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Pedro R. García: frente a las redes indefensos y más y más resignados …

 

“Nuestra época que  dispara desde la altura de su enorme petulancia los más despectivos requiebros sobre el siglo XIX, al cual, por lo menos, suele calificar de estúpido, y sobre el siglo XVIII, al que, a lo sumo, y haciendo grandes concesiones, acostumbra a yamar, con notable olvido de las propias miserias, ridículo e incomprensivo, nuestra época tiene bastante que aprender de aquellos bienintencionados filósofos, que tal vez filosofaban mal, que acaso eran, es cierto, un poco vanidosos, que iban sin muchas contemplaciones a lo suyo, pero que en ningún momento dejaron de ser lo que nuestros intelectuales son cada día menos: verdaderos hombres. Y claro está que por ser hombre no ha de entenderse ahora lanzarse todos los minutos a la calle para acuchillar al prójimo; ser hombre, hombre verdadero, es para el intelectual tener el valor de decir clara y distintamente lo que él cree ser verdad. Solo esta enorme e ingenua confianza en la verdad de lo que se dice, prescindiendo de que esta verdad sea superficial o profunda, utópica o plenamente realizable, exige que el propósito de “leer la historia en filósofo”, en filósofo que cree en la razón y tiene la buena ventura de proclamarlo, merezca algo más que la despectiva suficiencia de nuestros complicados y quizá un tanto resentidos historicistas (José Ferrater Mora, Cuatro visiones de la historia universal pp. 126-7).

