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Ramón Hernández: Comidos por el lobo

 

La información fue escueta: “30 soldados resguardan el paso fronterizo por Colombia para impedir la entrada de la ayuda humanitaria”. Recordé los ejercicios que se hacían en la vieja Escuela de Periodismo de la UCV en los que había que construir una noticia con apenas uno o dos datos; a veces inventados por el profesor, pero fundamentados en la realidad: un incendio, la captura de un delincuente o el divorcio de una actriz. Servían para que los aspirantes a andar con una libreta, un grabador y una cámara aprendieran a describir situaciones y a contextualizarlas.

La parte más interesante eran las deducciones y las travesuras de la lógica. ¿Cómo entró si la puerta no fue forzada? Tenía llave, no estaba cerrada o por la ventana abierta. En ese punto aparecían las discusiones sobre si el asaltante había robado a la víctima antes o después de matarla, qué indicaba lo uno o lo otro. También el profesor, si había sido reportero, aprovechaba para advertir que cuando los bomberos no llegaban al siniestro donde estaba el periodista había que investigar si estaban ocupados en la extinción de otro más grande y más noticioso o si un trágico accidente de tránsito les obstaculizaba el paso. Mañas del oficio.

En estos tiempos en que la información veraz que tanto defendió Eleazar Díaz Rangel se ha trastocado en fake news, en periodismo chatarra, habría que enseñar a los lectores a aplicar el sistema deductivo para que no sean víctimas de la manipulación del medio que dirige el ex profesor. Si en la primera página aparece la foto de una multitud tomada de la pantalla de VTV y no del acto real, prenda las alarmas. No es una foto veraz. Los reporteros quizás hicieron un excelente trabajo, pero fue descartado porque el presidente editor Felipe Saldivia Najul recibió otras instrucciones de la vicepresidente ejecutiva, su eterna jefe, de recurrir al trucaje del canal oficial. Seguramente adujo razones de Estado o el tan recurrido el fin justifica los medios.

Se repite que la primera baja de la guerra es la verdad, una frase que se le atribuye al senador Hiram Johnson y que la habría pronunciado en 1917, cuando Estados Unidos se incorporaba a la Primera Guerra Mundial. Si bien la dijo entonces y tuvo gran difusión, no es suya. Desde la Guerra de Secesión, cuando se inventa y desarrolla el periodismo con títulos, sumarios y textos que responden a las cinco preguntas básicas –qué, quién, dónde, cómo y por qué– y con un diseño gráfico atractivo para la lectura, la frase ha estado rondando en la prensa de distintas maneras y con variados usos, pero es tan vieja como la guerra misma.

El antiguo diario de la quebrada La Trilla pareciera que lleva veinte años en guerra, no se le puede creer ni la fecha de publicación ni la hora que dan en la página web. Bolívar mintió ocasionalmente en El Correo del Orinoco verdadero para engañar a los realistas, pero en la versión chambona del siglo XXI los subordinados de la ex reportera Desirée Santos Amaral lo hacen de manera permanente y con textos al estilo de Francisco Delpino y Lamas: el cadáver del muerto, era de noche y sin embargo llovía, armamento bélico, arsenal de armas y similares.

La desinformación necesita dos factores para que funcione: la sorpresa y la credibilidad, y ambos están ausentes en los medios oficiales. Nadie les cree y a nadie sorprenden. Durante un tiempo engañaron a una audiencia cautiva y mínima con la presunta eficiencia comunicacional del fallecido, una falsedad que les servía para justificar las manipuladas tendencias irreversibles del CNE. En realidad muy pocos se calaban esos programas. Los periodistas saben el martirio que es reseñar las cadenas y demás vomitivos de mandatarios con modales de espalderos de barrio, que hablan de los ruidos de sus intestinos y hasta anuncian sin pudor cuándo le van a dar lo suyo a la enamorada. De tanto anunciar que viene el lobo, ni Villeguitas se ha dado cuenta de que el lobo ya se lo comió. Vendo título de primera página y a ocho columnas.

@ramonhernandezg

 

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