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Gustavo Coronel: Sin buenos ladrillos no durará el nuevo edificio

 

El gobierno de Juan Guaidó está rodeado de gente excelente y merece todo nuestro apoyo. La salida del usurpador de Miraflores luce ya inevitable.

En este momento hay grupos de talentosos venezolanos estructurando planes sectoriales para la nueva Venezuela: planes  petroleros, económicos, políticos. No tenemos dudas de que el gobierno democrático de Venezuela arrancará con buen pie, a pesar de la situación de ruina generalizada que enfrenta la Nación, después de 20 años de crímenes en su contra y de los abusos de poder del chavismo/madurismo.

Sin embargo hay un aspecto fundamental de la nueva Venezuela del cual nadie parece estar hablando y al cual deseo referirme, porque si no lo hacemos parte de una política de Estado a  corto, mediano y largo plazo, no habrá nueva Venezuela que valga.

Comenzaré con un ejemplo: el edificio que será la nueva Venezuela está comenzando a construirse. Existen bellos diseños arquitectónicos y abundantes técnicos de toda especialidad dispuestos a colaborar en la construcción. Sin embargo, se sigue descuidando la atención a la calidad de los materiales a ser utilizados en la construcción. Para que el edificio se mantenga en el tiempo, sin derrumbarse, requerirá de materiales de construcción de primera calidad.

Pregunto: ¿Quién está pensando en los ladrillos que servirán de sustentación al edificio?  En el pasado varios de los edificios de la Venezuela democrática se vinieron abajo porque no estuvieron construidos con materiales de buena calidad. El gobierno de nuestro reverenciado Rómulo Gallegos se derrumbó en pocos meses porque nadie acudió al llamado que se hizo para defender al presidente  humanista, elegido por abrumadora mayoría. De similar manera los gobiernos democráticos de la etapa 1958-1998 se vinieron abajo al final del siglo XX porque fueron progresivamente carcomidos por la corrupción y la mediocridad. El macabro edificio de Chávez y Maduro se derrumba hoy porque sus cimientos estaban podridos y sus bases construidas con materiales de desecho importados desde la Cuba castrista.

Son pocos quienes parecen estar interesados en hablar de los ladrillos. El tema no es glamoroso.  No es “sexy”. Elaborarlos de buena calidad toma demasiado tiempo. Pocos compatriotas se muestran dispuestos para una labor de largo aliento, cuyos resultados no serían inmediatos ni darían rápidos dividendos políticos.  Cuando yo era Secretario de Planificación del Estado Carabobo, en los años 90, fui a visitar a un alcalde de un pequeño municipio de ese Estado, quien insistía en construir un estadio en su pequeña población, cuando lo indispensable eran las cloacas. Al final de nuestro largo debate me dijo: “Mire, ya está bueno de discusión. Mi problema es que las cloacas no se ven”.  Hasta hace poco tiempo ese señor todavía era alcalde.

¿Cuáles son los ladrillos de buena calidad indispensables para construir un edificio social y político que no se derrumbe al poco tiempo? Los buenos ciudadanos.  Esa es la tarea sine qua non para construir una Venezuela realmente viable. Pero este concepto asombrosamente sencillo de convertir al gentío en buenos ciudadanos no se puede lograr en uno o dos  años sino que tomaría dos generaciones y requiere una labor perseverante en el tiempo, la cual no podrá descuidarse jamás, de la misma manera que un diabético requiere de insulina o un hipertenso necesita de medicamentos anti-hipertensivos por toda la vida.

Tengo años tratando de vender esta idea de una fábrica de ciudadanos. Mis esfuerzos han corrido la misma suerte del buen señor que en las reuniones de FEDECAMARAS de antaño se paraba a hablar de la industrialización del mangle. Cuando se dirigía hacia el estrado se generaba una estampida de los asistentes hacia el cafetín. “Que fastidio, vámonos”, decían algunos, mientras otros se reían. Una idea probablemente excelente había sido condenada de antemano, enviada al paredón de lo superfluo. No era sexy, no daba caché, no era “importante”.

Convertir al gentío venezolano en buenos ciudadanos activos no solo es una tarea posible sino de éxito garantizado, si se lleva a cabo como debe ser, trascendiendo los ciclos políticos, de manera perseverante, sistemática, con todo el respaldo que le daría una política de estado, no importa como se llame el presidente o la presidenta, asegurándonos que quien venga después continuará el esfuerzo porque se trata de un asunto de vida o muerte. El Plan ciertamente no es tan complicado como el de enviar a un hombre a la Luna y existe en muchos países avanzados, como Canadá, Suecia, Noruega, Nueva Zelanda, Australia, Suiza y USA, los cuales poseen  una masa crítica de buena ciudadanía que garantiza que sus habitantes, en su gran mayoría, estén conscientes de sus deberes tanto como de sus derechos y comprendan que el bien común es más importante que la gratificación egoísta de sus deseos.

No hablo de sociedades perfectas, que no existen. Hablo de sociedades donde la masa crítica de buena ciudadanía ya ha logrado cristalizar,  ciudadanos que piensan en el bienestar colectivo tanto como en el propio bienestar. En Venezuela esa sociedad aún no existe y su liderazgo ha colocado la estructuración de buenos ciudadanos a la cola de las prioridades, ya que ese esfuerzo de modificación actitudinal en la población tomaría demasiado tiempo y no les daría los necesarios dividendos políticos.

Hoy, en esta Venezuela en transformación democrática,  se abre una nueva y brillante oportunidad para que un nuevo liderazgo recoja esa bandera de la fábrica de ciudadanos y la eleve, haciéndola ondear en pleno y orgulloso despliegue. Los nuevos líderes deben ver hacia adelante, hacer suya la visión de lo que nuestro país puede llegar a ser si se atiende debidamente la necesidad primordial de crear los materiales de buena calidad para construir el edificio de la futura Venezuela.

Hoy en día tenemos la gran oportunidad de convencer a otros países a que nos ayuden en ese gran plan de formación de buenos ciudadanos. He elaborado un esquema de lo que podría ser esa iniciativa, el cual pongo a la disposición de aquellos quienes están destinados a manejar los destinos futuros de Venezuela. Está basado en un experimento piloto llevado a cabo en Venezuela y otros países de América Latina, en especial Panamá y Paraguay en la década de 1990. Ese experimento piloto abarcó unos 15000 niños de primaria con la idea de extenderlo en el tiempo, desde la primaria (6 años de edad)  hasta la salida de la escuela secundaria (17 años), porque es durante ese lapso de vida que el ser humano está generosamente abierto a las buenas influencias. El programa probó ser enteramente factible y no involucró grandes costos. Llevarlo a cabo en gran escala debería ser una misión fundamental del Estado y de la sociedad venezolana. Estoy a la orden, mientras pueda, para colaborar sin interés alguno en este programa, con los líderes de la nueva Venezuela.

Deseo decirles, respetuosamente, a esos líderes que emergen hoy en Venezuela que no importa cuán exitosos puedan ser los planes económicos, petroleros y políticos que se están estructurando para nuestro país,  no podremos salir adelante como sociedad y ocupar nuestro lugar entre los países civilizados del planeta, a menos que podamos convertir una masa crítica de nuestra gente en buenos ciudadanos, seres dueños de su propio destino, capaces de trascender de sus pequeños miedos y limitaciones para integrarse plenamente al desarrollo de la sociedad venezolana.

La tarea no es glamorosa o espectacular pero no llevarla a cabo condenará a Venezuela a una eterna mediocridad.

 

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