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Guaidó se enfrenta al momento más complicado de la lucha contra Maduro

 

Juan Guaidó aún confía en el arma de la presión popular. Pretende Guaidó seguir sumando capacidades con el fin de conformar un movimiento robusto que obtenga resultados en esta nueva etapa de la lucha que ha llamado Operación Libertad. Pero la gente no quiere marchar. La gente no quiere concentrarse. La gente aspiraba y aspira a una solución más rápida para forzar la salida de Nicolás Maduro del poder.

Juan Carlos Zapata

Lo que se temió está llegando. O ya llegó. Guaidó estuvo siempre claro de ello. Desde los días de los cabildos abiertos el grueso de sus palabras iban dirigidas a no crear falsas expectativas que generaran más frustración entre la población que quiere el cambio, que es la mayoritaria. Guaidó hablaba de un proceso. De pasos. De fases. De escalada. De suma. Todo con el fin llegar al cese de la usurpación y al final a las elecciones libres. Por eso Guaidó nunca fijó una fecha límite. Más bien señalaba que cada fecha era la continuidad de una lucha que a su vez era el comienzo de un tiempo de esperanza. Y así surgió el fenómeno Guaidó. El Presidente Guaidó. El líder Guaidó. Que entusiasmó. Que repetía, “vamos bien” y que dijo “vamos muy bien”. En consecuencia, la gente decía, ahora sí, llegó el momento.

El plan Guaidó de la presión interna es una apuesta que hoy luce más que arriesgada. No hay garantía de que descartada la opción militar, la gente se movilice de manera masiva. No lo hizo en las fechas anteriores. No lo hizo el 23 de febrero, el día fijado para el ingreso de la ayuda humanitaria por las fronteras de Colombia y Brasil. No lo ha hecho después.Aquí en KonZapata nos hicimos eco de las declaraciones del analista argentino Andrés Oppenheimer quien señaló que la amenaza de intervención militar por parte de Trump estaba conduciendo a la desmovilización del pueblo venezolano. Descartada la opción, no significa que de manera automática el pueblo le vaya responder a Guaidó. La cuesta es empinada.

Sin embargo, transcurren los días. Y el gran día no llega. Maduro sigue en el poder. Aferrado al poder. Y a Guaidó no le queda otra opción que apelar a la gente, la misma a la que ahora la sombra de la desesperanza vuelve a acosarla como un fantasma recurrente. Guaidó entiende que la presión interna es la que puede marcar la diferencia.

Allá afuera sigue el apoyo de la comunidad internacional. Allá afuera sigue el apoyo del Vaticano. De hecho, Jorge Arreaza se reunió con monseñor Pietro Parolin, de quien recibió el mismo mensaje, la línea con la que el Vaticano ha sido coherente: Negociaciones para llegar a unas elecciones libres. Allá afuera Maduro entiende que los últimos sucesos en Argelia lo hacen perder un aliado. Allá afuera Maduro sabe que en Italia tampoco los vientos soplan a su favor. Allá afuera, el informe de la Alta Comisionada para los Derechos Humanos de la ONU, Michell Bachelet, sigue confirmando la realidad de la crisis humanitaria, atroz y terrible. Allá afuera, la batalla por la opinión pública, la perdió Maduro hace tiempo. Para que este apoyo se siga manteniendo firme y evoluciones hacia una fase más resolutiva, la presión interna es clave.

Presión interna para soluciones políticas. Pues, queda claro, la vía militar ha sido descartada. No hay espacio para ello. La frase de Donald Trump de que todas las opciones estaban sobre la mesa, era eso. Una frase que buscaba meter presión a Maduro, a Diosdado Cabello y a la cúpula de la Fuerza Armada. La opción militar no contó con el respaldo ni del Grupo de Lima, ni de Brasil, ni de Europa, y ahora Estados Unidos la aplaza, en el entendido de que no hay condiciones para ello. Lo ha dicho este jueves Elliott Abrams. La opción militar no asustó al generalato que cerró cuadro con Maduro, y cerró los ojos ante la represión desatada por el régimen, que apeló a los grupos de colectivos paramilitares armados y dispuestos para tal fin. El discurso de la opción no asustó a los militares de Maduro pero en cambio levantó expectativas en la población y en un sector de la dirigencia opositora. Descartada, se sienten engañados, burlados.

