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León Moraria: Arde París

 

“La única iglesia que alumbra es la que arde.” Francisco María Arouet (Voltaire).

Los titulares de la prensa tanto hablada como escrita se inflaron con la noticia del incendió de la catedral de Notre Dame, en París. La información no sólo detallaba el hecho, del incendio, derrumbe de la aguja y pérdida de objetos de museo, oleos, pinturas que se guardaban en su interior, vitrales artísticos en ventanales y claraboyas, puertas de goznes envejecidos por el paso del tiempo. La noticia, llegaba cargada de sentimientos de pesar, aflicción, apesadumbramiento por la pérdida de la reliquia arquitectónica con 800 años de historia. La TV mostraba rostros compungidos, algunos llorosos, declaraciones de pesar acompañadas de sollozos entrecortados, como, expresión del profundo sentimiento que el hecho ocasiona en testigos presenciales. En un instante, un símbolo de la cristiandad, quedaba hecho cenizas. El incendió de Notre Dame, para los franceses, es como si se hubiera cumplido la orden de Hitler de incendiar París. Cuando quería saber si la orden se cumplía, preguntaba -¿Arde Paris? Título de la novela de Dominique Lapierre y Larry Collins.

¡Arde Paris! Pudiera ser la síntesis de la nota de prensa.

Notre Dame en su larga historia de 800 años se había salvado de guerras, revoluciones, revueltas, fenómenos naturales, terremotos, rayos y centellas, pero, le llegó su hora. Hoy es un montón de cenizas, de escombros que deben ser barridos para despejar el sitio y darle mejor uso; pero, según dijo el presidente Macron, antes de cinco años, debe ser reconstruida.

El sentimiento de pesar conmovió el bolsillo de los millonarios y, en los dos días siguientes al incendio, ya se habían recaudado mil millones de euros en donaciones para la reconstrucción. ¿Qué pensar de todo esto? Nos recuerda el derrumbe de las Torres Gemelas de Nueva York, otro símbolo, no de la religión, sino, del capitalismo, que en definitiva es lo mismo. Capital y cristianismo van de la mano en simbiosis perfecta, para ejercer el dominio sobre los pueblos por medio de guerras interminables, imponer la servidumbre sobre muchedumbres explotadas, esclavizadas por el trabajo, hambreadas por salarios de miseria para que la plusvalía fluya como torrente y pase a engrosar los capitales del 1% de la población mundial, mientras el 99% perece bajo la desidia de los gobiernos. La desidia, madre de la miseria.

Cuando vemos la pesadumbre que causa el incendio de Notre Dame, nos surgen muchas preguntas, por cuanto esas expresiones no se ven frente a hechos tan dolorosos como la invasión y destrucción de un país, para lo cual se invocan falsos pretextos, como ocurrió con Yugoslavia, Afganistán, Irak, Libia, Siria, Yemen y tantos pueblos y naciones destruidas, arrasadas, con saldo de miles de personas masacradas, asesinadas por “bombardeos aéreos inteligentes, con daños colaterales”, que destruyen la infraestructura física, servicios de acueductos, hospitales, carreteras, edificios, escuelas, universidades, fábricas, todo, construido con gran esfuerzo. Es de esta manera, como, en el siglo XXI se repite la historia de Las Cruzadas que, durante 200 años, convocaba y organizaba el Papado, para, en nombre de la cristiandad, invadir, agredir a pueblos pacíficos del Medio Oriente. ¿Qué será más importante para provocar el lamento? ¿El incendio fortuito de una catedral añejada por los años o la destrucción planificada de un país por medio de la invasión y la guerra? Las expresiones de pesar, aflicción, apesadumbramiento en los rostros, en las palabras de sollozos entrecortados, que vimos en el incendio de Notre Dame, no las hemos visto cuando el señor Sarkozy, presidente de Francia ordenó bombardear la ciudad de Trípoli en Libia, o la decisión de otros presidentes franceses, para bombardear a Damasco en Siria, Malí en África, Yemen en la península arábica, impedir el ingreso de alimentos y causar la muerte de niños por hambre. O la masacre permanente del pueblo palestino en Gaza por los bombardeos y razias del ejército israelí contra la población indefensa. En ningún momento ni en ninguna de estas circunstancias hemos oído el lamento de los locutores o de los entrevistados por la destrucción de ciudades y países como ocurrió en Irak, “no vamos a dejar piedra sobre piedra” declaraba el general yanqui que dirigió la invasión.

¿Por qué el incendio de una catedral causa tan grandes sentimientos de aflicción, acompañados de sollozos entrecortados, en tanto la destrucción de una ciudad o de un país con el asesinato de miles de personas por la guerra, no motiva una lágrima ni un lamento ni un gemido de dolor o de indignación?

