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Vladimir Villegas: ¿Maduro o la invasión?

 

No son pocos los que ponen las cosas en esos términos.  En que no hay otra opción. O Maduro o las tropas extranjeras que den al traste con su gobierno y con lo que quede de chavismo-madurismo, chavismo gobernante  o chavismo a secas. Los términos medios, los grises, los moderados, los “tercera opción” o como también prefieran llamarlos parece que cada vez van a contar menos, que su influencia en el rumbo de los acontecimientos se irá desvaneciendo hasta que lleguemos a un desenlace no concertado, nacido de la imposición de la fuerza.

Hemos dicho en artículos anteriores que Maduro se enfrenta al  equivalente a unos cinco 11 de Abril de 2002. Su gobierno tiene un altísimo rechazo, diría que sin precedentes, y sinceramente no sé de dónde sacaron una medición de opinión según la cual tiene ahora un 57 por ciento de reconocimiento o de legitimidad. Más allá de un tema constitucional, estamos frente a un conflicto político, que sólo se podría resolver con decisiones políticas que eviten los escenarios extremos. Una intervención militar en cualquiera de sus modalidades, un golpe de Estado, también en cualquier presentación o una derivación de la situación actual a la anarquía son escenarios cada vez más probables, y cada vez luce más remota e imposible una estabilización política y económica si el país continúa bajo el mando de Nicolás Maduro.

Sin entrar en disquisiciones sobre las elecciones presidenciales del pasado 20 de mayo, en las cuales, por cierto, yo voté para provocar el cambio de este gobierno por la vía electoral, hay una realidad al día de hoy. Maduro no tiene, a la vista, ninguna posibilidad de corregir rumbos, de arreglar sus propios entuertos económicos que han llevado al país a la ruina. Ha perdido el apoyo en los sectores populares y en las regioes del país donde otrora el chavismo era la fuerza predominante.  Por mucho que pretendan demostrar lo contrario con juegos de imágenes, quienes gobiernan saben que perdieron la calle, que están al frente de una administración que incluso podría sobrevivir, pero al costo de un castigo cada vez mayor para  los venezolanos.

En el ámbito internacional, parece depender casi en exclusiva de dos aliados distantes geográficamente y también conscientes de que no pueden quedar atados ad Infinitum  al barco de un gobierno agobiado por la deuda, por la casi imposibilidad de acceder a fuentes de financiamiento y sometido a cada vez mayores restricciones para operar en el comercio internacional.

Maduro sabe muy bien que bajo las actuales condiciones no podrá  llevar adelante gestión de gobierno alguna. Si antes, cuando la llamada guerra económica era más retórica que otra cosa, no pudo contener los demonios que llevaron a la parálisis del aparato productivo y a la hiperinflación, ahora menos, cuando Estados Unidos y la Unión Europea vienen aplicando fuertes sanciones que tal vez en los próximos días comiencen a traducirse en un drástico agravamiento de la vida cotidiana de los habitantes de esta tierra llamada Venezuela.

Optar por la respuesta bélica no resuelve el problema central del país.  Lo complica. Para los ciudadanos, la nación, y también para él y su gobierno. Esa opción le cierra las puertas a una resolución pacífica del conflicto venezolano. En lugar de ejercicios militares hace falta el  ejercicio de la política, ponderar los costos y beneficios de cada una de las opciones. Ponderar el costo que tiene para Venezuela el creer y hacer creer, a los incautos o románticos, que todo va viento en popa y que “la revolución saldrá adelante, bla, bla, bla… ”

Los principales voceros y líderes del oficialismo exclaman que no se doblegarán ante el imperio. Que darán la batalla hasta el final. Y, más  que el imperio,  la misma cruda y dura realidad es la que puede terminar por imponerse, incluso en un cortísimo plazo. Ni con cartas ni con ejercicios militares se evitará la tragedia que se nos avecina si no hay soluciones políticas al corto plazo. Defender la soberanía de la patria pasa hoy por darle espacio al soberano, ese mismo del cual tantas veces habló Hugo Chávez. Consultar al pueblo, al ciudadano, al elector, al soberano, o como cada quien quiera llamarlo es el mejor antídoto frente a cualquier escenario de violencia, ocupación o cerco económico.

El tiempo se agota. La mejor elección es una elección. Que el pueblo decida su propia suerte. Hasta Vicente Emparan entendió, el 19 de abril de 1810, que no se puede gobernar contra la voluntad de la gente. ¿Si el pueblo no lo quiere a uno como mandatario, en nombre de quién se puede gobernar? ¿Cuáles intereses superiores pueden estar por encima del interés general del país? ¿Por qué no le preguntamos a quienes ponen y quitan en una democracia, a los hombres y mujeres con derecho al voto? ¿A cuenta de qué tenemos que enviar a Venezuela al matadero?

Si en unas elecciones o una consulta libre, con igualdad de condiciones, la mayoría decide que el camino a seguir es el actual, pues que así sea al costo que sea, pero que no se invoque la guerra y no se confunda patria con gobierno o República con partido político sin preguntarle a quienes finalmente pagan la cuenta cuando se cierran los caminos a las soluciones pacíficas. No se puede invocar soberanía cuando se ignora el clamor del soberano.

 

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