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Los espejos rotos; Por Luis Figuera

 

En la tétrica noche vio al joven de cuerpo entero por primera vez. Recordó una vieja leyenda Celta que refiere que el destino de cada hombre con sus tribulaciones e infortunios, está escrito en una pulida y sagrada lámina de plata, nadie se para dos veces ante el mismo espejo. Todo es una enrevesada y complicada historia que tal vez haya comenzado en la ceremonia de una iniciación que lleva de un río a otro que zigzaguea entre los bordes de azogue. Su llegada coincidió con uno de los periodos de vacaciones, faltando menos de un mes para el otoño, cuando la tristeza embarga, y la melancolía de los largos y blancos cúmulos de cielo se desparrama, y hay que regresar al colegio a cumplir con las labores de catedrático. Llegó con un gran alboroto y ensordecedores ruidos de pitos y cornetas, con una nube de papelillo, y un enjambre de humanos disecados, mostrando la adulteración de muchos de sus órganos, atados por largas cuerdas, y tirados por caravanas de camiones que trepaban dificultosamente por las calles repletas de botellas de plástico.

El primer día la gente hacia largas colas, se apretujaban unos a otros bajo una llovizna pertinaz, para comprobar y sentir las nuevas sensaciones de un mundo virtual que había empezado a desplazar al sueño. La era de las pulsaciones oníricas había llegado para instalarse en la cotidianidad, y con ella todo un muestrario de artefactos y objetos de culto que eran mostrados en grandes ferias. La computadora cuántica que había hecho posible empezar los viajes a través del superespacio, una inmensa consola que desprendía palpitantes luces rojas y amarillas era uno de los lugares más llamativos. La máquina del ADN compuesta por una inmensa pared de silicio donde reposaban todos datos genéticos de varias generaciones, y a través de un proceso simple se podía acceder a esta información, alguna de las cuales ya habían empezado a salir en códigos insertados en cajas del súper cereal.

Pero las principales atracciones eran la sala de jugos donde grandes paneles del simulador de matriz creaban campos de guerra en unos monitores, y los adolescentes cubiertos con anteojos de tercera dimensión, se transformaban por breves momentos en verdaderos asesinos seriales, expertos en el manejo de sofisticadas armas que de un solo disparo espatarraban los blancos elegidos, y el cuarto de los espejos, una pequeña habitación con grandes reflectores, controlada por las empresas Netflix y el gigante de las redes Facebook, donde a través de un gran panel de circuitos de silicio, y paredes recubiertas por una rara mezcla de hidrogeno, neón y plata que al colisionar con un torrente de energía oscura, empezaba un proceso de repeticiones infinitas que simulaban el universo multidimensional, y donde las personas al comprar un chips entraban a un mega space a vivir otras realidades, además de volver a sentir la experiencia de recuerdos tomados de sus biografías en Facebook, según la cantidad de energía oscura que compraban en una caseta, donde un hombre vestido con un moderno traje de astronauta, y una especie de celular con pantalla múltiple medía las cantidades de energía, y entregaba un código que se introducía en alguna de las muchas máquinas colocadas en las entradas y pasillos. Los modernos avances de la ciencia podían modificar de un día a otro la cotidianidad de la vida en el universo, sin embargo la nostalgia por viejos hábitos continuaba vendiendo. Los experimentos de la genética en embriones humanos a través del proceso de CRISPR, que se empezó a utilizar para corregir las células, estaban en uso con algunas regulaciones.

En una de esas tardes tristes cuando se puede andar por la abandonada ciudad, cuya tristeza recordaba mucho a Crónicas Marcianas de Ray Bradbury, que tal vez fue el primer anticipo de toda la ruina del hombre moderno con su soledad, sus largas y fatigosas noches de encierro en casa, porque el abuso y la falta de protección al medio ambiente, terminaron por convertirnos en una especie de hordas que se desplazan de un lado a otro buscando lugares más apacibles para vivir. Era tal la distorsión del cambio climático que antiguos paisajes que luchaban contra los desolados rayos del sol, ahora desaparecían engullidos por las lluvias granizadas que venían con el deshielo, eran torrenciales vendavales que se desataban de golpe y porrazo, y que a veces traian consigo cargas de energía que se quedan acumulada durante largos días modificando el paisaje, cambiándolo de colores en breves y bruscos instantes. Estaba meditabundo y errante contemplando los áridos picos de algunas montañas cercanas, cuando tropezó con el salón aclimatado que presentaba una enorme feria de nuevas tecnologías, no lo pensó mucho para empezar a desandar los largos y rutilantes pasillos, colmados de grandes globos con indicaciones y la hora de los espectáculos. Se las arregló para entrar a la habitación de los espejos, y volver a vivir poco a poco aquellos instantes que han atiborrado su solitaria y aburrida vida de profesor de literaturas antiguas, trabajo en desaparición ante el crecimiento del universo de las sensaciones digitales. Todas las palabras de los días de silencio flotaban impregnadas del olor a muerto que escapaba de las mortajas de cuerpos abandonados para que se pudran a la intemperie. Un aguacero intenso llegaba a ráfagas trayendo una densa capa de polvo lunar, y fragmentos de estrellas, y pedazos de materia inorgánica. Caminaba entre asombrosos pasajes iluminados por una mágica claridad, bañados por el resplandor de la energía de miles de estrellas fugaces que iban a morirse lentamente tragándose unas a otras con bruscos y relampagueantes parpadeos de luz, dejando una estela tan cristalina como las barreras de agua que se forman cuando la lluvia es intensa.

