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Rafael Simón Jiménez: La descomposición que antecede al colapso

 

El régimen de Nicolás Maduro, vive sus últimos tiempos. Los signos de decrepitud, pudrición y descomposición que antecede al colapso son evidentes. La  incapacidad del gobierno para atender los problemas básicos de la nación delata su inviabilidad. Las deserciones cada vez más numerosas dentro de sus filas son la clara señal que aun  dentro de su propio círculo de allegados la sensación de que el barco “naufraga “estimula el espíritu de conservación. Nada fuera de la palabrería de quienes saben que no tienen ningún futuro, abona a la idea de que el maltrecho poder pueda sostenerse.

Los sistemas políticos, particularmente los autoritarios y dictatoriales, suelen experimentar  su ciclo “biológico “. Su llegada al poder esta generalmente precedida del fracaso de un modelo democrático incapaz de satisfacer necesidades y expectativas colectivas, lo que hace que el pueblo frustrado y descontento fije la mirada en el mensaje altisonante, vengador y patibulario del líder populista y lo acompañe a “pie juntillas”: luego viene el periodo de las ilusiones fallidas cuyo alargamiento depende de los recursos con que cuente el sátrapa para dispensar dadivas y favores y de esa manera diferir el descontento. Al final sobreviene el caos, pues una mescla de incompetencias, anacronismos y pillaje incontenidos, generan la quiebra económica y el desbarrancamiento social, produciendo una reacción masiva de la población a favor de un cambio político que al final sepulta cualquier intento represivo que pretenda prolongar al régimen sobre la base de la violencia y el miedo.

Ese proceso indefectible que ha marcado el fin de todos los autoritarismos, unos antes y otros después, es lo que hoy se visualiza con claridad en el horizonte político venezolano, donde una población sometida a padecimientos inenarrables, acosados por la calamidad y el hambre, se decide a incorporarse a un sentimiento y un reclamo de cambio que se hace incontenible, donde los aparatos militares o paramilitares ya no son suficientes para infundir miedo , ni para disuadir o confrontar las protestas y movilizaciones ciudadanas. La caída de la ex Unión Soviética, con todo su poderío militar, es quizás la demostración más palpable, de que ningún aparato de violencia puede contener ese deseo mayoritario de democracia, justicia y libertad.

En la realidad Venezolana, la prolongación del malhadado modelo “chavista “ha obedecido a un conjunto de factores internos y externos que han alargado una situación insoportable y absurda. El férreo control de las instituciones del estado, la politización de las Fuerzas Armadas, la grosera y descarada presencia cubana en todos los aspectos claves del estado, el control social a través de un modelo de dispensas y limosnas, y porque no decirlo la recurrencia de los errores de las fuerzas y liderazgos opositores, neutralizados en su efectividad para combatir  al régimen al anteponer ambiciones, protagonismos y rivalidades, han permitido que por dos décadas los venezolanos tengamos que soportar esta mezcla de subyugación política y depredación social que entre otros efectos perversos ha hecho emigrar a mas de tres millones de venezolanos acosados por la extrema necesidad y el deseo de sobrevivencia.

Ahora el madurísimo, excrecencia del Chavismo, asiste a su tiempo final, al cumplimiento de su ciclo biológico, a su senectud y decrepitud, cuyo contexto es la peor crisis social y humanitaria jamás vivida por la Republica, y la implosión moral, institucional y política del modelo instaurado hace dos décadas.  Carente de apoyo popular y sostenido sobre el frágil y huidizo apoyo de las bayonetas, el régimen se muestra patético en su agonía, y solo la cúpula purulenta que ocupa las posiciones claves de poder se niega a entender esa realidad, pretendiendo prolongar su estadía en Miraflores sobre una mayor destrucción humana, moral y material a la ya causada.

 

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