Es la falsa moral de una sociedad que vive de lo superfluo, de creencias y mitos, esoterismos caducos en el siglo de la ciencia y la tecnología. La historia quiere comenzar a desprenderse de tanto lastre que le corresponde arrastrar para ingresar liviana en los nuevos tiempos que se anuncian por el mejoramiento de los medios de producción. Eso de catedrales y creencias pertenece al pasado, no aviene con el presente. El sino de los tiempos se encarga de comenzar a despejar el tránsito hacia nuevos estadios de la civilización, donde esas catedrales añejas y cargadas de oscurantismos medioevales permanecen como cadenas aherrojadas a la marcha incesante de los pueblos. Con el dinero destinado a reconstruir el oscurantismo del pasado medioeval representado en una catedral, mejor dedicarlo a construir una catedral, pero de la Ciencia en lugar de la creencia. Con mil millones de euros recaudados en dos días para ser destinados a la reconstrucción de Notre Dame ¿Por qué no darles mejor destino en una obra de servicio a la humanidad?

Parece que las catedrales tienen afinidad por el fuego. Son muchas las que se han quemado y reconstruido ¿Para qué? ¡Para que todo siga igual! ¿Será verdad la imagen de la TV y la nota de prensa, que el pueblo francés llora de sentimiento al ver a Notre Dame convertida en pavesa humeante? En toda Europa crece la indiferencia por las religiones (católica y protestante), alimentada por el desprestigio que causa entre sus feligreses la pederastia de cardenales, arzobispos, curas y pastores. El desprestigio de las religiones, por el comportamiento de sus magos/sacerdotes crece en todos los países. La humanidad está saciada por los dos mil años de crímenes del cristianismo y su doble moral que se conmueve por el incendio de una catedral, pero, no derrama una lágrima ni despide un sollozo, por los miles de seres humanos que, en todo el mundo, causan las guerras de conquista de Europa contra los pueblos pacíficos en Asia, África, América, para realizar la rapiña de sus riquezas y de sus recursos naturales. Hitler al conocer la noticia del incendio de Notre Dame debe haber exclamado ¡Por fin Arde París!

 

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One thought on “León Moraria: Arde París

  1. Buenos dias,
    Francia … París.
    Hay lugares que parecen tener un destino anticipado.
    Así, el suelo en el que una vez se encontró y enseñó la gran Verdad, el antiguo Celtide, ha mantenido a través de los siglos el germen de una llama interior que el tiempo no debe extinguir, y que está destinado a Devolver al Universo su primer esplendor.
    La enseñanza druídica que se había extendido por todo el territorio galo había sido la base de un orden social en el que se basaban las instituciones que se ajustaban a la Verdad, leyes que sancionaban la justicia estricta.
    Se necesitaron veinte siglos de opresión y servidumbre latinas para olvidar las gloriosas tradiciones de Celtide.
    Galia dividida porque las razas que la ocupaban tenían diversos atavismos.
    “Francés dividido, perdónate con toda tu alma! Son las últimas palabras de Jehanne d’Arc marchando a la tortura.
    Junto con los antiguos celtas, que habían permanecido feministas, y cuyas mentes flotaban por encima de las pequeñas preocupaciones de la turba, los latinos detuvieron el aumento del pensamiento al mantener a los espíritus en servidumbre tiránica de falsas ideas.
    Pero tarde o temprano la verdad toma su revancha, podemos maniobrar en las sombras, no evitamos que la luz brille.
    La lucha eterna de la ciencia contra la ignorancia es el esfuerzo supremo de los tiempos actuales. Es nuestra generación la que debe vencer el espíritu maligno que la degeneración de los pueblos latinos ha introducido en las antiguas naciones celtas, es el deber de Francia, es su misión.
    París es la ciudad predestinada desde la cual esperamos la nueva luz que iniciará una nueva civilización. Su destino será glorioso, se entenderá que el ideal celta ha sobrevivido y toda la gloria de la antigua raza regresará a Francia cuando salga de su esclavitud. Entonces, la gran victoria espiritual encarnada en la mujer futura revivirá la tradición histórica del genio druídico y restaurará el territorio en el que ocupamos su suprema supremacía; pondrá fin a la lucha para siempre, purificará la Tierra de la impostura que ha sido su punto de partida. Y este evento providencial se cumplirá en el día marcado por el destino supremo de los Estados. Es fatal
    Será la mayor revolución moral que se haya producido en treinta siglos. Al devolver la mente a la gran verdad tradicional, restauraremos el único ideal que puede regenerar el mundo: la felicidad en la Verdad.
    (…)
    Desde todas partes, con sus ojos fijos en París, esperamos el nuevo pensamiento que surgirá y volverá a poner a la humanidad en el camino de la Verdad y la felicidad, y este evento se anuncia como la misión trascendental de la Mujer. Es Ella quien, elevándose en toda la majestuosidad de su gloria y luto, debe darse cuenta de lo que los Bardos han resumido en esta oración: Y gwir yn erbyn y byd. (La verdad en la faz del mundo).
    Atentamente

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