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Benigno Alarcón: El Dilema Militar

 

Después de nuestra última carta del pasado 24 de diciembre nos hemos tomado un tiempo inusualmente largo antes de volver a escribir para tratar de comprender, y mejor explicar, qué está pasando hoy y qué puede ocurrir en las próximas semanas.

Cerrábamos aquel artículo prediciendo la dificultad para hacer predicciones, al decir que “el futuro no está escrito y no puede predecirse. Si el futuro estuviese escrito y pudiéramos predecirlo no tendríamos que diseñar escenarios, solo tendríamos que adaptarnos a lo que será inevitable. Cuál escenario se materializará no depende de las probabilidades que le asignemos sino de lo que seamos o no capaces de hacer.”

Y es así que, aunque apenas en diciembre decíamos que el escenario de una posible transición lucía como el menos probable de los cuatro presentados, la confluencia de una serie de factores entre el 5 de enero y el día de hoy –juramentación de un nuevo presidente de la Asamblea Nacional dispuesto a jugárselas, juramentación de Maduro pese al desconocimiento de la validez de su elección presidencial de parte de la comunidad nacional e internacional democrática, juramentación del presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, como Presidente interino, y su reconocimiento por dos tercios de las democracias del mundo– tuvieron como resultado el despertar de unas fuerzas democráticas que esperaban por un liderazgo y una oportunidad para retomar la lucha por el cambio.

Como decíamos en esa oportunidad, el escenario de transición “aumentaría dramáticamente sus probabilidades si se rompe con la actual inercia y se logra definir un liderazgo democrático que cuente con el apoyo de la mayoría del país para dirigir una transición política…y sea capaz de ejecutar una estrategia que combine de manera inteligente conflicto y negociación, y haga más atractivo para quienes sostienen al régimen una salida negociada que la continuidad de un conflicto sin la certidumbre sobre su desenlace final”.

Hoy la Asamblea Nacional ha retomado la estrategia de la que hemos venido hablando desde hace años (El Desafío I, 2014), al tratar de reducir los costos de tolerancia a un cambio político mediante la aprobación de dos instrumentos jurídicos: la Ley Marco para la Transición y la Ley de Amnistía, y al aumentar los costos de represión mediante el planteamiento de un conflicto que hoy se expresa en una estrategia que combina movilizaciones masivas, la ayuda humanitaria, las sanciones y la amenaza militar internacional. Es así como se puede decir que la expresión “vamos bien” no es hueca de esperanza, sino fundamentada, aunque no por ello exenta de riesgos.

En la secuencia de este juego estratégico toca a la oposición ahora una de sus movidas más delicadas de cara al próximo sábado 23 de febrero. SelfieGuaido  Una que, si bien para muchos pretende ser un jaque mate, la verdad es que al menos será un jaque que obligará a cada parte a mostrar a lo que está dispuesta y en capacidad de hacer, para, a partir de allí, definir el resto del juego. El 23 de febrero es, porque así lo decidieron tanto el Gobierno como la oposición, un duelo en forma de juego de gallina, una situación suma-cero, en la que para que alguien gane el otro tiene necesariamente que perder.

Si la ayuda logra entrar el 23F, como es la intención de Juan Guaidó, éste habrá dado un paso muy importante para la consolidación de su liderazgo y el control efectivo del Gobierno, lo que anuncia la posibilidad de un jaque mate y una victoria temprana de la estrategia por él iniciada. Si la ayuda no logra entrar, como ha prometido Maduro, el régimen habrá demostrado que aún cuenta con la subordinación incondicional de los militares venezolanos. Si bien esta sería un jaque a favor de Maduro que alargaría los tiempos de una posible transición, sería una victoria pírrica en lo político, en el sentido de que se producirá sobre los cadáveres, no de los soldados sino de quienes dependen de ella para su sobrevivencia, lo que sigue aumentando su dependencia de lo militar porque, al margen de lo que pase el 23 de febrero, en lo político el régimen siempre pierde y su piso político no es ya recuperable.

Ganar el 23F depende, en buena medida, de cómo el sector Fuerza Armada y la Policía  respondan al dilema entre reprimir o no reprimir ante la entrada de la ayuda humanitaria. Depende de que las expectativas de conversión del aparato militar y policial en favor de la democracia se cumplan y se decida no reprimir, e incluso, impedir que otros lo hagan, lo que se convertiría en un acto de insubordinación institucional que, respondiendo a lo establecido en la Ley Marco de Transición con base en los artículos 333 y 350 de la Constitución, generaría un punto de no retorno que obligaría a quienes desobedecen a cerrar el círculo, ya que no se puede mantener en el poder a quien una vez se desobedeció sin el riesgo de sufrir graves consecuencias, como lo demuestran casos como el de los generales Baduel o Rodríguez Torres.

Pero para que ello suceda es necesario resolver el dilema de prisionero en el que se encuentra el sector militar, que pudiese estar inclinado a facilitar un cambio político. En este sentido, quienes se insubordinan deben tener expectativas de triunfo, bien porque existe la convicción de que una mayoría amplia de la Fuerza Armada los respaldará o bien porque ante un escenario de división y confrontación contarán con el apoyo necesario para estar del lado ganador.

Perder el 23 implica que la Fuerza Armada, ante la situación dilemática en que le ha colocado la cúpula del régimen entre permitir o no la entrada de ayuda humanitaria, decida reprimir o permitir que otros lo hagan, impidiendo la entrada de la ayuda humanitaria o confiscándola en suelo venezolano, como prueba de obediencia incondicional y la determinación de amarrar su suerte a la del Gobierno mismo. Obviamente, en este escenario, el dilema de prisionero opera a favor del régimen, bien porque existe la percepción de unidad de la Fuerza Armada en favor de su sostenimiento o porque se teme que en caso de división el sector institucional sea minoritario o no cuente con el respaldo necesario y suficiente para asegurar su victoria.

Tal desenlace colocaría un mayor peso del futuro de la democracia en Venezuela  sobre los hombros de la comunidad internacional y en especial de los Estados Unidos. Si bien la resolución de esta situación dilemática entre servir al régimen de Maduro o servir a la democracia tiene que ver en buena medida con lo ético –con lo que se considera o no una orden legítima– tiene además un componente más pragmático: la credibilidad que tenga la amenaza de una intervención militar internacional.

@benalarcon

 

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