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Enrique Meléndez: En la droga está la verdad

 

Estamos en un país destruido por la improvisación, que es la manera de gobernar las mafias. Hay quien compara en estos momentos a Diosdado Cabello con Pablo Escoba Gaviria; sólo que sin el ángel, que acompañaba al famoso capo colombiano. Este era un ídolo entre el populacho. Además, sin la filosofía sobre la droga; que profesaba; pues Escobar Gaviria estaba muy consciente de la realidad de su época, y señalaba que el mundo entero abrigaba una actitud hipócrita frente al fenómeno de las nuevas drogas, y que estaban tan presentes como el alcohol y el tabaco, a partir de la gran revolución cultural, que se produce en la década de 1960; si es que admitimos que la del Mayo Francés de 1968 lo fue, y cuya onda expansiva llegó hasta nuestras propias universidades, y entonces se inician los procesos de renovación académica, que no sólo implicaban una revisión de aquel pensum napoleónico, que signaba las materias de enseñanza, sino también hasta en la vestimenta de la persona; puesto que uno de los motivos, por los cuales irrumpe este movimiento, es porque un profesor no dejó entrar a un alumno con una chaqueta de blue jeans en una de las facultades de la universidad de La Sorbona de París, que ya comenzaba a popularizarse entre la juventud, siendo la costumbre para el estudiante presentarse a las aulas con flux y corbata; algo que ya preveía José Ortega y Gasset, quien en uno de sus libros, destacaba en la década de 1930 la tendencia en el hombre nuevo de andar desaliñado; empezando por la circunstancia de que se estaba quitando la corbata; aun cuando era una sociedad de sombreros. Aquí no dejo de recordar la famosa expresión de Rómulo Betancourt, quien allá en la década de 1970 en uno de los mítines de AD, amenazó a las masas, que no le dejaban hablar con gritos y consignas, que si no lo dejaban, agarraba su sombrero y se iba, y entonces le hizo gracia el hecho de notar que él era el único venezolano, que usaba sombrero en ese momento.

Es decir, se impuso el blue jeans como prenda de vestir. Yo tenía un amigo en la universidad, que decía que el blue jeans iba a ser el smoking del futuro, y al andar desaliñando al joven de esa década, a la que Beltrán Roussel no dejaba de calificar de juvenil, le dio por dejarse crecer el cabello, a la manera de melenas, así como el fumar en exceso, y por cuyos palos se coló la marihuana; es decir, el alucinógeno que se necesitaba para esta especie de neoromanticismo; porque más que violenta, era una revolución pacífica; estudiantil, y es por esto que Octavio Paz la diferenciaba de aquellas chinas, que proclamaban Mao y su esposa, y a las que esta gente calificaba de culturales: purgas políticas; una especie de espíritu de tempestad e impulso (Sturm und Drang, como decía Goethe, una de las cabezas del movimiento romántico en su tiempo), y así el alucinógeno le despertaba la imaginación a este medio juvenil, y con ello vinieron las consignas y los grafittis en las paredes: “Has el amor y no la guerra”. En ese sentido, se hizo muy famosa la película “Las Fresas de la Amargura”, de Stuart Hagmann, que versaba sobre las vicisitudes de este movimiento juvenil, y a continuación aparecieron las drogas estimulantes, como la cocaína, y la que encontró un amplio mercado en el mundo de la burocracia estatal y privada, es decir, en la clase ejecutiva de la empresa: en la burguesía, que era el complemento del alcohol, sobre todo, del whisky.

De allí que Octavio Paz concluyera que, mientras la marihuana es la droga del silencio, del místico; el alcohol es la droga del grito, del borracho; cuya máxima representación la vamos a encontrar en el famoso “Banquete” de Platón, y cuya trama se basa en un concurso de discursos sobre el tema del amor entre un grupo de borrachos; partiendo de la idea de que en el vino es donde está la verdad, in vino veritas, que fue lo que recogió la tradición grecolatina de esta gran sentencia. Era esto lo que hacía ver Escobar Gaviria, que se trataba de una hipocresía del mundo del capitalismo, y en lo que no dejaba de tener razón; algo que incluso en lo que coinciden los neoliberales más radicales, sobre todo, aquéllos que propugnan por la legalización del consumo de todas las drogas, tanto las alucinógenas, como las estimulantes; partiendo del hecho de que su combate por la vía de la represión, nunca se ganará; que los recursos que se invierten en ese contexto será mejor dirigirlos hacia la prevención del consumo, a través de campañas publicitarias; mientras se le mete el ojo a la calidad del producto, a objeto de que no dañe tanto la salud del consumidor. De hecho, el consumo de la marihuana está legalizado en la mayor parte de las democracias occidentales; aparte de que señalan los propugnadores de esta idea, que el Estado tendría la posibilidad de llevar un control sobre su comercio; pudiéndose beneficiar de los impuestos, que pondría a ese respecto; mientras vacían la mitad de la población carcelaria del conjunto de naciones, que ha caído por tráfico; que es en la casi totalidad, y así libra el Estado un gasto más, por concepto de cárceles.

Lo que yo no me explico todavía: cómo un régimen que está tan comprometido con el narcotráfico, como lo han hecho ver altos funcionarios de distintos gobiernos del mundo, en especial, de los EEUU, cuya embajadora en la ONU calificó a Venezuela como un narco Estado, no ha legalizado el consumo en suelo patrio, y que es donde más se resalta esa hipocresía, que señalaba Escobar Gaviria. De hecho, la mayor parte de los integrantes de los colectivos, que componen hoy en día los círculos de seguridad de Nicolás Maduro, no dejan de ser fumones, como se dice en el argot de los consumidores; pues en las barriadas populares, que es de donde proviene esta gente, no dejan de ser adictos a la llamada yerba maldita, y en la borrachera coca y crak. He allí lo que compra a esta gente: droga y caña; tanto más si se le entrega una moto y una pistola.

melendezo.enrique@gmail.com

 

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