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Alirio Pérez Lo Presti: Pastor López en Santiago

 

A Roger Vilain y Anita Rodríguez.

A veces, cuando estoy escribiendo, pienso en los amigos que también están escribiendo y me siento copartícipe de una especie de fraternidad que nos une. He realizado muchos de mis trabajos sentado frente a una pared, pero otros los he escrito en lugares más divertidos, como El Margarita, en la ciudad de Mérida, Venezuela, o en el legendario chino Win, en donde en ocasiones era el único cliente del día.

Hace años, tratando de escribir mientras viajaba, frente al paseo Orinoco, era el único comensal que no era minero. Todos pagaron la cuenta con puñitos de oro de las minas de Bolívar, excepto este servidor, que canceló lo consumido con billetes nacionales. En esa vida de trashumante, que ha sido la que he vivido gratamente hasta el día de hoy, han estado presentes los buenos amigos, los libros y la música. Espacio aparte tienen las mujeres amables y hermosas que he conocido, a quienes debo tanta gratitud, los buenos automóviles que he tenido y por supuesto, las taguaras.

Cultivador y experimentador en el arte de intentar apreciar sonidos, siempre Wagner estaba presente, como lo podía estar Claro de luna, de Beethoven, el jazz de Louis Amstrong, el legendario Juan Luis Guerra o la música de Pastor López, lo cual ocurría mientras leía El Anticristo de Nietzsche o Los Endemoniados de Dostoievski. Paseando por el centro de Santiago, en caza de una taguara donde pudiera seguir escribiendo, cerca de la estación del metro Bellas Artes, no pudo ser más irreal encontrarme con un local en donde las Lager están muy frías y una rocola, por cien pesos, me permite escuchar varios temas populares, desde la música de la colombiana Shakira hasta el venezolano, de Barquisimeto, Pastor López. Una joven venezolana, sacada de Las mil y una noches es la mesonera y cajera del local.

Esa tendencia a repetir en torno a la aventura es el sino que hace que en ocasiones me sienta tan desarraigado, que literalmente camino varios centímetros por encima del suelo. Ese desarraigo inexorablemente es una virtud y esa condición me ha permitido ser amigo de las personas más espectaculares. Como mi amiga Liuba Alberti que vive acá en Santiago o Roger Vilain y Anita Rodríguez, a quienes siempre tengo presentes.

Roger y Anita viven en Ecuador y pensé en ellos cuando me enteré del fallecimiento de Pastor López, de las tertulias infinitas de los miércoles, mientras montábamos el suplemento literario semanal titulado El sombrero de copa, que circulaba los días miércoles, en la ciudad de Mérida, encartado en un diario de circulación regional. Recordé las deliciosas arepas de Anita, con queso guayanés, que no existirán sino en su casa en Ecuador y la famosa discusión acerca de la novela histórica que mi amigo Roger y yo tuvimos en el bar La Viuda, que hizo que la propia viuda dejase de atender a los comensales para entrometerse en nuestra conversa.

Pero no soy hombre de nostalgias ni de retornar lánguidamente al pasado. Sigo siendo el de siempre, con los nervios de acero que me caracterizan y hacen que diga la verdad en medio de las peores tempestades, con un gusto insaciable por la buena gastronomía, con esa propensión casi suicida de desafiar a la autoridad cuando está presente la sensación de injusticia y una inmerecida satisfacción por la aventura y el disfrute de los viajes, que han sido parte de lo que soy y sigo siendo cada día que me levanto.

Decir Pastor López y ser de la ciudad de Mérida, Venezuela, son casi sinónimos. Fui a varios de sus conciertos y las Pilsen de rigor y el baile sin parar eran el frenesí de la noche. Pastor López deja un legado que si no me equivoco, como pasa con tantas cosas, se circunscribe a una o varias generaciones de ciertos lugares del planeta.

Extrañado estaba, cuando asistí a una fiesta de maracuchos acá en Santiago de Chile el día en que murió Pastor López. Coloqué una de sus canciones en la celebración y todos me miraron con mala cara. Jóvenes treintones venezolanos, ajenos a lo que yo quería escuchar, pertenecientes a una generación literalmente cincelada con lo más depurado de los hechos políticos venezolanos, para bien y para mal. Llevan la marca de Caín en la frente.

Entonces me vi forzado a quitar la música en forma penosa y di gracias por la Venezuela en la cual crecí, que me hizo tenazmente jovial y alegre, ajeno al sentimiento de odio y resentimiento, capaz de seguir disfrutando por esas cosas que están delante de nosotros para vivirla con la mayor intensidad posible. Di gracias por la vida que he tenido y por la mucha gente que intenté ayudar mientras fui médico en Venezuela. Di gracias por las casi dos décadas de profesor universitario y lo bueno que han sido los tiempos y los lugares en que me ha tocado vivir. Pero sobre todo doy gracias por las sorpresas que la vida me sigue dando, como haberme encontrado una taguara parecida a la del chino Win, por no decir que es la misma pero en el centro de Santiago

@perezlopresti

 

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