuevo canal de Suez y de la nueva capital que se está construyendo en el desierto. Pero la diferencia más clara es el renovado sostén que ahora tiene Al Sisi de la Casa Blanca y le faltó a Mubarak, para asegurar la estabilidad en la región y la fortaleza del frente suní contra Irán, la nueva guerra fría regional en la que Trump ha invertido tantas energías.

 

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