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José Luis Alcocer: Sidor desde sus entrañas

 

Un viaje de regreso al sueño.

Carlos Max sintió temor después de haber presentado la prueba para ingresar a la Siderúrgica del Orinoco. Durante la tarde y la noche del día anterior se estuvo llenando de valor, energía y de una actitud positiva frente al evento, del cual iba a ser protagonista. Cuando ya estuvo dentro de la planta recibiendo sus implementos de seguridad, se sintió como de la casa, como si ya había estado antes, con mucha confianza y con esa chispa que desbordan los orientales cuando salen del terruño. Fue enviado como ayudante de albañilería a la acería de Palanquillas, un cargo y profesión que nunca antes había pensado ejercer; el arado y las semillas estuvieron más cerca cuando corría por la calle chaima de su natal Caripito. El paso del tiempo es inexorable, y pasa rápido o lento dependiendo de las preocupaciones de la gente, no hacía muchos días, junto a un grupo de niños se aglomeraban para competir corriendo, desde la mata de mango hasta la esquina de la pulpería. Ya con las botas de seguridad, lentes y un casco era todo un obrero siderúrgico, dispuesto a batir el acero.

Los “viejos”, siempre pensando en un mejor porvenir para los hijos, empujaron a Carlos Max hacia San Félix, allí curso el bachillerato en el Liceo Carlos Manuel Piar. Tomando una referencia en el tiempo, Caripito fue fundada en 1878 y cien años más tarde, en una tarde de la canícula de Agosto de 1978, arribó Carlos Max a Guayana. El hostil ambiente de una acería en ciernes, apenas comenzando sus operaciones, luego de un proyecto comenzado en 1974, no lo amilanó. Venezuela se iniciaba en la producción de acero para codearse con los mayores productores en América y el mundo y Carlos Max se sentía parte de ese proyecto. Siempre diligente y puntual en el cumplimiento de sus obligaciones, fue promovido a operador de colada continua donde tuvo que aprender todas las características del acero, su composición, elementos químicos, temperatura. Se llena de orgullo, al decir que su trabajo consiste en convertir el acero líquido que viene de los hornos, en palanquillas, lo cual a su vez, se utiliza como materia prima para fabricar cabillas y alambrón, tan necesarios para impulsar el desarrollo del país, insumos para la fabricación de viviendas y decenas de productos acabados.

Añorando las zambullidas en el rio san Juan, apenas tenía tiempo para echarse agua en el rostro y alistarse para entregarle el turno a su relevo. Toda esa agitación diaria, no impidió que tuviera momentos de reflexión y pudiera mirar a su alrededor e interesarse por otros aspectos referido a su propia vida y su integridad física y mental. Así comenzó a tener inquietudes por la Prevención y la Seguridad Industrial y su primer paso fue postularse como delegado de prevención, siendo electo por sus compañeros en elecciones libres y democráticas. El trabajo desarrollado siguiendo las pautas legales y la normativa de la empresa, lo situaron como una referencia y con un liderazgo en materia de seguridad industrial. En una actividad de motivación al personal auspiciada por la Trasnacional Ternium representó a su Gerencia en una competencia denominada “el trabajador seguro”, logrando el tercer lugar y recibiendo como premio una beca para estudiar el nivel de Técnico Superior en Seguridad industrial en el Tecnológico de La Salle. Allí tuvo que fajarse, hay que verle la cara a trabajar durante tres años fijo de noche. Los frutos se dieron con una cosecha abundante. Carlos Max, fue el sexto promedio de cuatrocientos trabajadores. Cuando le impusieron la medalla en el acto de graduación recordó, el lugar paradisiaco que una vez fue entrada y salida de tanqueros petroleros, desde el rincón de Caripito al estrado del auditórium del Tecnológico de La Salle.

La privatización de la Siderúrgica del Orinoco fue recibida con mucho escepticismo, muchos desfilaron por los portones de la empresa hacia un rumbo incierto, algunos regresaron en calidad de contratados. Los que se quedaron, mantuvieron la premisa “mientras yo cumpla con mi trabajo, no tengo nada que temer”. La cultura de trabajo cambió radicalmente, se adelantaron programas de capacitación, ingreso de personal, higiene y seguridad industrial, adecuación tecnológica y ocurrió el milagro, se logró superar la producción de años anteriores y llegar a cuatro millones, trecientas mil toneladas de acero producidas. Ahora sí, la Siderúrgica del Orinoco, el primer exportador de acero del mercado andino y el cuarto de América latina, un sitial que costó “sangre, sudor y lágrimas”.

Nuevamente la Siderúrgica se colocó en el ojo del huracán, quizás por su importancia estratégica, más por su impacto político que económico para el gobierno de turno. De allí salieron concejales, diputados, Gobernadores y hasta candidatos presidenciales, el tratamiento fue eminentemente político, y Sidor volvió a manos del estado. Al respecto, Carlos Max, que ha vivido bien de cerca tres periodos en la acería, primero con Gerencia del Estado, luego en manos privadas, y ahora nuevamente con el Estado, habla con propiedad: “Desde mi óptica creo que esto es un desastre, no se produce para pagar la nómina, no hay capacitación de la gente, la obsolescencia nos está matando como industria y sobre todo la desidia de quienes dirigen y gerencian la empresa desde la estatización para acá; a veces se ha paralizado por falta de un rollo de teipe y a nadie les duele”. La noche fue de sobresaltos, Patiño entró y tiró la puerta, Checheco a cada rato pasaba de un lado a otro, cuarenta y cinco días sin producir, no es cualquier cosa. Ya lo decía Chacín, “Produciendo, la noche pasa más rápido”. A la 6:45 am el bus pasó por la parada frente a la acería para el traslado hasta el portón 3 y de allí hacer el trasbordo para llegar a sus respectivos hogares. La guardia del turno de la noche en esas condiciones se vuelve tediosa, los trabajadores como autómatas se montaron, ya no está la euforia de años anteriores, los comentarios, la palabra oportuna. El cruce entre los que entran y los que salen se convirtió en una fría entrega del testigo.

Al llegar, al portón 3, Carlos Max, pudo divisar entre la gente a José Padilla, Teolindo Yánez y al Maestro Barreto; sorprendido se dirigió hacia ellos “¿Que los trae por aquí?” preguntó. Le respondió el Maestro Barreto, “Fuimos a buscar a Argenis Gamboa y a César Mendoza, pero ya no estaban, parece que Sidor se va con ellos también”. Pensativo y desilusionado abordó el bus rumbo a su hogar, al sentarse sintió un sopor, un estado de inanición, impotencia, los párpados cayeron como cerrando la entrada de una gigantesca galería. Se sumergió en un sueño profundo perdiéndose en la inmensidad del subconsciente.

Tomado del libro inédito: Conversaciones en el portón

 

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