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Benigno Alarcón: No son los americanos, europeos, cubanos, chinos o rusos, son los venezolanos

 

La participación creciente de actores foráneos, como Estados Unidos, Europa y el Grupo de Lima, por un lado, y de Cuba, Rusia y China en el otro, obliga a hacernos la pregunta sobre quién decide el futuro político de Venezuela. La respuesta es simple: LOS VENEZOLANOS.

Sin caer en posiciones ingenuas que nieguen la importancia que los actores internacionales tienen en procesos políticos como el de Venezuela, el tablero principal, los jugadores y las piezas más importantes del juego político, e incluso de los aspectos geopolíticos, son locales, no solo en nuestro caso, sino también en la inmensa mayoría de los procesos de transición.

Queda demostrado, incluso en aquellos casos en los que el centro de interés del conflicto es en esencia, geopolítico -tal como sucedió con la disolución de la Unión Soviética [1]-, que no es Estados Unidos, la Organización del Tratado Atlántico Norte[2] (OTAN), ni las democracias occidentales, quienes  protagonizaron la disolución del imperio soviético, sino las sociedades de los propios Estados que lo conformaban. Las revoluciones de Polonia, Checoslovaquia, Georgia, Serbia o Ucrania, entre otras, pese a formar parte del proceso de reacomodo geopolítico más importantes del siglo XX, no fueron procesos que se definieron a través de una confrontación entre la OTAN y los soviéticos, sino entre los gobiernos soviéticos y sus propios pueblos.

De la misma forma, aunque con resultados opuestos que también abonan en favor del argumento del peso preponderante de lo local, la caída de la Unión Soviética y el impacto que ello tuvo sobre Cuba, al quedar sin el apoyo de su principal aliado geopolítico, no implicó el triunfo de los americanos sobre el régimen cubano, ni una transición política para la isla. Por el contrario, el régimen impuesto por los Castro fue capaz de mantenerse pese al embargo económico y, en medio de las condiciones políticas y sociales más adversas.

Es la sobrevivencia a este proceso lo que origina la empatía de Chávez con Fidel Castro, en quien veía el mentor para guiarlo en la consolidación de un régimen  hegemónico en Venezuela, capaz de imponerse a las presiones de la comunidad democrática internacional. Es en la búsqueda de preservar su “legado” que se escoge a Maduro, para continuar, incondicionalmente, la ruta trazada por los Castro.

Aunque comparar el caso venezolano con el de las ex repúblicas socialistas soviéticas, o con el de Cuba, puede ser discutible, no lo es el hecho de que los intereses geopolíticos de la Guerra Fría no han jugado en estos casos un rol menor que el que se le quiera asignar en el caso de Venezuela. Sin embargo, casi todas las transiciones que se lograron materializar desde los años 70, fueron procesos sociales impulsados por sus propios pueblos quienes reclamaban libertad, el reconocimiento de su dignidad y el derecho a elegir su futuro.

Si la explicación no está en la geopolítica, dónde radica entonces la diferencia entre los países que si lo lograron y los que no, como el caso de Cuba o una parte importante de las dictaduras de África. Fundamentalmente en la actitud que los pueblos asumen ante el régimen que los gobierna. En un estudio realizado con ocasión del Proyecto Varela [3], se encontró que los cubanos responsabilizaban al régimen de los Castro de sus condiciones de vida,  a la vez que lo consideraban invencible y no veían ninguna alternativa distinta a subordinarse, adaptarse y tratar de sobrevivir, o escapar de la isla. En este mismo sentido, hace un año, en una conversación con Greg Mills [4], autor de Why Africa is Poor?, me comentaba que la gran diferencia entre varias dictaduras africanas y Venezuela, es que los venezolanos no se han rendido.

Quienes por ignorancia o con la intención de incidir en la actuación de la  comunidad internacional hacia Venezuela, motivados por ganar visibilidad pública, circunscriben el conflicto político venezolano a una confrontación geopolítica, en donde el régimen de Maduro, el sector democrático y los ciudadanos somos simples peones de un juego que escapa de nuestro control, terminan haciéndole un inmenso daño a la causa democrática, al colocar a los ciudadanos que conformamos esta sociedad en posición de indefensión y sumisión a los designios que imponga el desenlace de una negociación entre fuerzas externas y superiores, contra las cuales nada podemos hacer.

No es cierto que la única forma de sacar una transición adelante en Venezuela sea mediante la acción de una potencia extranjera, actuando como una especie de “Big Brother”. De hecho, los casos de transición que se han dado como resultado de la acción de un país o un conjunto de países sobre otro, son más bien excepcionales, e inclusive constituyen la modalidad menos frecuente de transición, y aún son menos frecuentes los casos que puedan considerarse exitosos. Por el contrario, en la mayoría de estos  casos, la consecuencia ha sido un largo período de inestabilidad que ha obligado a mantener la presencia de tropas extranjeras por años en el territorio del país intervenido. El rol de la comunidad internacional democrática es muy importante, pero casi nunca es el factor determinante.

Tampoco es cierto que cuando un Estado pasa a ser controlado por una red de crimen organizado, que es como muchos coinciden en describir el caso de Venezuela, ya las soluciones políticas no aplican y solo son posibles las salidas de fuerza. Estas actividades no son más que la forma en que se financia una red clientelar, cada vez más pequeña pero esencial, que sirve de sostén al régimen. En la medida que se dificulta el enriquecimiento de esta red por medios “lícitos”,  normalmente vinculados al control del Estado (contratos petroleros o por infraestructura, concesiones, licencias de importación, etc.), comienzan a hacerse más frecuentes los negocios ilícitos ejercidos a la sombra y muchas veces con la participación directa o indirecta del régimen.

Este fenómeno no es inédito, sino que por el contrario existen numerosos regímenes que han participado directa o indirectamente en actividades ilegales diversas, que van desde la facilitación del lavado de dinero hasta la minería ilegal, el tráfico de armas o sustancias ilícitas.

Si bien es cierto que el involucramiento de un régimen en estas actividades dificulta la salida al elevar los costos de tolerancia al cambio y las potenciales consecuencias de perder el poder, no es menos cierto que los regímenes que han cometido genocidio, como el de Milosevich en Serbia, estarían en una posición aún más compleja para abandonar el poder, sin embargo, se han visto obligados a hacerlo por sus propios pueblos, e incluso con la cooperación del sector militar que le mantuvo por la fuerza de las armas y que en un momento dado decidió retornar a la neutralidad que como institución del Estado y no del gobierno, les corresponde.

Ningún régimen se sostiene a sí mismo, sino que es sostenido por otros, que casi nunca comparten los mismos incentivos para mantener el status quo, ni los mismos costos, por los que cada individuo debe responder de forma personal.

La solidaridad y el apoyo de la comunidad democrática internacional son y seguirán siendo muy importantes, pero cruzarnos de brazos y colocar el futuro de la democracia en Venezuela, en manos de los aliados internacionales, no solo es una actitud cómoda sino irresponsable, que solo nos puede generar mayor desesperanza.

El futuro de la democracia es una lucha esencialmente de los venezolanos, una lucha de la que nosotros y no nuestros aliados, somos responsables y protagonistas. No nos crucemos entonces de brazos a esperar que otros hagan la tarea que nos corresponde, porque aunque hoy luzca difícil, la evidencia histórica nos demuestra que ¡SÍ SE PUEDE!.

@benalarcon

[1] https://es.m.wikipedia.org/wiki/Unión_Soviética

[2] https://www.nato.int/nato-welcome/index_es.html#top

[3] https://www.radiotelevisionmarti.com/a/27192.html

[4]

 

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