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Isaac Bigio: La maduro-fobia que Maduro fomenta

 

Gente que hubiese querido deponer a Maduro, ya sea para dar paso a una revolución anticapitalista o para girar hacia un modelo socialdemócrata, terminan alineándose con él frente a lo que consideran el enemigo común: la agresión de Trump.

Venezuela atraviesa por una de las mayores hiperinflaciones que hayan tenido las Américas, la cual ya sobrepasa el millón por ciento anual y va creciendo, mientras que hay escasez de alimentos, medicinas y productos básicos, una gran caída de sus exportaciones y economía, un aumento de la pobreza y de la delincuencia común, y un masivo éxodo de habitantes.

Para cualquier gobierno en una situación así su sobrevivencia resulta difícil. El gobierno izquierdista de Bolivia de 1982-85 no pudo con una hiperinflación menor y cayó, en gran parte, por la huelga general minera de marzo 1985 que tomó La Paz, la misma cuyas consignas centrales eran salario mínimo vital y móvil (que se ajuste al alza del costo de vida).

Muchos opositores al chavismo afirman que éste ahora tiene una dictadura cívico-militar. Si este último caso fuese cierto, el rechazo a la crisis económica y al autoritarismo bien podría llevar a una explosión social y a la caída del mandatario. Sin embargo, como veremos, es la propia oposición de derecha la que, al hipotecarse a Trump quien abiertamente llama a un golpe y una intervención militares, la que da fuerza y legitimidad a Maduro dentro de fuerzas armadas y populares.

Todas las dictaduras que ha tenido Sudamérica durante los setentas y ochentas cayeron bajo tremendas movilizaciones sociales. En las últimas 4 décadas el Perú tuvo dos dictaduras, una militar de izquierda (1968-80) y otra cívico-militar de derecha (1992-2000), y ambas cayeron como efectos de huelgas o marchas masivas.

El socialismo militar de Morales Bermúdez (Perú, 1975-80) y la Unión Democrática Popular de los movimientos Nacionalista Revolucionario de Izquierda y de Izquierda Revolucionaria más el Partido Comunista (Bolivia 1982-85), fueron socavados por poderosas paralizaciones sindicales donde masivas organizaciones clasistas buscaban una nueva revolución, aunque, a la postre, lo que vino después fueron mandatarios constitucionalmente electos más a la derecha.

Las dictaduras militares de Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Paraguay, Uruguay y Bolivia fueron cayendo desde fines de los setentas o durante los ochentas mediante grandes marchas o huelgas. En ninguno de estos casos hubo una amenaza de sanciones o invasión de cualquier país, y menos de EEUU, potencia que, más bien, apadrinó todas esas dictaduras ya sea en su momento inicial o final.

Sin embargo, cuando entra a tallar en la escena la amenaza de una injerencia militar de una gran potencia, el gobierno acosado apela al patriotismo para proclamarse como guardián de la soberanía o la liberación nacionales.

Cuando la junta militar argentina invadió Las Malvinas buscó una manera de desviar el descontento popular, toda Argentina y gran parte de Latinoamérica se pusieron de su lado, incluso el primer gobierno civil post-militares electo en Perú con Belaúnde a la cabeza salió en defensa de Argentina y en Lima se dio una multitudinaria marcha de cientos de miles en apoyo al vecino. La derrota de las Malvinas aceleró la caída de la junta, en manos de una población que, aunque discrepaba de los militares, hizo causa común con ellos en la guerra contra Thatcher.

La amenaza que una potencia imperial invada, sancione o capture los recursos de un determinado país es algo que suelen emplear muchos gobiernos nacionalistas para consolidarse en el poder, incluso utilizando dictaduras represivas.

Cuba y Corea del Norte han sido capaces de enfrentar períodos de graves crisis y abastecimiento apelando al antiimperialismo echándole la culpa de los problemas a EEUU y llamando al sacrificio en aras de la dignidad nacional.

Dictaduras nacionalistas como las de Irak, Libia o Siria también lograron sobrevivir y alimentarse del rechazo a las sanciones imperiales, hasta que finalmente sus gobiernos empezaron a ser militarmente intervenidos por Occidente. Solo Siria se ha salvado gracias al apoyo de Rusia e Irán.

El hecho que Washington y Londres deciden congelar miles de millones de dólares en activos venezolanos, que bloqueen la economía de dicha nación y que abiertamente llamen a un golpe o una invasión militares, permite a Maduro ser el abanderado de la soberanía nacional y echarle la responsabilidad de la crisis al imperialismo. Muchos venezolanos de civil y, sobre todo de uniforme, creen que lo central es defender a la patria de sus agresores. Incluso gente que hubiese querido deponer a Maduro ya sea para dar paso a una revolución anticapitalista o para girar hacia un modelo socialdemócrata, terminan alineándose con él frente a lo que consideran el enemigo común: la agresión de Trump.

El aparecer como el garante de una nación contra una agresión externa es algo que ha ayudado a consolidar al nacionalismo chiita en Irán desde la revolución antimonárquica de hace 4 décadas. Desde otro ángulo, el apelar la unidad nacional contra un enemigo militar interno es algo que ha sido a inicial clave del éxito de Fujimori en el Perú de los noventas y luego del uribismo en la Colombia de inicios del siglo se dio en base al pedir. En el caso de Netanyahu y los duros en Israel su fuerza radica en que se presentan como los mejores defensores de esta nación contra un peligro interno como externo.

Trump con sus sanciones y amenazas logra alterar todo el panorama.

Él, con éstas, quiere ganar puntos en EEUU (especialmente en La Florida, donde hay muchos exilados venezolanos antichavistas, el cual ha sido el Estado que definió la primera victoria del partido republicano en este milenio) y en el resto de Latinoamérica, atemorizar a los rusos y chinos, desacreditar a las izquierdas que gobiernan en Nicaragua, Bolivia y Cuba, y evitar que el desgaste contra Maduro sea canalizado por un movimiento sindical. Además, puede presionar para que sus corporaciones pudiesen negociar mejor en Venezuela, o, en el peor de los casos, dar paso a un “cambio de régimen” o una invasión extranjera.

Hay muchos que en su rechazo a maduro prefieren a Trump, y esa es la debilidad de Guaidó, cuya ascensión a una supuesta presidencia se ha dado solo tras que EE UU, la dirección de la OEA y varios gobiernos y ex presidentes de derecha de las Américas le estuvieron animando a que se atreva a dar tal paso.

El aparecer como un presidente “paralelo” que no tiene ningún poder a nivel nacional y que se basa exclusivamente en el apoyo internacional de EEUU y sus aliados es algo que le quita credibilidad. Hoy las principales marchas de Guaidó se dan en una zona de clase media-alta de Caracas y los principales gremios que le han dado su respaldo son los de los empresarios del agro, la ganadería o las cámaras de comercio o industrias. Esa Maduro fobia que acaba hipotecándose a Trump termina por favorecer a Maduro.

 

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