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Alberto Barrera Tyszka: En defensa del odio

 

Creo que alguna vez conté esta historia pero, ahora, igual viene al caso. Ni modo. La memoria vive de repetir los recuerdos. Mi hija Camila tenía cinco años y estaba en kinder o preparatoria. Un miércoles, cuando la fui a buscar, salió de la escuela con una mueca de tristeza y de seriedad en la cara. Le pregunté qué había pasado y, con gran naturalidad, me respondió: “creo la maestra me odia”. Yo me  preocupé y comencé a tratar de indagar si había ocurrido algo en concreto, por qué decía eso. Camila me relató una versión de su jornada escolar donde la maestra siempre la regañaba, la criticaba delante de todos, la castigaba sin motivo…Yo continué preguntado, de forma cada vez más incisiva. Cuando Camila comenzó a sentir que mi angustia iba en aumento, se detuvo y, nuevamente, con naturalidad, como deseando darme calma,  me dijo: “tranquilo, papá. Ella me odia. Pero yo la odio más”.  Esa fue una de las primeras enseñanzas que me ha dado mi hija en su vida.

Recordé la escena apenas vi a Tania Díaz, en representación de la ANC, junto a Tarek Williams Saab, entregándole al fiscal un “exhorto que exige a las autoridades el cumplimiento de la ley contra el odio”.  Se trata, por supuesto, de una maniobra más para censurar y reprimir a todo aquel que pretenda cuestionar lo que ocurre. La diputada mostró varios ejemplos de mensajes que promueven la violencia y afirmó que sus autores “intentan sembrar la semilla de odio en el pueblo venezolano”.  “Somos una nación en la que todos caben”, sentenció. Con impasible desparpajo. El oficialismo habla como si en esta historia todos fuéramos nuevos. Como si apenas ayer hubiera empezado el país. Su discurso siempre parece un involuntario homenaje a  Eugène Ioneso. Los funcionarios del régimen han hecho de la vida pública un interminable ensayo del peor teatro del absurdo.

Obviamente es cierto que la comunicación pública requiere responsabilidad. Con las redes sociales, a veces, pasa lo mismo que con el alcohol. Así como hay gente que tiene “mala bebida”, que de pronto con unos tragos de más se pone belicosa e impertinente, también hay quienes tienen “mal twitter”, quienes ante el teclado y la pantalla sufren una repentina transformación y escriben sin filtros, desahogando todo lo que cruje en su interior. Pero eso aplica de manera cabal, y a veces con mucha más precisión, para los nuevos sacerdotes de esta inquisición. Bastaría, por ejemplo, mencionar que Tania Díaz, en comparsa con Alberto Nolia, pasó un buen tiempo repartiendo pacíficas sornas y cinismos en un programa de VTV que llevaba el beatífico nombre de “Dando y dando”. O recordar los testimonios de las reporteras que fueron amenazadas, perseguidas y agredidas por Tarek Williams Saab, cuando era gobernador y no soportaba ningún tipo de periodismo independiente.

Como en tantos otros casos, el origen del problema no está en lo que se siente sino en lo que se hace con ese sentimiento. Pasa lo mismo con los deseos. Están ahí. Existen. Respiran debajo de los huesos. Nadie los puede cancelar. El odio también es parte de nuestra condición. Es tan humano como el cariño o la envidia. Como el hambre o las ganas de orinar.  El odio no es invariablemente una elección, no tiene por qué formar parte de una deliberada decesión por dedicarse al mal. Todo, por suerte, es mucho más complejo. También se odia por desesperación, por supervivencia, por indignación. También se puede odiar en defensar propia.

No nos pueden prohibir odiar la hipocrecia, odiar la desigualdad, odiar el abuso de poder. Ese odio que siente cualquier venezolano, que tiene el estómago apretado y la nevera vacía, al ver a Nicolás Maduro con su señora, engullendo felices un pedazo de carne en uno de los restaurantes más caros del mundo, ¿no es acaso un sentimiendo natural e ineludible? Se trata de la misma persona que, con todos sus kilos de más, asegura en la televisión inglesa que en Venezuela no hay hambre. Si estás desnutrido y lo escuchas: ¿qué sientes?

Hay un odio digno, un odio catártico, un odio inevitable, que nace del dolor y de la impotencia. Un odio que es una reacción lógica ante el odio institucionalizado por los poderosos. ¿Qué puede sentir una madre cuyo hijo, menor de edad, fue asesinado en un OLP?  ¿Qué puede sentir un ciudadano al ver las pruebas de vejaciones y torturas a los presos políticos? ¿Qué puede sentir cualquiera ante la muerte de un familiar o de un ser querido por falta de insumos médicos en un hospital? ¿ Qué puede sentir la mayoría de los venezolanos, condenada a la miseria por un grupo de privilegiados que ha saqueado las riquezas del país, secuestrado sus instituciones, e impuesto su propio orden por la fuerza?  Se puede sentir rabia, frustración, tristeza…pero también odio. Un jugoso, enorme y absolutamente legítimo odio.

El régimen no puede tener control sobre el lenguaje. Por el contrario, en la retórica oficialista las palabras se pudren cada vez más rápidamente. Hablan de paz mientras sus bandas armadas disparan contra cualquier manifestación popular. Hablan de justicia mientras se hacen ricos vendiéndole comida a los pobres.  Hablan de amor mientras niegan la crisis y tratan de silenciar los gritos de sus víctimas. Y encima…pretenden inhabilitar el odio. Es otro imposible. Es parte irremediable del cambio.  Y ninguna ley puede detener a una mayoría empeñada en odiar la opresión, la injusticia y la impunidad.

 

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