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Tarek Yorde: Maduro le pesa más al chavismo.

 

Quienes conocen la política en Venezuela saben que siempre han existido dos países al interior de la nación. Un “país” es Caracas, quienes ejercen el poder desde allí se enferman de un centralismo narciso hace más de nueve décadas. Y se ha agudizado su obsesión centralista autoritaria en las casi dos décadas de gobierno chavista. El otro “país” es la Venezuela profunda, la que produce la comida y el petróleo, la que desarrolló corredores agropecuarios, agroindustriales y manufactureros. Los estados del interior, eso que algunos miopes aún llaman “provincia”. En ambos países, Maduro se ha vuelto una calamidad insoportable y una fuente cotidiana de desgracias, burlas y provocaciones a la ciudadanía que ahora ve como un todo indivisible a los liderazgos del chavismo/madurismo.

Y he aquí el drama. Durante los años posteriores a la descentralización política era común el llamado “voto cruzado”, es decir, que los ciudadanos pudieran valorar y diferenciar la gestión de un alcalde o gobernador de la gestión de un Presidente. Así teníamos estados en los cuales podía ganar Chávez una elección presidencial pero los gobernadores o alcaldes eran opositores. Fenómeno que se fue reduciendo progresivamente a medida que el cáncer de la polarización avanzaba.

Hoy el chavismo de “provincia” con sus gobernadores y alcaldes pírricamente electos, con la espada de la ilegitimidad colgando sobre sus cabezas, se debate entre la sobrevivencia política o la inmolación junto a Maduro. El problema de cientos de dirigentes chavistas ahora es que deben asumir frente a sus votantes y ciudadanos, los errores del “Partido en Caracas” sin tener ni voz ni voto real en el viaje kamikazi de Maduro y sus cubanos. Como lo dice el refrán popular: “Maduro se bebe la botella y los chavistas del interior sufren la resaca”.

Gran dilema. Son 19 gobernadores y casi 300 alcaldes, seguramente sin cuentas millonarias en dólares, rublos o euros en paraísos fiscales, sin escoltas cubanos o rusos y sin una lista de nombres para incluir en los salvoconductos de embajadas y negociaciones políticas. Y ahora, con Maduro, deben tragar grueso, agonizar en silencio y sonreír adulando al Presidente en cadena, aplaudir los besitos a “Cilita Bonita” y las bravatas de mafioso de pueblo de Diosdado. Cena amarga la del chavismo local.

¿Qué harán esos gobernadores y alcaldes chavistas cuando se enteren del viaje dorado de Maduro y su clan al extranjero? ¿Qué harán cuando sus nombres no aparezcan en la lista de los exilios dorados? ¿Se inmolarán defendiendo la indefendible gestión de Maduro? ¿O harán honor de la larga tradición camaleónica de los políticos venezolanos? Esos alcaldes y sus aspiraciones a ser gobernadores. Esos gobernadores aspirando a sus reelecciones. ¿Matarán para defenderse, saldrán corriendo o negociarán sus espacios?

Maduro encerró al chavismo en un laberinto suicida. Los arrastró a una pelea no deseada y desigual. Hoy el futuro del PSUV está condenado a la violencia y la represión insostenible, sólo para defender a Maduro, Cilia, Diosdado y los hermanitos Rodríguez. ¿Tendrán los gobernadores Víctor Clark de Falcón, Héctor Rodríguez de Miranda o Lacava de Carabobo la voluntad para martirizarse por Maduro y sus cubanos? El PSUV se arriesga a desaparecer hundido en escándalos de corrupción y violaciones a los Derechos Humanos.

 

No hay futuro posible para sus herederos. Maduro castró al chavismo de segunda generación, condenándolos a ser los nazis del siglo 21. Serán perseguidos y cazados como criminales asociados a la corrupción, el narcotráfico y las violaciones a los Derechos Humanos. Por eso Maduro le pesa más al chavismo que a la oposición. Total, el mejor candidato opositor sigue siendo el incontinente e incapaz Nicolás Maduro.

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