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Héctor Silva Michelena: Después de la sombra

 

Vivo después de mi sombra. Ocurrió no hace mucho tiempo, eso que no se cuenta de la misma manera. Yo me había confundido con la noche húmeda y fría. Me había deslavado de tal manera que mi piel, muy fina, llegó a ser de celofán. Creía, y no me faltaban razones, que era necesario pronunciar algunos sonidos, o frases, antes de musitar la palabra irrevocable. Y larga como es el adiós. Estoy aquí de nuevo, y tengo poco que agregar. Dije que la vida me había dado poco, y que no hablaba de la isla del tesoro, o del escarabajo de oro. Hablaba de la vida feliz. De ese pequeño tratado del obispo de Hipona, donde indaga en qué consiste la felicidad del hombre lo que equivale a preguntarse por la realización del ser humano.

Mi cristalina amiga, la poeta Mery Sananes, me preguntó: ¿cuándo se ha sido feliz en esta vida? Yo acababa de decir mi largo adiós, antes de que anocheciera. Sus hálitos, los de sus ojos, fueron tan bellos, que apenas pude responder con unas bandadas de guacamayas, y las hojas enlunadas de unos árboles funámbulos. No recogí el adiós, pero me repuse, aunque no del todo. Quisiera en esta hora en que mi corazón da golpes a esa puerta, sentir y soñar como aquel demente, ese cuyos ojos eran diamantes de oscuras luces, pupila Cristo el ojo. Y escucharlo decir que la poesía es el espejo que revela la parte invisible del mundo. Captar lo invisible, hacer ver lo invisible, son operaciones mágicas. El mago es el poeta.

Veo la cinta de llegada, hay un gran juez: la memoria. Un delirio misterioso, como el universo; un delirio en el que se confunden lo real y lo irreal, lo visible y lo invisible, la vigilia y el sueño. La unidad del misterio, aquellos vasos comunicantes del surrealismo. La visión exterior simultánea a la visión interior. Y así aprender que la enfermedad es nuestra segunda naturaleza. Toda vida es un proceso de demolición, pero los trágicos golpes que lo van produciendo no nos derrumban de inmediato. ¿Debo agradecerlo? No sé, lo pienso. Sé que es la aniquilación, la iluminación en el fulgor de la noche.

Noche de cansancio y desesperación porque nadie me enseñó a salir de esta ciénaga en que me revuelco. Malo y deplorable, un mero apretarse el cinturón, un fruncir el labio inferior, porque de ese labio cuelga la palabra que no quiero decir, pero que es la palabra irrevocable. Cada ser humano tiene una visión súbita de la muerte. Es el efecto de la demolición lenta, como las gotas de la clepsidra. Caen, caen los duros años; pasan, pasan, pasan las aves del paraíso; las nubes pasan, pasan. La vida pasa.

¿Pasa la vida o pasa la estrella? Mi única estrella me hace guiños de oro, yo no pertenezco a ese cielo. La vida pasa y la estrella queda. Como el dolor de una lenta enfermedad, esa condición que nos lleva más allá de lo rutinario, la que nos envuelve de noche, la que nos asalta en la luz para taparnos los ojos. Ahora percibo que lo que más anhelaba en mi vida –un lazo entre la vigilia y el sueño– fue un deseo, una obsesión que, como demencia maníaca, triste, me llevó de la mano, con alegría, a una estepa donde caí víctima de una legión de enanos. Yo imaginaba mi vida como cultor de una huerta cuyos frutos me sostuvieran de pie. Un esqueleto vestido de plumas, las de esas aves que pasan, pasan, pasan con el salto suspendido de sus alas de aire.

Yo no soy otro. Yo soy lo que nunca quise, un hombre sin atributos. En estos cuartos oscuros, donde he visto crecer las horas que me oprimen, me aferro al recuerdo de la alegría perdida. Un eco de aquellos días salta entre las paredes, melancólicamente me hundí en mis tinieblas. Preparo el ascenso a las memorias del olvido. Llego a un ópalo gris, a todo mi sentimiento. La cabeza del lobo estepario.

Mi amigo el dolor late después de mi sombra. Mi túnica no se levanta sin arrancar la carne y sangrar; peces en cruz penden de sus hilos rojos. Escucho estas palabras: “es duro envejecer cuando no se aprovechó la vida”. ¿Quién detiene la caída de la última gota? Difícil amar, difícil vivir.

Fin

 

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