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Rafael del Naranco: Viejos callejones

 

Debo manifestar y lo hago sin  aspavientos: soy  autor de una sola línea, con ella, sin salirse nunca del surco marcado, borroneo cuartillas pretendiendo relatar vapores literarios  con la misma entrega que un labrador empuja el arado. Alguna  hortaliza o fruto habrá salido  hacia el mercado de la subsistencia que  no siempre  han podido ser vendidas.

Un escritor  – no seremos nosotros brizna frágil  de las palabras  – puede convertirse en referencia colectiva sin salir jamás del terruño, al llevar dentro de sí la  materia primogénita de la sociedad  con sus protervos o buenos  atributos. Ejemplos predominan.

Al inundar la cuartilla de hoy recordando autores que durante años nos han ido abriendo los escondidos recovecos mundanos de otras lejanías.  Ahora nos vino a la  memoria – dubitativa siempre –   los casos de dos escritores egipcios que, sin haber abandonado prácticamente nunca su hogar, uno,  las callecitas apretujadas, sórdidas algunas veces, regocijadas otras,  aunque  dubitativas siempre, de Alejandría, y el otro prosista – Premio Nobel de Literatura – los callejones del añejo Cairo. Y es que cada uno de ellos,  (no se conocieron  nunca), nos han dejado una obra imperecedera que ha traspasado las fronteras del tiempo inmemorial.

El primero de ellos es Konstandinos  Kavafis, el bardo de la  soledad y la angustia en los entretelones de un alma requerida  de efebos en flor. En su “Cuarteto de Alejandría”, Durell se inspiró en el autor de “Itaca” para el personaje de “el viejo poeta”, siempre escarbando  en el sensual aroma de la disipada ciudad bizantina.

El otro creador de sentimientos marginales ha sido  Naguib Mahfuz, el autor de la más inconmensurable historia de El Cairo eterno que ha descrito magistralmente, reflejando los viejos suburbios con su gente, bazares, tradicionales cafés y sobrevivencias angustiosas. Igualmente brochazos suaves de cariños tiernos.

Dentro de la misma usanza de Mahfuz nos alcanza con retraso – desmedido – Alaa Al Aswany, escritor deslumbrante  que ha ido ocupando asombrosamente un lugar primordial en la narrativa moderna de Oriente  Medio

En su novela “El edificio Yacobián”, relato deslumbrante de un inmueble en El Cairo, la vida de la ciudad antiquísima sale a nuestro encuentro salpicando el contraste de unos seres cercados en la irresoluta realidad que ahoga pasiones y debilidades, sin faltar el idealismo juvenil  ni la rancia podredumbre política.

La urbe plasmada en las historias de Al Aswany es El Cairo de hoy, aunque igualmente pudiera ser cualquier de esas metrópolis cada vez más hendida entre los males emigratorios de la sociedad  actual.

La mayoría de los humanos – sin distinción de credo, lejanía o color de la piel – están construidos de la misma maléfica levadura, esa que obliga a sobrevivir en guetos atroces.

Lo callejones de los que hablamos en esta erráticas líneas son aquellos que  han sido arrastrando sobre los largos vericuetos de la  sociedad  moderna y cada vez más egoísta.

¿O ha sucedido  siempre así?  Muy cierto y, ahora mismo, de manera más atroz.  Los refugiados se han convertido en muchos países europeos en la espantosa “peste negra” del medioevo.

 

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