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Antonio García Ponce: Pedro Estrada y sus dos caras: un sabueso y un galán

 

Pedro Estrada, el soporte policial de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, nació en Güiria, Estado Sucre, el 19 de noviembre de 1906. Fueron sus padres Pedro Estrada y Dolores Albornoz. El padre era de Caracas, hijo natural de un miembro de la familia Azpúrua, emparentado, por lo tanto, con las también distinguidas familias Ayala y Capriles entre otras, vínculo que corrobora Miguel Ángel Capriles, el fundador de la cadena del diario Últimas Noticias, al entregar un libro suyo a Estrada, exilado en París, con la siguiente dedicatoria: “A mi pariente, Pedro Estrada, con afecto, porque en Venezuela no hay odios que duren 10 años”.

La madre es nativa de la isla de Margarita. El matrimonio vivía en un ambiente modesto en Güiria, el padre dedicado al comercio, y ella ayudando al hogar mediante una quincalla que tenía en la casa. Muchos del lugar recuerdan los heladitos que ella hacía, al estilo muy hogareño de congelarlos dentro de una gaverita en el freezer de la nevera y venderlos por cubitos, a centavo o a locha.

El niño Pedro pasa su infancia en esa población en el golfo de Paria, entre la sombra de cocotales y la reverberación del puerto pesquero. Forma la clásica pandilla con los otros muchachos y va a ser casi hermano de leche de uno de ellos, convertido más tarde en acérrimo enemigo político suyo: Luis Piñerúa Ordaz.

Estudia hasta sexto grado, momento en que el padre lo manda a Trinidad a proseguir su enseñanza. Permanece en la isla británica varios años y aprende a la perfección el inglés, una herramienta que le va a servir de mucho en su futura carrera.

La vida apacible de Güiria es trastornada en 1929 al producirse la invasión de Román Delgado Chalbaud por Cumaná, con el respaldo de numerosos núcleos de la población en diversos puntos del estado Sucre. El mismo Pedro Estrada cuenta que el 11 de agosto de 1929 el jefe civil de Güiria, Luis Cabrera, detiene a su padre y a Bracho Barreto, acusados de estar comprometidos con la invasión, y son enviados presos a Cumaná.

En diciembre de 1935 llegan a Oriente los rumores acerca de la gravedad en Maracay del dictador. Pedro Estrada acaba de cumplir 29 años, mide más de 1,80 m de estatura, es atractivo, buenmozo y ha adquirido los modales de la courtesy británica. Pronto, va a recibir la llamada de un amigo, Antonio Sosa Ruiz:

―Vente a Maracay, aquí están sucediendo cosas extraordinarias.

Llega a la Ciudad Jardín. Ha muerto el tirano. Lo recibe Silvestre Medina, primo del coronel Isaías Medina Angarita. A poco recibe el nombramiento de jefe de la Policía, y obtiene el reconocimiento de sus superiores, y del propio presidente de la República, general Eleazar López Contreras, por su buen desempeño en momentos de turbulencia. Se ha montado en la cresta de una ola. De ahí en adelante, su estrella va a subir, subir…

Pronto, se casa. Es la primera vez. Su novia se llama Mercedes Mujica, perteneciente a una buena familia del estado Lara, que cuenta entre sus posesiones varios cañaverales y una empresa procesadora de azúcar. Con ella tendrá dos hijos: Lolita y Pedro.

Fuera del matrimonio, dicen que tuvo en aquellos años, o muy poco tiempo después, relaciones amorosas con varias mujeres que le dieron, al menos, dos hijos más: Rosa Tarazona y un varón de apellido Olmedilla, quien será alto ejecutivo petrolero. A este se refiere Leonardo Altuve Carrillo en su libro Yo fui embajador de Pérez Jiménez al escribir que en los años 50 Estrada se le acercó y le pidió un favor:

―Chivas [así llamaban, en confianza, a Altuve], te ando buscando para que me hagas un gran servicio… Se trata de que tengo un muchacho muy inteligente que se quiere hacer cura, ha estado estudiando con buenas notas, canta muy bien en el coro y parece que tiene mucha disposición para sermones… Pero salen esos curas con que no puede seguir en el Seminario, porque dizque es hijo natural.

Altuve cumplió y fue a hablar con el arzobispo Arias Blanco.

Pedro Estrada sigue perfilando su carrera política. El presidente López lo llama a Caracas, y lo nombra jefe de una novísima dependencia policial de la Gobernación, la Sección Político-Social, dedicada a la vigilancia, prevención y represión de las actividades comunistas y de la oposición de izquierda. Logra descubrir en 1939 el escondite de Rómulo Betancourt, prófugo de la justicia. Y en 1940 ejecuta la orden de arresto por 15 días del gomecista Pedro Manuel Arcaya.

Debido a los cambios de la situación política bajo el gobierno de Medina, pasa a ser director de la Cárcel Modelo, luego jefe civil de la parroquia Catedral y, al fin, queda cesante.

En octubre de 1945, es detenido y sale al exilio. Forma parte de unos preparativos para invadir Venezuela desde Nicaragua. Nada. Va a Brasil, nada. Cae el gobierno de Rómulo Gallegos en 1948. La Junta Militar lo nombra agregado especial en la Embajada venezolana en los Estados Unidos. Su cargo en Washington está orientado a todo lo que tenga que ver con el fortalecimiento de los regímenes militares en Latinoamérica.

