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Antonio Sánchez García: Donald Trump, Venezuela y América Latina

 

A Miguel Rodríguez

El acto celebrado el lunes en el estado de Florida, Estados Unidos, con la participación estelar del presidente Donald Trump y su esposa, constituye un hito en la historia de la liberación de Venezuela, del cáncer castrocomunista inoculado por el populista venezolano Hugo Chávez y su caudillismo militarista, que trasciende con mucho las estrictas fronteras de la Venezuela aherrojada por los ejércitos cubanos. Pues como jamás nunca antes, desde los tiempos de la imperdonable traición de John Kennedy hacia los comandos invasores que fueron a dejar sus vidas sobre Playa Girón y muchísimo menos durante la ominosa gestión del demócrata Barack Obama y su acercamiento para con la tiranía cubana buscando la fotografía de un abrazo con Raúl Castro que creyó lo inscribiría en los fastos de la historia universal, un mandatario estadounidense había abrazado con mayor fervor y grandeza la defensa de la democracia y el frontal rechazo al socialismo como el peor de los males que han azotado a nuestra región, por no decir al mundo entero. Algo absolutamente impensable en boca de los últimos presidentes demócratas.

Más allá de la canallesca mezquindad de los medios cercanos al Partido Demócrata, a los Clinton y a los Obama, como The New York Times, que tuvo que soltar su hipocresía progre, buenista y antirrepublicana –la misma con la que intentó impedir la victoria de Jair Bolsonaro– pretendiendo sumir en el descrédito el extraordinario encuentro de Donald Trump con la comunidad latina y, en particular, venezolana, que ha encontrado refugio en esa suerte de capital estadounidense de la América española, lo cierto es que jamás un país latinoamericano había recibido tanto afecto, tanto compromiso y tanta solidaridad de un mandatario estadounidense como el que ayer recibimos los venezolanos de Donald Trump y Melanie, su esposa.

No fue un acto motivado por la demagogia y el oportunismo. Un gesto de populismo electorero, como pretenden los encarnizados enemigos del presidente Trup desde los centros de poder del Partido Demócrata y sus instrumentos de manipulación mediática, no solo los de los medios impresos y televisivos estadounidenses como CNN, CBS, The New York Times y The Washington Post, por mencionar solo a los más influyentes, sino también sus aliados en el ámbito global, como El País, de España. Que lo enfocan y descalifican siguiendo, por cierto, la vieja sabiduría del refranero español: todo ladrón juzga por su condición. Negándose a comprender, o precisamente porque comprenden perfectamente que Donald Trump, al imponer su nueva y muy particular e inédita visión geoestratégica, nacionalista y patriótica en defensa del corazón de Estados Unidos, hiere sus intereses de dominación mundial. Aquel que es sostenido en alianza con el Vaticano, la Internacional Socialista e incluso con los poderes económicos mundiales -George Soro – y las mismas Naciones Unidas.  Es un giro estratégico de inmensa relevancia, un acto de alta política dirigido a enmendar el rumbo del comportamiento de la primera potencia mundial respecto de sus relaciones internacionales durante las últimas décadas, cuyos enemigos primarios, en última instancia, están en China, Rusia, Irán, y lo que constituye una inmensa novedad para nosotros, los latinoamericanos, en Cuba, en Nicaragua, en Venezuela. Es así cómo Fidel ha terminado encontrando, post mórtem, la horma de su zapato, su contrincante perfecto.

Hemos tenido perfectamente claro que con Obama jamás encontraríamos al aliado perfecto que sirviera a nuestra liberación. Muy por el contrario, sus intereses iban, respecto de nuestro hemisferio, por el camino opuesto. Su secretaria de Estado, la señora Hillary Clinton afirmó que Lula era el mejor aliado de Estados Unidos, de Barack Obama. Está en la cárcel, por corrupto. De allí su desesperada búsqueda por superar la enemistad de Estados Unidos con Cuba, buscar la reconciliación con los Castro, y apostar por un entendimiento con el castrochavismo cuyos principales sacrificados hemos sido los venezolanos. No atiendan a sus palabras, dijo el tristemente célebre John Maisto, uno de los embajadores estadounidenses más estúpidos que hayan servido al Departamento de Estado en Venezuela, refiriéndose a Hugo Chávez, sino a sus manos.

Al cabo de los años, ya triunfante Donald Trump, tampoco Thomas Shannon creía necesario enfrentarse al régimen y auxiliar a la oposición, por lo menos a la más consecuente, en su lucha frontal contra el régimen castrochavista. Muy pronto fue desalojado del entorno presidencial. Era un estorbo, como buena parte del progresismo izquierdoso del Departamento de Estado. Un vendaval político conmovió a la audiencia que escuchó fervorosa el emotivo discurso del presidente Trump. No descansaremos hasta liberar al pueblo venezolano, afirmó. Si la promesa se cumple y logra desalojar con sus acciones, de cualquier naturaleza que ellas sean, al agente del G-2 cubano del poder permitiendo así el inicio de un gobierno de transición auténticamente democrático, habrá dado un paso fundamental hacia su reelección. Si con ello sacude la coraza de hierro del castrismo cubano y precipita la liberación de Cuba, habrá entrado a la historia con absolutos e indiscutibles merecimientos. América entera se lo agradecerá.

 

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