Ubicando algunas pistas…

Haré una digresión sobre lo que ha ocurrido en poco más de una década desde que Facebook comenzó a operar, la cantidad y profundidad de las implicaciones culturales que esta red social ha tenido es más que sorprendente. Lo que inició como una divertida terminó convirtiéndose en una fábrica de hábitos culturales cuyos efectos, ya visto en retrospectiva, generan bastantes dudas, dejando a un lado la nula ética que se ha cansado de demostrar esta compañía y de otros aspectos un tanto infortunados que acompañan su uso periódico, en esta ocasión comentaremos de un fenómeno puntual alrededor de Facebook, los “amigos”. Esta etiqueta, cuyo valor a lo largo de la historia humana ha sido incuestionable, se vio un tanto falseada desde que Zuckerberg decidió utilizarla para definir las relaciones que se entablarían dentro de su comunidad virtual, de pronto las personas comenzamos a tener 100, mil o 3 mil amigos, cuando hasta hace unos años era absurdo pensar en una veintena de amistades, evidentemente no se trataba de una súbita explosión de amor entre las personas o que de pronto reimaginamos al prójimo como genuino amigo. Lo que ocurre es que el fenómeno Facebook comprobó tener tal injerencia cultural que incluso afectó semánticamente nuestra vida. Tal vez términos como “me gusta”, “amigo” o “compartir” no serán ya nunca los mismos, pero en caso de que esto se cumpla, entonces tal vez tengamos que replantear el significado de los mismos. A propósito de lo anterior el recientemente fallecido (fallecido 13 de abril de 2015), Nobel de literatura, Günter Grass, cuando fue cuestionado por sus juicios sobre Facebook durante una entrevista en 2013, comentó que él simplemente advertía a sus nietos: “Alguien que tiene 500 amigos en realidad no tiene amigos”. Grass, además de esta burla contra “el mundo según Facebook”, se caracterizó por ser un férreo crítico de las relaciones en línea y de la perpetua disponibilidad de las personas vía dispositivos móviles.  El problema  indica que sí lo hay es que demos a nuestra vida digital un valor sobrado. Nos referimos a qué tanto peso emocional o social le das tus “amigos” en Facebook, a las proyecciones que cada usuario vende en las redes sociales sobre sí mismo o sobre su vida (generalmente acompañadas de vistosas fotografías con escenarios alegres) y en general a los valores que promueven los estándares narrativos de estos canales. ¿Te hace más feliz acumular amigos? ¿Te entristece perder seguidores? ¿Tu vida te parece menos grata cuando constatas la virtual felicidad que florece en las fotos vacacionales del otro?  Independientemente de la respuesta a las preguntas anteriores, valdría la pena de vez en cuando recurrir al mantra espontáneo cortesía del Sr. Grass:”Alguien que tiene 500 amigos en realidad no tiene amigos”, y esto tal vez te ayude a redimensionar tu compromiso que das a tu vida virtual. El filósofo italiano Giorgio Agamben, en su inquietante ensayo titulado ¿Qué es un dispositivo?, yega a la conclusión de que hoy tenemos “el cuerpo social más dócil y temeroso que se haya dado jamás en la historia de la humanidad”. Esa docilidad y esa cobardía que Agamben percibe esta relacionada con los teléfonos móviles y con las tabletas a las que vive conectado el habitante común del siglo XXI. Pero estos aparatos electrónicos, que son el punto en el que termina el ensayo, no son más que la evolución de los dispositivos que han modelado el comportamiento y los destinos de la humanidad desde hace siglos. ¿Qué es un dispositivo? Agamben echa mano de las ideas de Michel Foucault, de Jean Hyppolite y de Hegel para establecer que el dispositivo es eso que tiene “la capacidad de capturar, orientar, determinar, interceptar, modelar, controlar y asegurar los gestos, las conductas, las opiniones y los discursos de los seres vivientes”, y esto incluye no solo las instituciones como la escuela, las fábricas, la religión, la constitución y el manicomio. También son dispositivos “la pluma, la escritura, la literatura, la filosofía, la agricultura, el cigarrillo, la navegación, los ordenadores, los teléfonos celulares y por qué no el lenguaje mismo, que quizás es el más antiguo de los dispositivos”. En suma, Agamben divide al mundo en dos grandes clases: los seres vivientes y los dispositivos, que forman una intricada red que, inevitablemente, nos condiciona, nos hace pensar, reaccionar y conducirnos de una manera determinada, aun cuando nosotros estemos muy persuadidos de nuestra singularidad. El filósofo italiano termina su ensayo precisamente en cuanto aparecen el smartphone y la tableta, que han venido a revolucionar, y a centuplicar de manera masiva, esos dispositivos que nos han acompañado desde el principio de los tiempos, pues ninguno de estos, ni las industrias ni los manicomios ni el cigarrillo ni la agricultura, han sido tan invasivos, ni han gozado de tanta impunidad como las tabletas y los teléfonos móviles, que son también, a su vez, conectores, y que irrumpen absolutamente todas las esferas que conforman la vida cotidiana de un individuo. Además, a diferencia de aquellos dispositivos altamente violentos como la religión, o las dictaduras, o el hedonismo que banaliza, en su permanente y muy íntimo dialogo con el usuario de la tableta o el teléfono. Y no hay que dejar de lado otra diferencia con los mecanismos invasivos, la de que el usuario tiene en alta estima a su aparato electrónico, lo yeva a todos lados, no puede vivir sin él, lo ama y le preocupa que envejezca y caiga en desuso, le inquieta no estar al día, le angustia que su módulo no sea ventana suficiente para mirar, e inundarse, de todos esos millones de puntos de conexión que son las páginas Web, las redes sociales, las aplicaciones que sistematizan y propagan los millones y millones de puntos de enlace que están ahí pulsando, a un solo clic de