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Humberto García Larralde: A lo Pablo Escobar

 

Estoy terminando de ver por Netflix la excelente serie de Caracol, “Pablo Escobar, el patrón del mal” que relata en detalle la carrera de este temible capo. De un bandido sagaz y ambicioso que medía fríamente sus pasos en la prosecución de su negocio –el tráfico de drogas a EE.UU.—, se convierte en un monstruo sanguinario embriagado por el enorme poder que acumuló, dispuesto a retar al Estado colombiano con una guerra a base de atentados terroristas. Obnubilado, pierde toda capacidad de discernir sus límites y se embarca en una temeraria y cruel confrontación que provoca muchas muertes y, finalmente, la suya: “el poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente” (Lord Acton dixit). La serie revela a un psicópata que no se detiene ante consideraciones morales, políticas o legales para subirle la apuesta al Estado por cada revés sufrido. Lo insólito es que va “justificando” sus crímenes con una curiosa ética que considera legítimo su oficio. Deshonestos, injustos, marrulleros y corruptos son los funcionarios públicos, no él. Culpabiliza a la oligarquía colombiana por arrinconarlo como un antisocial. La organización criminal que forjó, absolutamente obsecuente y vertical, junto a los demás capos socios, le refuerzan su conducta ciega de violencia, empujándolo a la conflagración final.

Escobar quiso capturar al Estado desde afuera, desde su posición de poderoso capo mafioso, uno de los hombres más ricos de Colombia. Tuvo en su nómina a oficiales de policía, funcionarios públicos y por lo menos un senador de la República. Coqueteó incluso con la idea de una candidatura presidencial suya. Más, en definitiva, no pudo poner las instituciones del Estado a su servicio, a pesar de haber intentado arrodillarlas asesinando a un ministro, a altos oficiales de la policía, al procurador y a Luis Carlos Galán, quien se perfilaba como próximo presidente de Colombia.

El paralelo con Maduro y sus cómplices es ineludible, a pesar de que sus negocios se centran más en la depredación de la riqueza social que en el narcotráfico. Pero donde fracasó Escobar, la mafia militar civil venezolana tuvo éxito. Se evitó tener que buscar el control del estado desde afuera porque ya lo había conquistado desde adentro. Habiendo capturado la presidencia en elecciones legítimas, Chávez empezó a desmantelar sus instituciones y a arrinconar las fuerzas de mercado, abriéndole oportunidades a allegados para toda suerte de corruptelas. La acumulación de fortunas pasó a depender cada vez más de la correlación de fuerzas derivadas de la estructura de poder, fomentando complicidades internas que terminaron colonizando al aparato estatal. Central a ello fue corromper la cúpula militar.

Igual que “el patrón del mal”, Maduro, siendo dictador, se fue embriagando con el poder desmedido, perdiendo la perspectiva de sus limitaciones. Cuando los precios del crudo revirtieron desde los niveles extraordinarios alcanzados, prefirió recostarse en la complicidad de militares corruptos que en intentar legitimarse corrigiendo sus políticas. Le declaró así la guerra a la sociedad venezolana, labrando trincheras fraudulentas para ello: una asamblea constituyente y un tribunal supremo desvergonzado. Y como Escobar, desafía abiertamente al mundo y recluta malandros para su defensa. Rota su conexión con la realidad, no se da cuenta que se le acabó la partida, que debe negociar su salida.

El temible capo de Medellín hizo explotar un vuelo de Avianca y a edificios públicos, matando a muchísimos inocentes. La crueldad de Maduro sacrifica millares de vidas igualmente inocentes impidiendo la entrada de ayuda humanitaria. Y, como el capo –quien alegaba ser de izquierda–, se encubre en una retórica justiciera para echarle la culpa a otros de sus crímenes.

Escobar, abandonado por sus antiguos compinches, termina acribillado por la fuerza pública. Se le había cerrado toda otra salida. ¿Qué va a decidir la mafia venezolana una vez termina de resquebrajarse la complicidad militar? Para bien de los venezolanos, se les está ofreciendo salida.

humgarl@gmail.com

 

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