Durante su residencia en los Estados Unidos sucede, de manera fortuita, su encuentro con Alicia Parés Urdaneta.

Alicia Parés es una joven señora caraqueña, nacida en 1930, hija de María Urdaneta Carrillo (prima hermana del muy conocido historiador y político José Antonio Giacopini Zárraga). Sus abuelos maternos son Guadalupe Carrillo Márquez (emparentada con Francisco y Tomás Enrique Carrillo Batalla), y Enrique Urdaneta Maya, secretario del dictador Juan Vicente Gómez desde 1917 hasta 1924, cuando un accidente cerebro-vascular lo sacó de la vida activa. El padre de Alicia es José Parés Espino, industrial, fundador, junto con Iván Darío Maldonado, de la empresa Leche Carabobo.

Alicia Parés estaba casada con un abogado, Alejandro Ibarra Casanova, descendiente del celebrado general Alejandro Ibarra (1848-1918), canciller, ministro de Guerra y Marina, parlamentario, presidente del estado Trujillo. El matrimonio Ibarra-Parés y sus dos hijas se han residenciado por un tiempo en Estados Unidos, a raíz de un lance personal en Caracas que ha tenido Alejandro.

El encuentro de Estrada con Alicia en Nueva York despierta una mutua simpatía. Hay nuevos encuentros, paseos, conversaciones entre varios venezolanos. De repente, Pedro Estrada es llamado de urgencia, en agosto de 1951, a Caracas para asumir la dirección de la Seguridad Nacional, pues ha sido destituido Jorge Maldonado Parilli a raíz de la fuga espectacular del preso Alberto Carnevali.

De inmediato y con su nuevo cargo, la figura de Estrada es encumbrada por su eficacia, que lo convierte en el sostén principal del régimen, a veces por encima del apoyo incondicional que le brindan las Fuerzas Armadas a Pérez Jiménez. Para sus enemigos es el más despiadado y sanguinario jefe policial que haya existido en Venezuela. Lo señalan como un sádico, que gustaba vestirse de frac para presenciar los interrogatorios a que eran sometidos sus oponentes en los sótanos policiales. Se dice que él mismo blandía instrumentos de tortura.

Hay que decir que el matrimonio Ibarra-Parés venía mal de antes, y ya en Caracas, deciden separarse. Pedro Estrada, que hacía apenas vida en común, o no la hacía, con su esposa Mercedes Mujica, y ahora perdidamente enamorado de Alicia Parés, pide el divorcio. Para Mercedes Mujica, tal paso es catastrófico: ella es católica devota y piensa en la gravísima consecuencia que acarrearía la disolución del matrimonio, pues al cielo no entran los divorciados. Pide consejo a sus amigos sacerdotes, y quizás a través de esta vía entra en escena, como abogado defensor de Mercedes Mujica, el muy conocido jurisconsulto y máximo dirigente del partido Copei, Rafael Caldera. A este también le atrae el asunto desde el punto de vista político. Por los momentos, el pleito de divorcio se estanca.

Otro hecho, en apariencia bastante casual, hace teñir de manera sombría la relación sentimental de Alicia con Estrada. Es que el marido de ella, Alejandro Ibarra Casanova, muere trágicamente en un accidente automovilístico. Una madrugada, conduciendo su vehículo a altísima velocidad, pasa Alejandro Ibarra por la avenida La Paz, en El Paraíso, y no llega a ver que el canal está obstruido por una enorme máquina aplanadora allí estacionada por causa de unos trabajos de reparación en la vía. No hay ninguna señal que advierta el peligro, la oscuridad es total, y el carro de Ibarra se estrella contra el enorme cilindro metálico del tractor.

Cosa lógica, el hecho provoca miles de rumores. La oposición clandestina acusa a Estrada de haber armado el escenario para el accidente para poder apañarse legalmente. Es cierto que Estrada ha pedido el divorcio a su esposa, pero, cuando menos lo esperaba, el abogado Rafael Caldera despliega todos los recursos del Código Civil buscando entorpecer hasta donde sea posible la demanda de separación.

Viuda Alicia, y Estrada en plan de divorcio, el noviazgo adquiere consagración social. Es cuando la imaginación boba rodea de un halo romántico los amores de una pareja tan destacada: ella, bellísima, elegante; él, poderoso, de notable empaque. Cuando Lolita, la hija de él y la Mujica, se casa con Rubén Gimón, acude Estrada con Alicia a la celebración del matrimonio en la casa de María Julia Mujica de Stolk, tía de la novia, en El Paraíso. Muchos recuerdan a Alicia, de traje negro ajustado, de la casa Balmain, sombrero de espectacular alón tipo pava, muy del brazo de su novio. Se le atribuye a un mozo del servicio la versión según la cual Pedro Estrada tuvo el gesto dieciochesco en la fiesta de verter dos perlas negras en la copa de champaña de Alicia, brindis feliz por su eterna felicidad.

A todas estas, un juez de apellido Petit sentencia en primera instancia a favor de Estrada en el juicio de divorcio. La señora Mujica apela. En segunda instancia, el juez Planchart Hernández confirma la sentencia. Entonces, Caldera anuncia que llevará el juicio en apelación a la Corte. Estrada, impaciente, trata de recurrir a un arreglo amistoso, a pesar de que –son sus palabras de excusa– “el doctor Caldera pedía muchísimo dinero”.

 

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