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Rafael del Naranco: Las flores y las caricias de Rilke

 

Sobre una orilla del mar Mediterráneo,  vagando sobre el malecón de la Playa de Malvarrosa en esas horas tempranas en la ciudad de Valencia, el tiempo se atempera mientras sentados en la arena,   la frescura de  la mañana traen evocaciones que nos hacen sentir que el tiempo pasado, ahora mohíno, no ha dejado de ser  agradable.

Se vegeta de  diversas maneras, pero solamente los recuerdos idos nos confirman que aún existimos.

El arce con sus anchas hojas parecía hacerle sombra al castaño. En los aleros algunos mirlos repiqueteaban sus gorjeos, mientras  los pausados  tranvías iban y venían delante del hotel Metropol, en una metrópoli de Belgrado tan apegada a nuestros sentimientos recónditos.

Ella estaba preciosa. Vestía un conjunto de raso azul, cubriendo sus hombros con una chaquetilla de lana. El rostro transparente, los labios limpios. Sus ojos eran los mismos: alegres, vivarachos, de un verde marino profundo. El apesadumbrado era  uno.  Volvía a una ciudad aletargada y a un hotel todo recuerdos. Ninguno de los dos éramos ya los mismos y sabíamos que  ese encuentro sería el último.

Vera – el nombre femenino más hermoso en lengua eslava – penetraba en las sombras de los amores furtivos, esos que si unos los roza con la mirada, aún duelen.

Nos sentamos en la espaciosa cafetería. Las despedidas no deberían ser tristes, aunque  dejen escozor en la piel. Una hilera de fotografías colgadas en las paredes ofrecían un panorama de los tiempos gloriosos del hotel, cuando el general partisano Tito venía triunfante a recibir en estos aposentos a sus honoríficos huéspedes.

Es frecuente en las iglesias ortodoxas de Yugoslavia que los creyentes, con los dedos, palpen, en plan de devoción, los ojos de los santos hasta dejarlos ciegos; dicen que eso da buena suerte y ayuda ante las  dolientes enfermedades del alma.

Miré a Vera muy despacio, con una ternura infinita. Acerqué mis dedos y rocé sus parpados: “No me olvides”, le dije tenuemente. Ella hizo lo mismo con los míos  humedecidos.

Recuerdo que en el monasterio de Grachanitsa hay un san Juan Bautista cuyos ojos son la viva estampa del dolor físico, y el cuerpo, deformado, pareciera  una mixtura de aflicción. Cristiano uno del tronco romano, entendía bien poco de la intrincada rama de la Iglesia Ortodoxa Serbia, con santos sobrellevando sus propios  sufrimientos.

La muchacha  tomó mi mano entre las suyas. Era la definitiva despedida. Con ese adiós tanto tiempo aletargado, dejaba una ciudad  abrazada a dos ríos – Danubio y Sava – y unos versos de  Rilke recogidos por Margarita Yourcenar en “La voz de las cosas”:

“¿Quién te dice que todo desaparece? / Del pájaro que hieres. / ¿Quién sabe si no queda el vuelo? / Y tal vez las flores de las caricias / Nos sobrevivan y también a su tierra”.

Vera –  la recreada en campo de mirlos –   en el lugar  en que se halle reconocerá ese poema. Lo llevará a los labios y dejará sobre él una caricia fresca que llega a la playa de Malvarrosa.

 

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