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Pedro Almodóvar: ‘Dolor y gloria’; El primer deseo

 

¿Es Dolor y gloria una película basada en mi vida? No, y sí, absolutamente. Todas mis películas me representan. Es cierto que esta me representa más, pero desde el momento en que empiezo a escribir sobre una base conocida —procedente de la realidad, de algo que he leído en el periódico, que me han contado, de lo que he sido testigo o simplemente un episodio de mi propia vivencia— la historia empieza a encontrar su verdadero camino (cinematográfico, en este caso) para convertirse en ficción. El resto del trabajo lo hago guiado e impulsado por la imaginación. Y la imaginación no se preocupa tanto de la verdad como de la verosimilitud, y de que el resultado sea entretenido y emocionante.

La historia de Dolor y gloria muestra a un hombre a sus 60 años, varado en el sofá de su casa por una depresión provocada por diversas causas: la edad (formado en los ochenta, está acostumbrado a vivir siempre juvenil y explosivamente), una severa operación de espalda que le provoca múltiples dolores y le impide moverse como antes, la sensación de que su pésima forma física le impedirá volver a rodar una película y el aislamiento al que él mismo se ha condenado (si dejas de contestar al teléfono y de llamar, en dos años se olvidan de ti).

En esta soledad sin horizontes al personaje le sobra tiempo. Y el tiempo libre es como un desierto en el que se desorienta. De modo natural, la soledad y el silencio le traen como un viento fresco retazos de su infancia. Nunca había tenido tiempo para recordar. No es un personaje al que le guste mirar atrás, siempre vivió en el futuro, en las historias que escribía y rodaba, y toda su vida pendía de esa excitación de la escritura y de la gran aventura de los rodajes.

Salvador Mallo, así se llama, recuerda su infancia y los últimos meses de la vida de su madre, a la que cuidó y que le dejó un recuerdo amargo. En las relaciones materno-filiales siempre hay silencios, es un modo de respetarse mutuamente y evitar problemas.

No es que me moleste que la película se vea como una autoficción, y me parece halagador cuando dicen que hay un momento en el que Antonio Banderas, que encarna a Mallo, desaparece y me ven a mí. Me impresiona porque Antonio en ningún momento intentó imitarme, aunque tenga mi pelo, mi casa, mis colores…

La autoficción en literatura es un género respetado con verdaderos hitos: De vidas ajenas, de Emmanuel Carrère; El año del pensamiento mágico, de Joan Didion, o el libro del hijo de Juan Giralt sobre su padre (Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente). Todos son grandes crónicas sobre el dolor y la pérdida. La literatura que viene de la realidad, del yo, es un género que ya tiene muchos años, si pienso en A sangre fría, de Capote, o en Tom Wolfe. En cine tiene una tradición más reducida y me temo que está peor visto o se presta a una apreciación ambigua.

Dolor y gloria no es autoficción, pero es cierto que la película parte de mí mismo. No habría guion si no hubiera sido operado de la espalda y vivido el largo posoperatorio y la inmovilidad que vino después, así como el cambio radical que experimentan los músculos para compensar la “fijación” de la mitad lumbar. Pero no quiero hablar de ello, no soy una víctima ni quiero que se me vea así. Hay enfermos reales que están infinitamente peor que yo; por respeto a ellos no soy quién para hablar del dolor. Salvador está peor que yo, pero tampoco quiero que se queje, los problemas del personaje van por otro lado.

En cuanto a mis relaciones con los demás, Dolor y gloria no es una película en clave en la que buscar quién se esconde detrás de los personajes. Por supuesto que he partido de sentimientos propios reales, pero me han servido para escribir la primera línea. El resto es inventado, imaginado, impulsado por la fuerza de la ficción.

Todo en mi cine es representación, siempre he huido del naturalismo, no pretendo que mis películas parezcan reales. Pero sí pretendo que el espectador se reconozca en ellas. No busco que en las escenas con Julieta Serrano piense si yo tuve problemas con mi madre, sino que se vea a sí mismo frente a su propia madre, que admire la ejecución delicada e intensa de la actriz y se emocione con la interpretación de Antonio Banderas cuando la mira y escucha. Que cuando hable de mis amores truncados piense en sí mismo, en su relación con el deseo, correspondido o no, y en la importancia de haber amado, no importa cómo le haya ido, porque lo importante es amar.

Soy muy pudoroso en la vida real, pero mi pudor desaparece cuando escribo y dirijo, en esos momentos estoy desnudo y me siento totalmente libre. Por supuesto, la película habla del cine y de la importancia del cine en mi vida. Podría decir que el cine es mi vida o que mi vida es el cine. La auténtica droga de la película es el cine, no la heroína, la verdadera dependencia de Salvador es la de seguir haciendo películas, el cine le ha vampirizado por completo.

Hay una vaga similitud, de la que no era consciente cuando rodaba, entre Dolor y gloria y Arrebato, de mi amigo Iván Zulueta. Los protagonistas de ambas son directores, bastante aislados y con una precaria relación con la realidad. Ambos consumen heroína, pero de modo muy distinto: José Sirgado es en Arrebato un consumado yonqui de unos 35 años, Salvador Mallo empieza a tomarla a los 60 como analgésico para sus dolores de espalda.

Sirgado descubre que cuando se filma a sí mismo en super 8, siempre bajo los efectos de la heroína, la cámara arrebata su imagen durante unos cuantos fotogramas (su imagen desaparece y el fotograma se vuelve rojo oscuro). Esa ausencia de su imagen le intriga, le atrae y le obsesiona. En las posteriores filmaciones, la cámara le fagocita durante más fotogramas, el rojo dura cada vez más, lo mismo que su ausencia. El rojo de la imagen arrebatada es un oscuro misterio, probablemente la advertencia de un final o la transición a otro estado de naturaleza desconocida. Huida, entrega e inmolación. Sirgado decide dejarse arrebatar para no volver a su vida material nunca más. La cámara y la droga le absorben hasta engullirlo para siempre.

En Dolor y gloria la heroína tiene la función opuesta; cuando Salvador la toma abre la puerta a un lugar luminoso donde su madre canta mientras lava la ropa, llega con su familia a un pueblo pintado de blanco con chimeneas a ras de suelo y un torreón legendario, un lugar mítico.

El gran problema de Mallo es que a causa de sus dolencias cree que no volverá a rodar, trabajo muy físico para el que no se ve en condiciones. Y sin un rodaje a la vista su vida carece de sentido. Pero hay algo más: en su estado depresivo no dispone de ninguna historia que contar. Solo podría hablar de sí mismo, y en sus circunstancias eso le repele (a mí no, por eso soy yo quien cuenta su historia).

Cuando Salvador encuentra en una galería de segunda una acuarela —el retrato que un joven albañil le hizo en la cueva de su infancia— recuerda vívidamente 50 años después la pulsión del primer deseo. Y vuelve a sentir que esa historia debería ser narrada. (Esta es la historia que Salvador cuenta, no yo, la que lleva por nombre El primer deseo). Es un sentimiento apasionado y vertiginoso, el mismo que yo he sentido antes de cada una de mis 21 películas. Y esa necesidad imperiosa de narrar El primer deseo le salva la vida.

 

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