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Las trochas la alternativa ante cierre de los puentes internacionales

 

Una de las trochas es por el río Táchira, entre piedras pasan las personas.

Por el río Táchira y sus riveras no vale moverse erráticamente para el traslado de La Parada a San Antonio, es necesario ir bien encaminado por las llamadas “trochas”, y estar bajo el control y el requerimiento de quienes solapada o abiertamente ostentan dominio en la zona

Decenas de personas desde el día domingo han pasado de Venezuela a Colombia o al contrario por las llamadas trochas.

Llamar las trochas “tierra de nadie” resultaría inexacto; pero identificarle señorío a ese territorio, es algo que los “trocheros” (los que ayudan a moverse a la gente por esos lares y a cargar sus maletas y/o otros bultos), quieran convertir en materia de conversación. A ellos solo les interesa ganar la confianza de sus clientes, para que entiendan gracias a ellos llegarán a puerto seguro, en cuestión de varios minutos –de 5 a 20 dependiendo del largo de la trocha, o el flujo peatonal-, interminables cuando debes sortear matorrales y corrientes fluviales, en la expectativa de que alguien te pueda salir al paso para hacer inspección o cobrar peaje.

Esa presencia irregular ha llegado a su punto más álgido en esta semana cuando el gobierno venezolano decidió el cierre definitivo de los puentes internacionales, y la colocación de pesadas estructuras soldadas y reforzadas con tierra. Antes las trochas se habían convertido en la opción de quienes arribaban a Colombia sin la documentación debida, necesitaban transportar productos de contrabando, o por una u otra razón burlaban la vigilancia policial y de migración… pero ya hoy en día todos pasan, y si al principio eran menos los aventureros, poco a poco el flujo de los mismos se incrementó, pues siempre existirán las mil y un razones que urgen la salida del país, por unas hora o sin fecha de retorno definida.

Opción de riesgos

La intempestiva decisión del gobierno  de cerrar lo poco que permanecía abierto de frontera, hizo que muchos venezolanos que viajaron en Norte de Santander para asistir al concierto Live Aid Venezuela o participar en las labores de ingreso de la ayuda humanitaria a nuestro país, se hayan quedado varados por días, cuando el plan inicial simplemente era permanecer máximo dos días, lo que les ha conllevado un golpe fuerte a sus bolsillos, y caer presas de la incertidumbre. De igual manera, desde Colombia u otros países latinoamericanos, muchos venezolanos han venido de retorno para chocar con un obstáculo casi infranqueable.

La única opción que se les vislumbraba de primera mano –por no decir la única- eran las trochas.  Y cuando más meditaban en ella, mas tenían que escuchar las voces agoreras de los cucuteños que indicaban múltiples peligros –no absolutamente falsos- y también indicaban factibles e insólitas rutas, incluso fluviales por Puerto Santander. Ureña por sus fuertes enfrentamientos internos entre manifestantes y la Guardia Nacional, no se convertía en la mejor, por lo que La Parada ha sido el destino obligado, sin, una vez allí, saber a lo que enfrentarán en adelante.

Desde el lunes es visible el malestar entre comerciantes, bodegueros, dueños de venta de comida y bebida,  y entre quienes se dedican a una variedad casi infinita de oficios como comprar cabello, “Canaimas”, o material reciclable; hacer transacciones con moneda extranjera, y el buhonerismo en general.

El confundido viajero puede optar por aquello de “por donde va Vicente va la gente”, o sencillamente ponerse en manos de los trocheros quien van pregonado “San Antonio, San Antonio”, o van a modo de guasa, “uno para San Antonio”, como si estuvieran ofreciendo puestos en una unidad autobusera.

En total se calcula que unas 300 personas en estos momentos están involucradas en esa actividad y que en cada una de las alrededor de 7 trochas en ese luchar operan determinados trocheros. Dependiendo del peso y la cantidad de equipaje los precios por el servicio pueden oscilar entre 30 mil y 15 mil pesos, comprometiéndose a pagar el peaje que por el camino se exija. Quien quiera ir por su cuenta y riesgo, y no son pocos pues aprovechan a mezclarse dentro de un río humano que a ratos, debido a lo estrecho del camino, se detiene, podría ser motivo de desconfianza para los merodeadores.

Como nos comentó uno de los trocheros, la gran mayoría de ellos son venezolanos, de diversas partes del país, y han caído en esa localidad fronteriza, y han optado por ese singular, porque en Venezuela los sueldos que ganaban no les alcanzaban para nada, y tienen el compromiso de bocas por alimentar. Ellos decían que incluso lo que obtenían en pesos no solo superaba en un día lo que se podían ganar en meses en Venezuela, sino que rendía más en Colombia. Uno de ellos estaba feliz por haberse topado con la oferta de unas cuatro manzanas por dos mil pesos, ya que el podría comer una y llevarle el resto a su familia. En sus cuerpos se evidencia el desmedro de la desnutrición, y aún así gozaban con la fortaleza necesaria para echarse varios kilos encima de sus hombros. Sus ojos cobraban un brillo vidrioso cuando hablaban de su país, y de las ganas de retornar a él, aunque esta posibilidad todavía la consideraban lejana, por la ruptura irreconciliable entre los gobiernos de los dos países.

Con el corazón en la boca

Una vez se ha puesto en manos del trochero, o en manos de la Divina Providencia, lo que queda es bordear por oriente o por oeste La Parada hasta sus límites, confiando en que no te hagan una mala jugada, una acción riesgosa para cualquier osado bandido, que se expone a una ley inexorable sentencia sin concesiones, y cuyas condenas son la expulsión o la muerte. Fuera de los límites urbanos –algunos de los cuales se traspasan a través de los solares de muchas casas- se ingresa a la franja inhóspita, a ratos un salvaje pastizal sobre pequeñas ondulaciones de tierra sobre las que se levanta el polvo al paso de la muchedumbre;  a ratos el Río Táchira o una pequeña laguna, que se atraviesan gracias a las formaciones rocosas  naturales, o artificiales con piedras y sacos rellenos dispuestos en hilera. Muy cerca del puente Francisco de Paula Santander, un grupo del Ejército Colombiano ejerce vigilancia; pero prefiere no ingresar monte adentro, y al perdérselos de vista ya sencillamente la romería salta a la jurisdicción de un inquietante limbo.  Del monte pueden emerger personajes que a nadie se preocupa de detallarlos, ni preguntarles nada, simplemente se les obedece a sus indicaciones para poder continuar sin problemas. Si a alguien se le ocurre sacar su celular para tomar fotos o hacer llamadas cometen un grave error, que les va a costar sus equipos. Las requisas se tratan de hacer lo más rápido posible, y la orden principal es la rápida circulación. Ya cuando se está a punto de respirar tranquilo en la zona urbana de San Antonio con tan solo cruzar un muro, puede que se dé una última inspección en la que ni los enseres personales, ni los mercados familiares interesan.

Y aun cuando el peligro acecha a cada metro de las trochas, la gente no va a dejar de cruzarlos, y lo más probable es los que serán sus consuetudinarios transeúntes, en un número cada día más elevado, consideren lo que ahí pasa algo normal, y como todo en nuestro país será cuestión de “irse acostumbrando”

La Nación del Táchira / Freddy Omar Durán

 

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