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El País / Editorial: Caen las clases medias

 

El secretario general de la OCDE, el mexicano Ángel Gurría

Un reciente informe de la OCDE —Bajo presión, la clase media exprimida— ha corroborado lo que ya venía observándose por otros estudios, la disminución de las clases medias en todos los países ricos. Por tal se entienden aquellos cuyos ingresos medios están entre el 75% y el 200% de la renta nacional. Sigue siendo el grueso de la población, pero su número se estrecha, y —este es quizá el aspecto más preocupante— no se aprecian indicios de un movimiento en dirección contraria. Es más, sus salarios permanecen casi iguales desde hace varias décadas, con el agravante de que deben hacer frente a un considerable aumento en los costes de vivienda y educación. El sector de salarios más altos, por el contrario, no ha dejado de crecer, creándose así una asimetría creciente entre los ricos, la clase media, y un cada vez más amplio sector que está por debajo del 50% de los ingresos medios, el grupo de los “pobres”.

En uno de los países más afectados por esta tendencia, los Estados Unidos, el sector de clase media no supera ya el 50% de la población, y tiene los grupos de ricos y de pobres más extensos de la OCDE. Algo parecido ocurre en España, con un porcentaje de ricos similar al del Reino Unido, pero con el también más amplio grupo de pobres entre los países de nuestro entorno. Y, lo que es preocupante, los datos sobre nuestro país se parecen ya más a los de Estados Unidos que a los de otros países vecinos como Francia, Holanda, Alemania e incluso Italia.

Las consecuencias de este estado de cosas están a la vista. Al menos desde Aristóteles sabemos que la existencia de amplias clases medias hacen de tampón entre los ricos y los más menesterosos y favorecen la estabilidad política. Las clases medias son la espina dorsal de la cohesión social, moderan el extremismo y la polarización política y garantizan el buen funcionamiento de los sistemas democráticos. Los datos recogidos en el informe de la OCDE abonarían, pues, la conexión que viene estableciéndose entre la frustración de expectativas vitales y la percepción de injusticia social y el reverdecimiento del populismo. Puede que no sea la única variable, pero no cabe duda de que hay una correlación directa entre desestabilización democrática y malestar económico. Hasta el punto de que, si persisten las desigualdades, podrían producirse estallidos sociales.

Esto afecta asimismo a ese intangible llamado “miedo al futuro” que tan bien saben explotar los populistas. Quizá lo más grave del informe de la OCDE, al menos para España, es el impacto que tendrá la automatización sobre el empleo. Nuestro país será uno de los más afectados, recayendo la amenaza de su pérdida sobre el sector más débil, aunque en todas las categorías salariales estamos muy por encima de la media de la OCDE. Mientras tanto, nuestros políticos en campaña siguen con sus inercias: prefieren dañar al adversario que ocuparse de lo común.

 

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