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Gustavo Tovar Arroyo: La sonrisa de Lorent Saleh…

 

La era de la crueldad

Nunca estuve preso ni fui torturado durante los años de dictadura chavista. Mis compañeros más entrañables y mis hermanos en el desgarrador anhelo de libertad, en su mayoría, sí lo estuvieron.

Sus testimonios son tan perturbadores como monstruosos. Uno no puede entender tanta crueldad, tanta vileza.

No ha habido dictadura más despiadada que la chavista. Ni la habrá.

 

El desconsuelo que pervive

La libertad –para muchos de nosotros– es una palabra repleta de desgarraduras y heridas, muchas de ellas no curarán jamás. No hay nada más desconsolador que colocar una lápida en el cementerio cuando la causa de ese entierro es un legítimo anhelo de libertad. Ese desconsuelo es incurable, pervive.

Cada quien tiene su propia herida en este accidente amargo de nuestra historia llamado chavismo. Unos se atreven a narrarlo, otros no. Pero los que lo han hecho nos dejan sordos de tristeza.

Venezuela debería enaltecerlos porque han ofrecido su vida por la libertad.

 

Abrazarse en la muerte

El primer preso que conoció la Tumba, esa despiadada y estalinista celda que inventó Rodríguez Torres para trastornar y torturar a miembros de la oposición, fue mi compañero de todas las batallas, el comandante José Gustavo Arocha. El segundo fue mi apreciado y queridísimo amigo Lorent Saleh.

Venezolanos cabales, activistas de la libertad, compartieron la oscura preeminencia de conocerse en la urna chavista, ese despreciable hueco blanco de donde nadie sale vivo.

Se reconocieron en la desesperanza, se abrazaron en la muerte.

Ayudé a José Gustavo a escapar de las garras de Diosdi Cabello y de González López, la huida fue profundamente peligrosa y traumática, pero lo logramos. Lo primero que hizo Arocha, además de abrazarme en la orilla de la historia como se abrazan dos náufragos, fue hablarme de Lorent. “Hay que salvarlo –me dijo–, está viviendo una infernal agonía”.

Me contó de sus intentos de suicidio: “Antes muerto que traicionar a mis amigos o mis principios”, siempre sostuvo Lorent. También me narró sus gritos ensordecedores, sus desmayos, sus enfermedades y la inclemente soledad que lo abatía.

Sentí pánico.

 

Las pruebas irrefutables de la crueldad

En la Tumba es poco, más bien nada lo que se puede hacer por un preso político. Es una cámara de tortura blanca que nos recuerda el bloque 11 (la prisión dentro de la prisión, el bloque de la muerte) en el campo de concentración de Auschwitz. La maldad existe, la crueldad también, hay pruebas irrefutables de ello: la Tumba es una; el bloque 11, otra.

Paradójicamente, cuando Lorent fue trasladado al Helicoide sentí alivio (¿pueden creerlo?). Sí, alivio, al menos vería gente, intercambiaría en el hacinamiento y el horror con otros presos.

Pero desde ahí, otra vez, nos informaban de las inclementes secuelas de su agonía.

 

Las laceraciones de un sueño de libertad

Volví a ver a Lorent en Madrid, nos abrazamos –otra vez– como náufragos de nuestro tiempo. Fue un largo y conmovedor abrazo. Lloramos, lloramos mucho. Nuestra última conversación había sido años atrás, antes de su despiadado encarcelamiento, hablamos de ideales, de poesía.

En el abrazo, los idealistas, los surrealistas románticos de la libertad venezolana, se reconocían en las laceraciones que sus sueños libertarios les causaron a sus espíritus. Me dolió ver su juventud maltratada tan inefablemente por la tiranía chavista. Me dolió mucho.

¿Por qué el chavismo es tan aterradoramente desalmado?

 

Caníbales de dignidad

Ya libre, Lorent recibió una ráfaga de inclementes insultos por parte de “opositores” que además de injustos eran despiadados. No solo me ofusqué, me horroricé: ¿en qué nos hemos convertido los venezolanos?, ¿qué somos?, ¿cómo es posible que seamos tan inhumanos?

Entiendo que Venezuela –toda– ha vivido una larga y extenuante prisión con el chavismo, pero la canibalización de la que fuimos víctimas no nos puede convertir ahora en verdugos de nosotros mismos. Despellejamos la dignidad de nuestros compañeros con la misma aterradora impiedad chavista.

No he dejado de pensar en ello: ¿cómo curamos el profundísimo dolor que nos causaron?

 

La sonrisa de Lorent

A su llegada a México, después de una intensa travesía por países latinoamericanos denunciando valientemente a la dictadura chavista, Lorent fue retenido sospechosamente por las autoridades migratorias, no querían permitir la visita a un ex preso político, a un activista de derechos humanos en la tierra de Alfonso Reyes, José Vasconcelos y Octavio Paz. Increíble.

Vivimos horas de angustia y –otra vez– de agonía. Nos movimos, llamamos, urgimos, amenazamos y al final fue liberado.  Lorent, pese a todo lo vivido, sonreía. Me llamó y dijo: ¡Lo logramos” con una resplandeciente sonrisa.

Se me nublaron los ojos. En su expresión descubrí a Venezuela, que a pesar del encarcelamiento histórico, de la tortura y crueldad chavista, aún sonríe. Sí, después de tanto sufrimiento, sonreímos. Y lo hacemos porque la libertad está cerca, muy cerca.

Gracias, Lorent. Tu sonrisa ha vencido al socialismo.

Seguimos…

 

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