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Pedro R. García: A propósito del ineluctable naufragio del Gobierno.

 

Escuchando estos días algunas profusas e insolentes imprecaciones de algunos “jefes” del régimen en trance agónico, por que sus ya cansados colaboradores se niegan a firmar por infinita ves las listas de rejuramentacion de su fidelidad al mismo, es bueno es recordar una vieja carta de un militante del Partido Comunista Chileno a su Comité Central, frente al malogrado proyecto encabezado por Salvador Allende.

En la novela, Matar un Ruiseñor, el abogado Atticus Finch, defiende a un muchacho negro acusado injustamente de haber violado a un chica blanca. Toda la ciudad, donde los prejuicios raciales son muy fuertes, se le hecha encima. También su hija le reprocha su conducta, contrario a lo que todos piensan Atticus, al responder a la niña, ofrece uno de los argumentos más elegantes sobre la dignidad de la persona: tienen derecho a creerlo, y tienen derecho a que  se respeten por completo sus opiniones, pero antes de poder vivir con los demás, tengo que vivir conmigo mismo”. “La única cosa que no se rige por la regla de la mayoría es nuestra conciencia”.

Una acotación necesaria…

Por ser libre estamos obligados a elegir, pero no estamos obligados a acertar.  Por eso, necesitamos una brújula que nos oriente en la navegación de la vida aunque, los Ángeles de la visión de Jacob tenían alas, pero bajaban de uno en uno los peldaños de la escalera. Fueron entonces como lo son ahora entre nosotros desproporcionados los ataques a militantes de PSUV, allá como aquí su dirección reaccionó con arrogancia frente a los adversos resultados tildándolos de traidores, hecho que revela rasgos atávicos en la historia nuestra en las que pareciera repetirse las injuriosas imprecaciones que profiriera el Comité Central del partido Comunista Chileno, en contra de los que elevaron su voz, para mostrar su inconformidad por la forma que se estaban articulando las decisiones del yamado CC, y que igualmente nos hace traer a colación al  padre del marxismo: “Marx quien señaló que, Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa. Caussidière por Dantón, Luis Blanc por Robespierre, la Montaña de 1848 a 1851 por la Montaña de 1793 a 1795, el sobrino por el tío”, Maduro por Chávez ¿En el hoy como farsa? Aquellos al final con su extremo sectarismo hicieron zozobrar el esfuerzo Democrático liderado por el nunca suficientemente recordado Salvador Allende y que provocó la sangrienta salida que le costo tantas vidas al noble pueblo chileno. Hoy ya en distancia y extinguiéndose las dolorosas heridas que han costado cauterizar, debemos volver hacia ese espacio de la historia para confrontarlo y extraer de él enseñanzas que nos permitan avanzar, que alejen  la insolencia y petulancia que intentan desesperadamente sostener ya algunos pretendidos eremitas del régimen. Cito las dramáticas declaraciones de militante de PCC: “Me iría de buena gana a otro lado. Pero cuando me desgarre los brazos haciendo hoyos, cavando zanjas, acarreando agua; cuando me rompí las manos cortando la vid de la justicia; cuando estuve de sol a sol recolectando racimos de esperanzas y se los entregue a ustedes y ustedes fabricaron a su antojo un vino de dudosa calidad… ¿Qué me queda? No es tan fácil. Me gustaría participar en la receta, en la fórmula que ustedes elaboraron.  Pero el precio que debo pagar es muy caro, contiene un valor más alto que toda la plusvalía junta”.  Se yama obsecuencia, a esa  escalera, rutinaria en nuestro partido, no la quiero, no me gusta y no la usaré nunca, es más, si de mi se tratara, rompería con mis manos cada peldaño que conforma esa escala de posiciones. ¿Entonces qué me queda? ¿Irme? Hasta donde yo sé, el partido somos todos, no unos pocos.  Me parece inconcebible que un dirigente, al ver pancartas en contra de las decisiones del CC diga sin ningún reparo: esos no son comunistas. ¿Si pienso distinto, no soy comunista?  Hasta donde yo sé, las decisiones las tomamos todos y no una cáfila de “iluminados”.  Y recuerdo cuanto han criticado, cuanto se han burlado de compañeros que han optado por otras vías que no han sido las suyas”… En el país hay un forzado simbolismo que pretende hacerle a sus todavía sacrificados simpatizante  ver hermosas mañanas, a través de una riada de expresiones exóticas exportadas de algunas latitudes. Lo ridículo al lado de lo sublime, lo obtruso se les muestra como, genial, agudo, original,
grato, y obligatorio. Las estridentes carcajadas frente a cualquier nimia observación que ellos hagan  de los que se presumen ungidos en la conducción del país, suenan más bien como sollozos histéricos, una especie de misántropos insólitos, de un mundo incorpóreo en el que ellos mismos están extraviados. Ebrios con la infusión del poder; cuando intentan sonreír solo muecas. Pareciera que uno de los tantos misteriosos virus que ellos denuncian los aniquila produciéndoles alegría, algunos en sus intentos de volver a la senda perdida, una ironía amarga. En sus horas postreras se complacen en empuñar la esponja con hiel y vinagre, que en la vara del ademán sarcástico, alcanza los resecos labios del paciente que sentado en la emergencia de algún centro asistencial, espera y sufre… sufre espera., parado en el borde de alguna bodega, o lujoso automercado, cansado espera. Y en los labios de ellos los ungidos, sus carcajadas como hipos de burla, desprecios sacrílegos, elocuentes salivazos de lujuria en el ejercicio obsceno del poder, una especie de vino orgiástico.
El jefe de los ungidos intenta con apodícticos discursos alegrar su melancolía, “que bien podría ser Mersault, el protagonista del El extranjero, de Camus, en la autosugestión de creerse dichoso” mientras el Capitán en su fragante alocución persiste en hacer intimidantes sus demencias, frente a la mirada cómplice de un “liderazgo” que ha resultado ser un lumpen militar medroso y corrompido,  arrogantes trasvertidos. Sócrates condenado a beber la cicuta, ante la propuesta de escapar, le dice a Critón: “Los principios que profesé toda mi vida no debo abandonarlos hoy porque mi situación haya cambiado; los sigo mirando con los mismos ojos, les sigo teniendo el mismo respeto y veneración que antes; y si no los hay mejores, ten por seguro que no cederé en lo que me propones, aunque todos intenten asustarme como a un niño, con amenazas más horribles que la confiscación, las cadenas o la muerte” (Platón, El Critón.)

“Pasa el tiempo y el segundero avanza decapitando esperanzas”

pedrorafaelgarciamolina@yahoo.com

 

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