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Rafael Fauquié: Sobre las buenas intenciones de algunos europeos

 

¿Por qué resulta a muchos europeos tan difícil entender contextos sociales diferentes a los suyos? Su miopía es francamente grotesca al referirse a nuestra América Latina, por ejemplo. Hace ya bastantes años, el escritor venezolano Carlos Rangel describió perfectamente esta miopía en su libro Del buen salvaje al buen revolucionario. En él estableció hondas analogías entre el viejo mito, inaugurado por Miguel de Montaigne en sus Ensayos, sobre los “buenos” salvajes habitantes de un nuevo mundo anunciado y descrito en las cartas del almirante Cristóbal Colón, y el curioso mito propagado hasta el cansancio por cierta intelligentsia  europea devota de la fotografía de un Che Guevara contemplando extático el infinito. Hoy día, descendientes de ese grupo, o, incluso algunos de ellos mismos, ya notoriamente envejecidos, pretenden seguir dándonos lecciones políticas a los latinoamericanos. Más concretamente a los venezolanos que estamos viviendo y padeciendo la crispada situación por la que atraviesa nuestro país.

Esos europeos siempre dispuestos a la “salvación” de una humanidad colocada a lo lejos, braman y gimen por Chávez y su estragado “socialismo del siglo XXI”, causante de la peor tragedia humana conocida por mi país, Venezuela desde el tiempo de su independencia. A sus muy delicados oídos y a su muy fina sensibilidad parecieran horrorizar diversas cosas: por ejemplo, que un joven diputado ose -al “autoproclamarse” luchador por la libertad de su país- enfrentar valientemente las atrocidades de un gobernante espurio, o que casi el noventa por ciento de Venezuela clame por justicia y por libertad, o que una simple nación latinoamericana pretenda recuperar su democracia.

Ciertos “buenos” y “progresistas” europeos deberían revisar un poco su historia antes de opinar sobre el porvenir de pueblos que luchan por horizontes que los mismos europeos alcanzaron solo tras dos trágicas conflagraciones culpables de la desolación de media humanidad. No necesitamos los latinoamericanos -en este caso los venezolanos- los consejos de una ideologizada “sabiduría” eurocéntrica convencida de que sus razones forzosamente han de servir como recetarios a pueblos muy alejados de sus fronteras.

Y, a manera de post scriptum: cuando un gobierno tiránico aniquila a un pueblo que lo rechaza, cuando ese gobierno justifica su permanencia en función a un destino político que solo él y unos cuantos prosélitos comprados entienden, no existe ni existirá jamás ideología u ornamento ideológico alguno capaz de justificar la inhumanidad de unos pocos sojuzgando a casi todos.

 

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