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La tristeza de los elefantes, una historia real

 

La historia de la tristeza de los elefantes es uno de esos hechos reales que desafían la ficción. De hecho, hay algunos aspectos de lo sucedido que todavía no tienen explicación alguna. Simplemente ocurrieron y todavía no sabemos por qué.

Todo comienza con un hombre llamado Lawrence Anthony, que nació en Sudáfrica, en 1950. Era hijo de un próspero minero escocés que había dejado su país natal para enamorarse de África. Lawrence heredó tanto el negocio de minería como el amor por la naturaleza que tanto marcó a su padre.

Lawrence Anthony se hizo biólogo y luego conservacionista. Tenía una especial debilidad por los elefantes, una de las especies con mayor riesgo de extinción en todo el mundo. Por eso, empeñó sus esfuerzos en realizar todo tipo de acciones para protegerlos. Así comienza la historia de la tristeza de los elefantes.

Nuestros compañeros perfectos nunca tienen menos de cuatro patas”.

-Colette-

Dos elefantes juntos

La tristeza de los elefantes

Antes de continuar con la historia de Lawrence Anthony, hablemos un poco de los elefantes. Esta especie es más conocida por los espectáculos en los circos que por las extraordinarias facultades con las que cuenta. Su evolución solo es comparable con la de los chimpancés y los delfines.

Los elefantes tienen un cerebro grande. De hecho, ningún otro animal terrestre posee un cerebro de ese tamaño. Esto los convierte en animales muy inteligentesNo solo se trata de que tengan una memoria impresionante, sino también de sus comportamientos sociales, que realmente son muy avanzados.

Uno de los aspectos más llamativos de los elefantes es que son una de las pocas especies que experimentan duelo por sus muertos. La tristeza de los elefantes se expresa a través de pequeños rituales funerarios cuando muere uno de los de su especie. No tiene que ser de su manada. Cuando encuentran un cadáver, o huesos de uno de los suyos, siempre se quedan ahí, rodeándolo, en una especie de homenaje.

Los elefantes en peligro

Volvamos ahora a Lawrence Anthony. Su nombre comenzó a hacerse célebre por un hecho ocurrido en 1999. En una pequeña aldea, llamada Zuzulanda, apareció una oferta inusual: a quien quisiera, le regalarían una manada de elefantes. El problema es que se trataba de un grupo bastante conflictivo, al punto que se les consideraba “elefantes salvajes”. Rompían cosas, no obedecían a nadie y huían cada vez que podían.

Lawrence Anthony decidió aceptar el reto. Adoptó la manada de elefantes y partió con ellos hasta la reserva que él mismo había construido: Thula Thula, que significa “paz y tranquilidad”.

Notó que Nana, la matriarca de la manada, era una de las más rebeldes. Tenía marcas de haber sido maltratada y huía cada vez que podía. Lawrence decidió quedarse a dormir todas las noches entre la manada, con su auxiliar David y su perro. Una valla delimitaba el terreno.

Todas las mañanas, Nana se alineaba con los demás elefantes. Su intención era derribar la valla. Sin embargo, cuenta la historia de la tristeza de los elefantes que Lawrence les hablaba acerca del peligro que corrían si se iban de la reserva.

Nana comenzó a sentir curiosidad, que más tarde daría paso al cariño. Dejaron de ser una manada de elefantes rebeldes y se convirtieron en grandes amigos de su cuidador.

Familia de elefantes

Extraños sucesos

Lawrence consiguió apaciguar a esos elefantes supuestamente salvajes. Más tarde realizó otras hazañas, como rescatar a varios ejemplares del zoo de Bagdad durante la guerra de Irak. También salvó a otros elefantes, en el marco de la guerra del Congo. Escribió varios libros sobre sus experiencias y se interesó de manera especial por la forma de comunicación de los elefantes.

El 2 de marzo de 2012, Lawrence Anthony falleció, víctima de un ataque cardíaco. Así comenzó el episodio más asombroso de la historia de la tristeza de los elefantes. Resulta que dos días después de su deceso, los elefantes salvajes que había rescatado, llegaron a su casa, con diferencia de un día. Ambas manadas iban guiadas por una matriarca. Caminaron más 20 kilómetros para llegar hasta allí, un total de 31 ejemplares.

Todos ellos iban en fila india. Rodearon la casa y se mantuvieron allí durante dos días, sin aceptar comer o beber. Quizás esta fue su forma de expresar la tristeza, su manera de darle el último adiós a su gran amigo. Al tercer día partieron con la misma solemnidad con la que habían llegado. Nadie se explica cómo se enteraron de la muerte de Lawrence.

 

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