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Rafael Simón Jiménez: El papel de Guaidó y el papel de los venezolanos

 

Por una inveterada costumbre que hunde sus raíces en nuestra historia y nuestra formación como pueblo, los venezolanos siempre ciframos nuestras esperanzas en la idea de un hombre “providencial “, un líder carismático y omnipotente que venga a resolvernos los problemas. Ni siquiera los múltiples fracasos, las trágicas consecuencias, y el saldo de barbarie y destrucción que en el pasado y presente ha dejado esa equivoca creencia, nos ha hecho enmendar colectivamente y vacunarnos frente a los lideres predestinados, y empeñar nuestro compromiso en la acción colectiva, en el desarrollo institucional,  en la mancomunidad de esfuerzos, único camino que conocen las sociedades democráticas desarrolladas y modernas para superar sus problemas.

En nuestro propio proceso de conformación como sociedad, convergieron los legados del conquistador español, del cacique indígena, del jefe tribal africano, esa simbiosis y ese sincretismo cultural y religioso, producto de un intenso mestizaje,  abono junto al proceso de conquista, colonización y más tarde emancipación, la tesis del hombre fuerte, del caudillo, del jefe omnímodo,  colocado por condiciones particulares o por las circunstancias en posición de hegemonía y predominio. Nuestra larga y cruenta guerra de independencia, las interminables contiendas   civiles de baja o alta intensidad que marcaron el siglo XIX,  las dictaduras y tiranías de todo pelaje que retrasaron nuestro ingreso al mundo libertario y civilizado, marcaron una impronta en nuestro pensamiento, actitudes y conductas que nos hipotecaron a la idea de que las soluciones a nuestros males estaban en la exaltación  de caudillos civiles o uniformados, capaces por si mismos de realizar la obra de satisfacción material y espiritual de nuestras necesidades, demandas y expectativas.

Nuestra entrada rezagada al siglo XX, lastro las posibilidades de despersonalización del poder, de avanzar en las visiones gregarias, de emprender un sistema legal e institucional, de reforzar la confianza en nosotros mismos y en nuestro ser colectivo como única fuente real de estabilidad, libertad y progreso. Ni siquiera el controvertido proceso democrático que signo la denominada Republica civil en el periodo 1.958-98, con todo su legado de convivencia y cultura democrática pudo exorcizar definitivamente los “demonios “ del personalismo y el providencialismo, y esa etapa –la mejor de nuestra  dificultosa historia – termino naufragando en la ilusión colectiva de pretender enmendar los males de la democracia, retrotrayéndonos a los tiempos del militarismo, la arbitrariedad y el anacronismo, embelesados por  el verbo y el histrionismo de un nuevo “salvador de la patria “  de los tantos que ya nos habían lanzado al abismo.

Han sido veinte largos años de manejos irresponsables, cleptocraticos, depredadores e incompetentes del gobierno y el Estado, que han desembocado en una crisis económica, política, social, ética, institucional y humanitaria sin precedentes en nuestro accidentado devenir, colocando  a Venezuela y sus ciudadanos en condiciones de sobrevivencia deplorable, y a la camarilla cívico-militar que confisca el poder en posición de declinación de sus deberes mínimos de gobierno, centrando sus menguados esfuerzos en la obsesiva pretensión de sostenerse mediante la represión , la violencia y el terror indiscriminados haciéndose merecedores del repudio nacional e internacional.

En estas dos terribles décadas, se ha puesto a prueba la resistencia, la beligerancia y el coraje civil de una población dispuesta a defender sus derechos y libertades. Una disidencia que se ha ido engrosando hasta convertirse en fuerza indiscutiblemente mayoritaria que reclama un cambio, y una transición democrática que en paz y democráticamente permita la reconstrucción de nuestra destruida y martirizada Venezuela. Una fuerza que sobre el aprendizaje de los múltiples errores cometidos en la conducción de la estrategia de los sectores alternativos en todos estos años, se propone una conducción asertiva, clara y contundente que viabilice y haga fructificar el relevo en la conducción y manejo de la Republica.

Los altibajos, los avances y retrocesos, las etapas de auge y entusiasmo y los periodos de reflujo y desconciertos que se han intercalado en esta larga lucha, cobran a partir del 10 de  Enero pasado nuevos bríos y redobladas esperanzas, cuando la Asamblea Nacional, institución legitima, representante del inmenso deseo  de transformación de los venezolanos, se coloco al frente de un gran movimiento para exigir en sencillas consignas : el cese de la usurpación, la conformación de un gobierno de transición que necesariamente tiene que ser de unidad nacional, y  lo más importante: elecciones libres, limpias, transparentes y competitivas donde los venezolanos podamos decidir nuestro destino.

Al frente de este esfuerzo, que tiene necesariamente que ser colectivo, aparece como cabeza visible el diputado Juan Guaido, Presidente del Poder Legislativo, quien ha tenido el protagonismo, la vocería y la proyección para colocar de cara al País y al mundo las exigencias de la sociedad democrática Venezolana, ganando adhesiones y espacios robustos y significativos en el escenario Regional y mundial. No ha sido una lucha fácil pues frente a ese movimiento cívico, pacifico y afirmativo el agónico gobierno de Nicolás Maduro ha antepuesto toda su capacidad represiva, con una violencia sin precedentes, donde aparecen de la mano los mecanismos policiales y militares afectos al régimen, junto a pandillas delincuenciales que bajo la denominación de “colectivos “solo maquillan su vocación por el pillaje y la violencia.

Esta lucha es sin duda, una contienda asimétrica, pues confronta a un pueblo desarmado e inerme, frente  a un gobierno que utiliza el terror y que practica violaciones sistemáticas a los derechos y libertades ciudadanas. No es una lucha fácil, ni lamentablemente está planteado con las urgencias que demanda un pueblo sometido a privaciones y sacrificios crecientes, pero es sin duda el único camino que puede conducirnos a la victoria democrática.

Frente a quienes condicionados por nuestra vieja propensión al personalismo y a la búsqueda del hombre providencial que venga “en nuestra salvación “, pretenden cuestionar a Guaido,  criticándolo y  enrostrándole,  no haber cumplido la tarea de librarnos en tiempo record de esta especie de “maldición gitana “ que hemos vivido por tanto tiempo, hay que decirle que la tarea de rescatar a Venezuela no es, ni puede ser  obra de una persona individual, por importante o protagónica que sea  en una determinada coyuntura, sino tarea que solo puede cumplirse con el esfuerzo y la determinación de todos,  por eso quienes de buena o mala fe tirotean al presidente de la Asamblea Nacional, que ha puesto su mejor empeño en el cumplimiento del papel que la historia le ha asignado, deberían comenzar por preguntarse a sí mismos que han hecho, y que están dispuestos hacer para sacar a Venezuela de esta tragedia.

 

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