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Rafael del Naranco: Un largo regreso de Ítaca

 

El retorno de este éxodo a las raíces de nuestra identidad europea,  es tan lento como la vida misma cuando nos hemos desprendido del miedo a la muerte. Lo acaba de decir  la periodista y escritora Maruja Torres en su libro “Espérame en el cielo”, cuyo título arrastra un deje taciturno  semejante a un bolero de Antonio Machín. Dice la prosista: “La vida tiene sentido porque existe la muerte”.

En  su “Viaje al fin de la noche”, Louis-Ferdinand Céline, aún siendo un maravilloso satírico y prodigioso obsceno, afirma que viajar es muy útil al hacer trabajar la imaginación, sin olvidar en ello el ir de toda  plazoleta  o calle trascurriendo   de la vida a la muerte. En medio, decepciones y fatigas. Igualmente evocaciones subliminales.

Paul Auster abre su novela “Brooklyn Follies” con una frase corta que tras 310 páginas de prosa fluida,  se desdobla en la moraleja de una perspectiva: “Estaba buscando un sitio tranquilo para morir”.  No lo consiguió a cuenta de los  pasmosos actos humanos en esas calles de Brooklyn en las que trascurrió su niñez  telúrica.

Y es que la realidad tal como la conocemos  es una e indivisible: la subsistencia unida a    cada uno de sus alocados entretelones.

Ahora nos viene  a la remembranza de la memoria una quinta atestada de libros en la Alta Florida caraqueña,  saliendo a nuestro encuentro  un diálogo fluido con  Arturo Uslar Pietri. Tenía el maestro  entre sus máximas, en aquellas tardes apacibles bajo el porche de un jardín descuidado con cariño, un coherente concepto de la existencia que jamás he vuelto a escuchar con tanta percepción: “Uno no es joven ni viejo, amigo mío,  simplemente se vive”.

Los extranjeros de todas las islas  Ítaca del mundo no esperamos, al modo de Constantino  Kavafis,  la llegada de unos bárbaros para poder salvar  lo poco de libertad que aún nos pudiera quedar en las junturas  del alma. Nos atamos a los cementerios de la tierra  humedecida de evocaciones en la que hemos nacido.

No importan los honores conseguido allende nuestras fronteras. Añoramos el terruño hendido y  los atajos enredados de la infancia. Lo enunció María Teresa León, la esposa de Rafael Alberti ida en brumas de olvidos entre las paredes de un siquiátrico en la Sierra del Guadarrama, viendo a lo lejos las torres  de un   Madrid con olor a hojarasca seca: “Estoy cansada de no saber dónde morirme”.

Coincido con  la autora de “Memorias de la melancolía”: ésa es la mayor tristeza de un emigrado.

 

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