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Los militares hasta lloran cuando juran lealtad pero hacen otra cosa

 

Los militares juran lealtad. Los militares lloran. Los militares llegan al extremo de amenazar con pegarse un tiro para que el presidente les crea que jamás lo traicionarán. Los altos oficiales pronuncian discursos en contra de los golpes de Estado con el fin de calmar las aguas. Los oficiales, comandantes, generales, hacen todo eso. Y conspiran. Traicionan. Cambian de bando.

Por Juan Carlos Zapata

El punto en discusión hoy es si habrá quiebre o no en la Fuerza Armada. Que la Fuerza Armada desconozca a Nicolás Maduro y reconozca a Juan Guaidó como presidente de la República. El punto es el trabajo que se desarrolla hacia adentro. Las conversaciones que avanzan para lograr el objetivo. Ello conjugado con la presión diplomática externa. La presión popular. La amenaza de una intervención militar. La operación en torno a la ayuda humanitaria. Las sanciones sobre oficiales. Las sanciones sobre PDVSA. El cerco internacional. El ofrecimiento de amnistía y garantías. Todo para que la Fuerza Armada dé el paso, como lo ha dicho el ex Zar de PDVSA, Rafael Ramírez. Todo ello para que la Fuerza Armada se sume, no a un golpe, sino a la ruta de rescate de la democracia.

Pero no ha ocurrido. No hay elementos que indiquen que va a ocurrir ya. El Alto Mando Militar sigue mostrándose leal a Maduro, en los gestos y en las palabras. En los discursos y en los hechos. Su más alto vocero, el general Vladimir Padrino López, ministro de la Defensa, es de los que reafirma el carácter chavista, antimperialista y socialista de la Fuerza Armada, y es quien confirma la unidad y lealtad del cuerpo armado en torno a Maduro.

No es nuevo este discurso. Lo hizo el comandante Carlos Delgado Chalbaud con Rómulo Gallegos.A Delgado y Gallegos los unía no solo la relación entre un Presidente y un ministro de la Defensa. Eran amigos. De los tiempos de Europa. Delgado el militar culto, exquisito. Delgado, el militar de la Revolución de Octubre junto a Rómulo Betancourt. Y Delgado ahora en 1948 en el Gabinete de Gallegos, el civilista, el maestro. Delgado quien habla y descarta toda posibilidad de conjura. De una Fuerza Armada dispuesta “a respaldar con lealtad y eficiencia las disposiciones del supremo mando ejercido por el Presidente de la República”. Lo dijo en un mensaje con motivo del Día del Ejército que escuchó toda Venezuela por la radio, en cadena nacional. El 24 de noviembre de 1948 era otra la historia. Delgado era el jefe del golpe.

Pero antes había llorado. Antes había dicho que primero muerto antes que traicionar al amigo y al maestro Gallego. En la biografía de Sanin sobre Rómulo Betancourt, se recoge la escena de una conversación entre Gallegos y Delgado, y como testigo, Gonzalo Barrios, secretario del Presidente. Gallegos primero lo había emplazado y Delgado, “en medio de lágrimas”, juraba, “juraba su lealtad, hasta el punto de que amenazaba con suicidarse si no le creían. Gallegos, hombre bueno y afable, que era amigo de Delgado desde su exilio en España, creyó al oficial desleal; y de allí salió el ministro para los cuarteles a reunirse con Pérez Jiménez para ultimar los detalles del golpe”.

Escribe Sanin que Gonzalo Barrios contaba que Gallegos le pidió que le quitara el revólver a Delgado “para impedir una desgracia”, y Gonzalo, observador y realista, le dijo: “!Qué se va a matar este tipo! Yo lo conozco como la palma de mi mano. ¡Yo le apuesto, Presidente, que Delgado nos está jugando sucio y que no persigue otra cosa que la Presidencia de una nueva junta…!”. Y así fue. Así ocurrió.

No son los mismos hombres. Maduro tampoco es Gallegos quien, como bien dice Sanin, era un hombre bueno y afable, confiado, y diría Betancourt por su parte: hasta ingenuo. Maduro ha demostrado ser lo contrario, cruel y desconfiado. Pero tampoco son los mismos tiempos. Y los tiempos dicen que hay un pueblo en la calle reclamando por una respuesta constitucional. Es un reclamo de las mayorías, sin lugar a dudas. ¿Qué hará la Fuerza Armada? ¿Se suicidará con Maduro? ¿Correrá el riesgo de que el pueblo la supere en dignidad y talante democrático? ¿Se sumará al rescate nacional? ¿Correrá con los tiempos ganándose las voluntades del pueblo mayoritario? ¿Se pondrá del lado de la historia? ¿Volverá a ser institucional, democrática y venezolana?

Por ahora, el foco principal de la lucha es la usurpación de Maduro. Pero si la Fuerza Armada se empeña en sostenerlo en el poder, no quedarán dudas de la naturaleza del régimen y del entramado de poder, y los militares pasarán a ser el objetivo real del discurso y la política de la resistencia. Como bien apunta Betancourt citando a Karl Mannheim en Venezuela, Política y Petróleo: “Los elementos sojuzgados aprenden a adaptar su táctica a toda clase de amenaza, aun las militares”.

El propio Betancourt, evocando la historia reciente de su tiempo de los años 50 del siglo XX, apunta que “o los sectores realmente profesionales de las Fuerzas Armadas insurgen, codo a codo con el pueblo, contra las dictaduras militares; o advendrá el momento –no importa si dentro de meses o de años, pero llegará- en que la marea revolucionaria popular arrase, como ya sucedió en Bolivia, (refiere a 1952), no solo con el podrido andamiaje de esas dictaduras, sino también con los ejércitos que las sostienen y aúpan”. Y coloca el ejemplo de la dictadura de Juan Domingo Perón en Argentina y de cómo cayó. “La experiencia acumulada durante diez años de peronismo convenció a un importante sector de la Oficialidad argentina de que el supuesto régimen de las Fuerzas Armadas lo era en realidad del dictador y de su camarilla cívico-militar”. Esta frase equivale para Maduro y la cúpula que lo apoya.

 

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