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Juan Antonio Sacaluga: Venezuela; La invasión alimentaria y otras beligerancias blandas

 

La crisis de Venezuela ha entrado en una fase de tensa espera. La ficción de dos presidentes se amplifica con el reconocimiento parcial de uno no electo directamente por los venezolanos y de otro dudosamente electo que depende para su estabilidad de unos recursos amenazados por quienes, desde el exterior, ya no lo reconocen como mandatario.

Nicolás Maduro continúa encerrado en su retórica revolucionaria de resonancia arcaica, con invocaciones a la resistencia popular y al orgullo nacional, sin presentar propuestas prácticas que conduzcan a desactivar los riesgos de explosión. El típico mensaje de Patria o muerte, acuñado por sus mentores cubanos, se antoja claramente insuficiente e incluso perjudicial para los propios intereses del sistema bolivariano, en el momento presente.

Por su parte, Juan Guaidó luce seguro y confiado, se expone con clara desenvoltura en los medios internacionales -en particular los norteamericanos (1)-, proclama una próxima victoria de la atrevida iniciativa opositora e insinúa un progresivo cambio de lealtades en las fuerzas armadas, el factor clave en la resolución del dilema.

No se sabe a ciencia cierta cuánto hay de propaganda en la pose numantina y aún desafiante de Maduro o en la galanura cool de Guaidó. Los días pasan y las posiciones se mantienen aparentemente firmes. El régimen confía en que, si los opositores no consiguen resquebrajar la lealtad de los militares, su envite acabará en nada. Los seguidores del autoproclamado presidente parecen fiar su apuesta en un ablandamiento a fuego lento del chavismo residual para aplicar, en el momento dramático oportuno, un incremento de presión que provoque el derrumbe definitivo.

Soft War

Ese momento crucial puede ser la ayuda humanitaria planificada desde Washington, por un valor inicial publicitado de 20 millones de dólares. Migajas que la oposición vive como bocados de gloria. Esta especie de invasión alimentaria se va a realizar a través de dos vías de acceso: a través de la frontera de Colombia, con centro operacional en la ciudad Cucutá, y desde Brasil, con base en Panaraima. El objetivo: ganar adeptos y poner a prueba a los uniformados venezolanos (2).

Si el Ejército, por orden del Palacio de Miraflores, tratara de impedir el ingreso de la ayuda al territorio nacional, la población podría reaccionar con enfado y, quizás, con violencia. O al menos en eso confiarían los opositores. Si, por el contrario, no se ponen obstáculos a la libre circulación de las mercancías alimentarias y sanitarias, la intervención blanda de Washington se iría haciendo aceptable y prepararía el terreno para la asunción de Guaidó como presidente legítimo.

Por supuesto, no todo en la resolución de la crisis depende de este factor. Pero su aparente naturaleza pacífica, su carácter práctico, su evidente toque emotivo en un tiempo de escasez y penuria lo convierte en un arma de propaganda de primer grado. Nadie puede llamarse a engaño.

Los países que han apostado por Guaidó y han condenado diplomáticamente a Maduro también afinan su arsenal de presión. No son armas despreciables. Las tres cuartas partes de las importaciones de Venezuela provienen de países que han repudiado al régimen bolivariano, según el estudio de una entidad financiera privada afincada en Nueva York (3). El Banco de Inglaterra ha impedido que el gobierno de Venezuela retire de sus cofres reservas en oro por valor superior al mil millones de dólares (4). De calibre superior son las presiones económicas y financieras orquestadas desde primera hora por Washington.

Las endebles bazas de Maduro

Frente a esta ofensiva no militar, pero no menos letal, el régimen dispone de una retaguardia mucho más endeble y menos confiable. Los apoyos externos de dimensión que merezca ser considerada como apreciable se reducen a Rusia y China. Cuba. Bolivia o Nicaragua aportan poco más que el papel moneda de la retórica revolucionaria.

Venezuela tiene una deuda de 6 mil millones de dólares con Rusia, y la mitad de esa cantidad se la debe a Rosfnet, la empresa estatal de petróleos. Esta compañía, dirigida Ígor Sechin, uno de los aliados del conglomerado político-económico de Putin, tiene dos explotaciones de gas en Venezuela y activos petroleros que producen más de 20 millones de toneladas de crudo. El gobierno ha cerrado operaciones de compra de armas con el Kremlin y en los últimos meses ha acentuado su vinculación política y diplomática con Moscu, sabedor de que tarde o temprano se plantearía un pulso directo por el poder (5). Para Putin, Madero es la réplica de Poroshenko, el prooccidental presidente ucraniano que intenta mantenerse en el poder en las elecciones de este año, por el momento con débiles perspectivas. Se vuelve, pues, al esquema de la guerra fría, basada en peones y posiciones de amenaza difusa.

La dependencia venezolana de China es mayor en términos de penetración económica. El gigante asiático ha metido más de 60 mil millones de dólares en el país, en préstamos e inversiones de obras de construcción e infraestructuras, con la intención prioritaria de asegurarse el abastecimiento de petróleo (6). Pero fiel a su pragmatismo de no poner todos los huevos en el mismo cesto, Pekín no se ha mostrado tan entusiasta estos días en el apoyo a Maduro, aunque formalmente sigue reconociéndolo como presidente legítimo. Esta conducta se debe a la tradicional doctrina china de no injerencia en asuntos internos de otros países, para poder exigir que Occidente no condene sus prácticas represivas o su vocación expansionista en sus cercanas zonas de influencia.

Así las cosas, la temida batalla en las calles parece ahora lejana (sin que pueda ser descartada por completo). El pulso se perfila en el fuego silencioso de los bloqueos financieros, las ruidosas caravanas del pan y las medicinas y los secretos contactos que puedan estar produciéndose entre las partes para buscar una solución o, a lo peor, para engañar y confundir al contrario.

En España, la crisis vuelve a convertirse en materia de consumo interno, de rivalidad política y partidista, con escasa atención a la complejidad de los problemas de fondo. Se hacen superficiales y oportunistas apelaciones a la democracia, sin reparar en que se consienten abusos en otros muchos países sin dedicarle atención alguna. La mayoría de los doscientos mil venezolanos que residen en nuestro país tienen simpatías claramente opositoras, como es lógico, porque muchos pertenecen a capas sociales que al menos han podido emigrar. Pero más allá de sus convicciones políticas, merecen algo más que una estéril simplificación de las principales voces políticas y mediáticas españolas.

Notas

(1) “Guaidó steers Venezuela to a perilous crossroads”. ERNESTO LONDOÑO (Caracas). THE NEW YORK TIMES, 3 de febrero.

(2) “La llegada de ayuda de EE.UU. medirá el apoyo militar a Maduro”. ANDY ROBINSON (Caracas). LA VANGUARDIA, 5 de febrero.

(3) “Major European Nations back Maduro’s rival as Venezuelan leader”. THE WASHINGTON POST, 4 de febrero.

(4) BLOOMBERG NEWS, 26 de enero.

(5) “Russia’s support for Venezuela has deep roots”. ALEANDER GABUEV. FINANCIAL TIMES, 3 de febrero.

(6) “Venezuelan opposition leader urges China to abandon Maduro”. TOM PHILIPPS (Caracas). THE GUARDIAN, 3 de febrero.

 

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