Se detuvo para contemplar el fulgor azulado intenso y enceguecedor de las estrellas, nunca supo si fueron horas o minutos que pasó en esa posición. Salió de la abstracción por el estruendo de una tormenta rojiza que pasaba por sobre su cabeza. Caminó unos pasos más adentro buscando la profundidad de las dimensiones, hasta llegar a una sala llena de ruidos y extraños sonidos de una música que llegaba desde una lejanía, y que obligaba a bailar, comenzó a moverse en todas direcciones girando torpemente, tropezando y cayendo, para volver a levantarse, hasta salir de la sala de ruidos, y encontrar lo que causó todos las desdichas posteriores y dio origen al relato expuesto ante ustedes jueces supremos de la obra de los escritores que se dejan poseer por la fantasía de sus mundos y terminan en los sanatorios públicos donde son juzgados y acusados de cualquier enfermedad cerebral.

Tenía una edad imprecisa, sus cabellos eran como hilos de miel. Vestía una especie de bata naranja que casi se confundía con el color de su piel. Su belleza era luminosa como el polvo de una supernova, era de contextura delgada y piel muy blanca de leche espumosa, parecía tímida y distraída, en un instante volteó, y se quedó sorprendida, estuvo a punto de lanzar un grito, antes de que pudiera correr hacia donde estaba y sujetarla por un brazo parecido al tallo de una planta frágil que crece en la calidez de un jardín botánico. Estuvo rodando en un mar de formas glaucas, un abismo infinito donde el tiempo con su voluptuosa carga ha dejado de existir, una ventisca helada se calaba en la piel trayendo un frío horrible. Lentamente empezó a bajar su mano pasándola del delgado brazo hasta su cintura, sin que ella expresara algún gesto emocional. El otro brazo siguió el camino del primero, y sus manos en un momento comenzaron a moverse como coleóptero por encima del delgado cuerpo, apretando la turgencia de las pequeñas frutas que salían de un pecho blanco, la boca llenaba de vaho la lustrosa piel, mordisqueaba apasionadamente el blanco cuello, mordiendo apenas la punta del lóbulo de la oreja, su cabeza comenzó a hundirse en la entrepierna, mientras ella jadeaba sofocada e intentaba soltarse, así estuvieron un rato hasta que decidió abandonarse en una dulce entrega, la verga erecta parecía un ciempiés fluorescente deslizándose a ratos por su cara, muy cerca de sus ojos , caminando por sobre sus mejillas, empezó a levantarle la bata hasta dejarla totalmente desnuda, y pudo ver el cuerpo flaco de piel brillante, el ciempiés se arrastraba membrudo buscando la entrepierna, la embistió entonces con un impulso vigoroso desgarrando la pequeña y abultada ranura salobre, olorosa a algas marinas. La cabalgó furiosamente como solo lo hace un gallo que busca la gloria, por sus muslos comenzó a correr un hilillo de sangre. Después de un largo rato se levantó y pudo bajar por una gran cumbre, mientras el viento seco silbaba desde un lugar impreciso. Estuvo varios días vagando, girando en círculos por montañas de una tierra seca que parecía escarcha, contemplando infinitos amaneceres que estallaban entre una luna rojiza, buscando algo para llevarse a la boca, solo encontraba árboles negruzco, raíces chamuscadas, y una brisa áspera que se le metía por los ojos, causando una agria picazón, no sabía que ruta seguir, una de esas noches soñó con un arroyo apacible donde se bañaba un hombre joven, que era tragado por corrientes de agua, arrastrado hasta el fondo de un río de grandes piedras. Era noche cerrada cuando se despertó angustiado tratando de ahogar el grito, de borrar los restos de la pesadilla. En la mañana empezó a caminar, descendiendo por una pequeña colina refulgente atravesando puertas de humus, cortinas de agua, hasta que un día sin saber cómo, logró traspasar una delgada pared dorada, el ruido de las voces apagó la salida. Un niño pasó con una gran bola de supercereal, el alimento que estaba de moda, unos hombres con escafandras chequeaban todas las puertas, pidiendo los códigos. Le preguntó a uno de ellos por los reportes policiales, mientras la imagen de un cuerpo flaco y brillante lo asaltaba. El hombre respondió: “allá todos perdemos el rostro, una célula original que se rompe y el resultado es un duplicado”. Emprendió una brusca carrera buscando el cuarto de los espejos. Como un fogonazo recordó la primera vez en aquel viejo arroyo con el inocente reflejo de su rostro en el agua, contemplo instintivamente entre rayos de fosfeno por primera al hombre joven de cuerpo completo, y desde el rumor lejano de esos días remotos Narciso se supo condenado.

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