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Guillermo Altares: Las reglas del juego

 

Durante las sesiones para su confirmación como juez del Tribunal Supremo de EE UU, Ruth Bader Ginsburg, la segunda mujer designada para ocupar un puesto en la instancia que interpreta la Constitución de este país, realizó una encendida defensa del derecho al aborto. En 1993, se trataba de algo extraordinario, difícilmente asimilable para la derecha religiosa y retrógrada. Sin embargo, resultó elegida por una mayoría abrumadora de senadores, tanto republicanos como demócratas: 96-3. Poco antes de la votación, el senador republicano Orrin Hatch se dirigió a la candidata, una mujer menuda, que ahora tiene 85 años, cuyo frágil aspecto esconde una valentía insondable y una voluntad arrolladora. “No estoy de acuerdo con usted en muchas cosas y usted no está de acuerdo conmigo en muchas cosas. Pero ese no es el asunto. Creo que se ha ganado el derecho a formar parte del Tribunal Supremo”.

Ruth Bader Ginsburg, en diciembre en Nueva York.

Ruth Bader Ginsburg, en diciembre 2018 en Nueva York

Esta escena puede verse en el excelente documental RBG, candidato al Oscar, que repasa la trayectoria de esta importante jurista, que ha peleado duro por una lectura progresista y abierta de la Constitución y por la defensa de la igualdad de las mujeres ante la ley. También puede leerse íntegra en el diario de sesiones del Senado, donde Hatch explica que la clave para decidir la idoneidad de un candidato, aunque haya sido designado por un presidente demócrata como Bill Clinton, reside en su capacidad para interpretar la ley más allá de sus propias convicciones personales.

El senador Hatch puede ser criticado por otras decisiones tomadas durante su larga carrera legislativa —por ejemplo, por su apoyo a Donald Trump en su salida del Acuerdo de París sobre el clima o por su papel durante la confirmación del juez Kavanaugh, al que creyó a pies juntillas frente a las acusaciones de abusos—, pero aquel breve discurso que pronunció en el verano de 1993 resume uno de los fundamentos de la democracia. El funcionamiento de las instituciones debe de estar por encima de cualquier ventajismo partidista, entre otras cosas porque las reglas que hoy perjudican a unos pueden favorecerles en el futuro. No es una cuestión de mover las leyes según sopla el viento, sino de conseguir que resistan cualquier huracán.

 

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