El plan Guaidó de la presión interna es una apuesta que hoy luce más que arriesgada. No hay garantía de que descartada la opción militar, la gente se movilice de manera masiva. No lo hizo en las fechas anteriores. No lo hizo el 23 de febrero, el día fijado para el ingreso de la ayuda humanitaria por las fronteras de Colombia y Brasil. No lo ha hecho después. Aquí en KonZapata nos hicimos eco de las declaraciones del analista argentino Andrés Oppenheimer quien señaló que la amenaza de intervención militar por parte de Trump estaba conduciendo a la desmovilización del pueblo venezolano. Suspendida o anulada la solución militar, no significa que de manera automática el pueblo le vaya responder a Guaidó. El desencanto hace la cuesta es empinada. Esa falta de movilización es clave a la hora de preguntarse por qué el llamado de Guaidó a la Fuerza Armada de desconocer a Maduro y rescatar la democracia no fue escuchado. Guaidó pidió en al menos en dos oportunidades que la gente se movilizara hacia los cuarteles a concientizar a los militares, y la respuesta no fue la esperada. Los militares tomaron nota. Y tomaron nota cuando sucedió el primer apagón de principios de marzo y no se registraron movimientos de protestas que pusieran a pensar al régimen.

Si hoy el régimen luce todavía sin tener todos los elementos bajo control, es porque la crisis se ha profundizado. Mucho más desde el colapso del sistema eléctrico. Las pérdidas suman más de 3.000 millones de dólares, y sumarán más, tanto en números brutos como en los índices del PIB. Ya se estima una caída del 35% del PIB para este 2019. Pero esta situación conduce a un juego sin desenlace temprano. Que se extiende en el tiempo, y la consecuencia es la prolongación de la crisis política y económica. Esta evidencia coloca en el tablero, otra vez, la carta de la negociación.

Por un lado, hay un gobierno que no gobierna y, por el otro, una oposición con un Presidente Encargado que tampoco tiene el control de las instituciones para ejercer gobierno. La comunidad internacional sigue apostando por Guaidó, y lo seguirá haciendo si logra estructurar la presión popular interna. Pero Rusia y China también decidieron jugar en el terreno de la geopolítica, y jugar del lado de Maduro las fichas necesarias para que el mensaje llegue sin confusiones a los centros de poder de la Casa Blanca y Europa. Rusia ni China, frente a lo que creyeron algunos analistas, no sacrificaron a Maduro, y más bien parecen inclinarse por la negociación, y aquí coinciden con Europa, que aun mantiene el Grupo de Contacto, y por la línea de México de diálogo y acuerdo político.

Maduro, y todo el régimen expresado en el conjunto que conforman las cúpulas de la Fuerza Armada, la Asamblea Constituyente y el Tribunal Supremo de Justicia, no solo resisten sino que mantienen la ofensiva de la represión y la amenaza, contra Guaidó y su equipo, contra los diputados de la Asamblea Nacional, contra la dirigencia opositora y contra la protesta popular en los barrios pobres. Lo último ha sido comparar la situación Siria con la venezolana, que es una manera de amenazar también.

Esto forma parte del plan del régimen. No mostrarse acorralado ante la coalición internacional que lo condena y que no reconoce a Maduro. Y por ello, sin importar lo que diga la ex presidenta Bachelet sobre la violación de derechos humanos, el régimen sigue encarcelando, reprimiendo y matando. Es una manera del régimen de anunciar que de ir a una negociación lo hará sin ánimo de derrota. Es la fórmula sandinista de finales de los 80 y principios de los 90. Lo expresa Sergio Ramírez en el libro Adiós Muchachos. Ramírez fue vicepresidente de Nicaragua con Daniel Ortega presidente: “Extremar la crisis para negociar con ventaja, al borde del desastre, era una de las reglas de oro de la diplomacia del sandinismo”. Es lo que aplica Maduro hoy, y es, por cierto, lo que vuelve a aplicar Ortega hoy en Nicaragua. Es un juego difícil. Porque Maduro, está demostrado, no va a renunciar, y tampoco el régimen va a ceder al pedido de unas elecciones libres. Los sandinistas lo hicieron en mejores condiciones y Daniel Ortega perdió ante Violeta Chamorro. Este antecedente es el que le dice a Maduro, y Ortega también en Nicaragua, que elecciones libres significan una segura derrota. Por ello la carta de Guaidó de la presión interna cobra mayor importancia. Por ello la asume, corriendo el riesgo del fracaso. Tiene de su lado el cuadro social. El discurso social que le proporciona el colapso eléctrico, el colapso del servicio de agua, y la crisis sanitaria que se agudiza. Guaidó lo dijo desde el comienzo. Que solo no podía con esta lucha. Ahora, más que nunca, necesita de la respuesta de la gente.

 

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