distancia, listos para que el interesado ávido los consuma, los digiera y, a la postre, se deje satisfacer por estos. Antes de los teléfonos móviles, y de los ordenadores, el individuo gobernaba mejor su relación con los dispositivos, tenía espacio para reflexionar, la información se administraba con una velocidad de escala humana; hoy la escala es la velocidad de la luz y en ese coctel, y esto nos da una idea de la nueva jerarquía que establece el siglo XXI. En el siglo XX, la tele y la música eran dos grandes pretextos para convivir con el otro. Tiene razón Giorgio Agamben cuando dice que nunca en la historia de la humanidad la sociedad ha sido tan dócil y tan cobarde, quizá porque jamás habíamos consumido tantos mecanismos, estamos permanente distraídos, con la atención puesta en demasiadas cosas simultáneamente y eso nos hace vulnerables, hemos abierto demasiadas puertas y la atención que requiere atenderlas a todas nos va condenando poco a poco y convirtiéndonos en individuos que se bastan a sí mismos, que pueden prescindir, cada vez con más confort, de la vida en comunidad. Los teléfonos y las tabletas, además de sus múltiples virtudes, también han conseguido atomizar a la sociedad y quizá por esto, porque estamos cada vez más solos somos hoy más dóciles y más cobardes. Y en esa rotunda soledad a la que nos invita la tableta, estamos expuestos permanentemente al arenga oficial de este milenio, que es el de la preocupación de los Estados por la salud de sus ciudadanos, y la ansiedad de las familias por la salud de sus individuos; vivimos bombardeados por millones de terminales que nos hacen ver, con una insistencia francamente sospechosa, lo perjudicial que puede ser fumar, beber alcohol, consumir grasas saturadas, no hacer ejercicio; una batería de mecanismos del miedo al envenenamiento corporal, a la decadencia física, al peligro, que atemorizan al individuo y que, seguramente, tiene que ver con eso de que somos el grupo humano más resignado y más temeroso que ha producido la humanidad. Antes del ordenador, la información se administraba a velocidad de escala humana, observemos, desde nuestra individualidad elemental, lo que ya ha pasado, en este siglo que apenas comienza, con el acto de sentarse a mirar la televisión, que en el siglo XX sustituyó al acto colectivo de sentarse alrededor del fuego; el televisor estaba en el salón y la casa giraba entorno a él, como también pasaba con el tocadiscos: la tele y la música eran dos grandes pretextos para convivir con el otro. Hoy este paisaje doméstico ha sido suprimido, se ha fragmentado, cada individuo mira lo que quiere en su tableta, en su habitación y en solitario y, el aparato de televisión, que se parece cada vez más a un monitor de ordenador, o a una pantalla de cine, subsiste gracias a las películas y a los partidos de fútbol, los dos espectáculos que son capaces, todavía, de reunir a un conjunto de personas que atiendan a una sola oferta. Desde luego que la tableta tiene formidables ventajas sobre la televisión, no está sujeta a un horario, se puede hacer una pausa o repetir una escena,  ver producciones de todo el mundo y evitarse la publicidad; pero estas rotundas ventajas solo lo serán de verdad si somos conscientes de lo que esa misma tableta nos ha arrebatado. La imagen que ilustra de verdad la atomización que producen estos aparatos electrónicos, es la del individuo que escucha música enchufado a unos audífonos. La calle está yena de gente que los yeva, cada vez más vistosos, y que con frecuencia van cantando la balada que solo ellos escuchan; van atendiendo en parte los incidentes del camino y diciéndole desde su interioridad plena a los que se topan con ellos, el mensaje que pretendo enganchar desde que inicie estos trazos: “aquí voy, en medio de la multitud, completamente solo”. Pensemos en lo que era escuchar música en el siglo XX, era el acto colectivo por excelencia, se ponía un disco que oían los demás y la acción melódica forjaba una tertulia, un intercambio de ideas, una armonía, cosa que todavía puede hacerse hoy pero que comienza a caer en inutilidad, porque lo de hoy es lo esencial, la persona solo con sus vistosos audífonos. Y como perfección de esta nueva propensión, también la música se ha desmenuzado, ya nadie escucha un disco completo, la música se vende por canciones, a pedazos. Pensando desde la alucinación, parece que alguien se ha puesto a utilizar aquella vieja de fragmenta y rendirás, y tendrás una multitud de individuos solitarios, resignados y temerosos. Herramienta para acercar a las personas que la vida había distanciado, para apoyar causas en común o para “conocer mejor” los gustos de otros relativamente cercanos a nosotros. Nota final: Stephens Dadidiwitz, ha investigado las diferencia entre nuestras opiniones

y nuestro intereses registrados en las búsquedas en (Google) en su seminal texto El libro de Seth Setphens-Davidowitz, estudió filosofía en Standford y se doctoró en economía en Harvard. Ha trabajado como analista de datos en Google y es un habitual colaborador en The New York Times. Y el año pasado, a partir precisamente de una investigación de cinco años con grandes volúmenes de datos, publicó este libro donde sostiene la idea de que mentimos sobre nuestros pensamientos ocultos, nuestros deseos o cualquier otro tema. Intitulado “Todo el mundo miente. Lo que Internet y el Big data pueden decirnos sobre nosotros mismos”, Capitán Swing (2019) (287 pp.), traducido por Martín Schifino, Manuel López Zafra, también en una investigación señala “que en un mundo donde todos los días a todas horas, los votantes dejan un rastro digital, triunfara quien sea capaz de identificar el comportamiento de cada segmento de votantes”, (sobre el tema volveremos en una nueva entrega).

pedrorafaelgarciamolina@yahoo.com

 

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