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Pablo Gimón: Joe Biden, el demócrata que tocaba demasiado

 

Antes de que prendan los foros de amigotes en WhatsApp, indignados ante el linchamiento público de un hombre decente a manos de hordas feministas, procede aclarar que nadie lo acusa de agresión sexual. Nadie duda de su decencia. No es Harvey ­Weinstein ni Bill Cosby. Su actitud no era furtiva, ni siquiera un secreto a voces. Sucedía a plena luz, está en los archivos gráficos, en la memoria colectiva. El senador de Delaware (1973-2009) y vicepresidente durante la administración de Obama ha sido, en sus propias palabras, un “político táctil” aficionado a tocar para conectar con compañeros de partido o interlocutores. Su comportamiento —que dio lugar al término bidening(“bidenear”)— no solo no era considerado inapropiado, sino que se tenía por un activo político.

Biden es el curtido político que partía como favorito en las primarias de los demócratas para las elecciones de 2020, a las que aún no había decidido presentarse. Descendiente de familia católica irlandesa de clase obrera, llegó al Senado con 30 años como representante del Estado de Delaware, y supo hacer frente a varias tragedias personales que siguió todo el país (su primera mujer falleció en un accidente de coche, con su hija pequeña, a las dos semanas de haber sido él elegido). Biden es pata negra demócrata.

Pero, en la era MeToo, sus bromas, abrazos y besos se ven hoy bajo otra luz. “No insinúo que violara la ley, pero las transgresiones que la sociedad contempla como menores (o que ni siquiera ve como transgresiones) a menudo son notables para la persona en el extremo receptor”, escribía la semana pasada Lucy Flores, excongresista del Estado de Nevada, que acusó a Biden de haberse aproximado a ella por la espalda y besado levemente la cabeza, antes de salir al escenario para apoyarla en un acto electoral de 2014, de una manera que la hizo sentirse incómoda.

He ahí la clave. El MeToo ha movido el foco: de la intención del hombre al sentimiento de la mujer. Biden dijo que nunca quiso actuar de manera inapropiada. Flores señaló que la percepción de Biden no es lo relevante, sino cómo sus acciones le hicieron sentir a ella. “Biden debe comprender que en el mundo de hoy, el espacio físico es importante para la gente y la clave es cómo lo reciben, no tu intención”, resumió la veterana Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes y una de las figuras más poderosas del partido, antes de decir que no cree que todo esto le descalifique como candidato.

A Flores se sumó el lunes Amy Lappos, asistente de un congresista, que aclaró que la forma en que en 2009 el entonces vicepresidente rozó su nariz con la suya “no era sexual”, pero la incomodó. Dos mujeres más han dicho que la conducta del político les hizo sentirse mal.

La candidatura de Biden parece que se tambalea antes de haber sido confirmada, pero el futuro del número dos de Obama sigue siendo una gran incógnita. A la carrera del partido ya se han apuntado una quincena de aspirantes, pero Biden es quizá el único cuya participación se daba por hecha (las encuestas lo colocan sistemáticamente como uno de los favoritos). En la carrera los candidatos más populares se disputan el favor del ala más a la izquierda, pero él tiene el centro demócrata despejado. Lleva meses amagando con el anuncio. Con 76 años, esta parece su última oportunidad.

Y sin embargo no se decide. Sus dudas en 2016 ya le valieron el sobrenombre de “Hamlet de los demócratas”. Más allá de sus dudas, el problema que enfrenta Biden hoy es más peliagudo. Está bajo escrutinio por una forma de actuar que, paradójicamente, le deparó en el pasado el cariño del país. El colosal desafío de Biden es conectar con un partido cada vez más progresista. La brecha generacional es evidente. Él entró en el Senado cuando el hoy popular candidato texano Beto O’Rourke usaba pañales y faltaban 16 años para que naciera la congresista estrella Alexandria Ocasio-Cortez. El aborto era ilegal y el consentimiento no era asunto de debate público. Abrazos y coqueteos de los jefes, preguntas íntimas, bromas machistas. Generaciones de mujeres han tolerado en silencio comportamientos que ahora sus descendientes denuncian gracias al MeToo.

Si da el paso, a Biden le espera una lucha contra su propia historia. Su zig­zagueante postura sobre el aborto. Su papel en 1991 como presidente del comité durante la confirmación del juez Clarence Thomas, donde Anita Hill fue humillada por el propio Biden (cuando testificó sobre el acoso sexual de Thomas). Más allá del MeToo, la campaña sacaría otros fantasmas como el voto a favor de la guerra de Irak y el apoyo al levantamiento de regulaciones a la banca, contribuyendo a crear las condiciones para la crisis de 2008.

En la Casa Blanca contemplan desde la barrera una polémica que algunos interpretan como una conjura del ala izquierda del partido. Pero el presidente no se pudo resistir y se mofó de Biden con un montaje de vídeo que difundió por Twitter. Un peligroso alarde de hipocresía en alguien que pagó a actrices porno para silenciar aventuras y que alardeó de utilizar su fama para meter mano a mujeres sin su consentimiento.

Biden insiste en que ha aprendido la lección para controlar su efusividad. “Las normas sociales están cambiando”, reconoció en un vídeo el miércoles. “Lo entiendo y he escuchado a estas mujeres. La política para mí ha sido siempre cuestión de conectar, pero seré más consciente de respetar el espacio personal en el futuro”. Un futuro que el Hamlet demócrata sigue sin aclarar. Ser o no ser candidato. Reconocer que camina desacompasado con el partido al que ha dedicado más de cuatro décadas, o atreverse a lanzar una invitación colectiva a marcar los límites del MeToo, precisamente en el seno de una formación que ha querido convertirlo en su bandera.

 

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