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Rafael del Naranco: En la otra orilla

 

La otra orilla de nuestra existencia –  la de ahora mismo  se halla sobre el Mediterráneo –   está dispersada en Caracas y clavada durante años en la abandonada – desde que la conozco – calle de Chacaíto.

La mayoría de las urbes que hemos visitado poseen apego a raudales de sus habitantes y un compromiso permanente de las autoridades para embellecerlas. La llamada “Sultana del Ávila” no. Ella es una de las metrópolis más desdichadas: no disfruta de un mínimo afecto y perennemente se halla cercada de  olores  pútridos, aguas estancadas, un río Guaire mugriento, desorden, indigencia, crimen y apatía.

La capital no le puede gustar a nadie, y salvando honrosas excepciones,  solamente algunos artistas, y  siempre dándole la  espalda a la ciudad, captan  la hermosura de la cordillera en sus policromados lienzos.

Nada funciona. El tráfico es una hecatombe elevada al cubo. Más del noventa por ciento de los conductores, según estadísticas, sólo  saben llevar un carro, no conducir.  Y no es lo mismo.

El transporte público es  anarquía al completo. Los autobuses son cajas rodantes zigzagueando entre calles y avenidas colmadas de huecos. Nadie respeta la más mínima norma  vial.

Cada bus es autónomo y va a su aire apabullando con sus altavoces ensordecedores  Los acompaña el grueso de motorizados, aterradora  miasma instituida mayormente en las alcaldías chavistas, cuya patente de corso les hace inmunes a toda norma.  Representan el terror en su vasta realidad. Los funcionarios se pliegan a sus barbaridades  igual a damiselas temerosas.

A esto se unen la inseguridad pavorosa y las toneladas de basura. Posiblemente en nuestro continente sólo encontraremos una metrópoli tan escabrosa como Caracas: Puerto Príncipe, en Haití.  Y en el resto del planeta, Calcuta.

La cuna de Bolívar es un albañal: calles, plazas, parques y avenidas, ofrecen uno de los espectáculos más deprimentes que ojos humanos puedan ver. Aún con todo ese  deplorable panorama, lo más amargo es que los ciudadanos  se han acostumbrado a convivir con la inmundicia. Los llamados mercados populares montados desordenadamente en cualquier esquina,  reflejan el desprecio por las normas sanitarias.

A Caracas se le ha cantado con buen amor poetas, admirable escritores y la paleta de incomparables  paisajistas. Bueno es recordar que  gracias al Consejo Nacional  de la Cultura CONAC – hoy desaparecido y hundido en el completo olvido – su cultura pudo mantenerse en pie hasta el día de hoy.

Debemos regresar al 1800, para escuchar decir a Alejandro de Humboldt: “Los caraqueños son hospitalarios y cordiales”.  Y un poco más atrás, José de Oviedo y Baños le escribía a su señor el Rey: “La pequeña localidad se levanta en un  valle fértil y alegre”.

En la actualidad solamente nuestro cerro Guaraira-Rapano, invita  a la inventiva de las palabras. El valle, antaño huerto florido, placentero y risueño, es hoy, por decir lo menos, un albañal.

No tenemos historia de piedra y la poca que había la derrumbó la piqueta irresponsable. Las plazas y los parques son coto de inmundicia acumulada.

Caracas  sabe a desidia, a emporio sin contornos ni formas. Es un fantasma de sí misma.

 

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