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Gabriela Cañas: De Damasco a Caracas vía Trípoli

 

La crisis venezolana arroja muchas preguntas. Una de ellas es cuánto sufrimiento debe soportar un país para que la comunidad internacional reaccione. Una segunda plantea la necesidad de medir esa reacción. Una tercera cuestiona las razones por las cuales las grandes potencias toman cartas en el asunto. No parece que el precio del pollo o la persecución de los líderes de la oposición haya sido hasta ahora un motivo serio de disputa entre el ruso Vladímir Putin y el americano Donald Trump, dispuesto ahora a derrocar a Maduro incluso por la fuerza.

Estados Unidos ya no necesita el petróleo venezolano porque el país es autosuficiente, explicaba recientemente el experto en América Latina Carlos Malamud, y a Trump le horroriza la inmigración, ahora engrosada por el éxodo venezolano. Moscú, mientras tanto, aprovechando la falta de entendimiento de Caracas con Washington y Bruselas, ha reforzado sus lazos con el chavismo hasta convertirse en un inversor de primer orden. Hoy, Rusia surte de armas a Caracas y es el segundo acreedor más importante de Venezuela después de China. De modo que, nuevamente, esta crisis convierte a un pequeño país a escala mundial en el campo de batalla de las grandes potencias. Batalla de momento sin un gran baño de sangre como viene ocurriendo en Siria, donde también los viejos contrincantes de la guerra fría han chocado; en ese caso con una victoria clara para Moscú.

Ha dicho el ministro ruso de Exteriores, Sergei Lavrov, que Estados Unidos está desplegando en Venezuela una “política destructiva”. El problema para los que así piensan es que el objetivo que busca Washington de derrocar a Maduro es compartido por casi todo el resto del continente americano, por una parte sustancial de Europa y, según todos los indicios, por la mayoría social venezolana. Por eso resulta esencial que los aliados de Estados Unidos —el Grupo de Lima y Europa— logren el mismo objetivo sin el uso de la fuerza. El precedente del derrocamiento armado de Muamar el Gadafi en Libia es un motivo de preocupación para los europeos, que con su intervención rompieron sus propios principios, y de sobreescenificado escándalo para Rusia.

La situación es explosiva. Estamos ante otro enfrentamiento en la cúspide y una víctima a la que todavía puede aguardarle lo peor: la población venezolana. Las diplomacias europeas y americanas, que de momento exhiben una positiva prudencia, afrontan un difícil desafío. Reconocer a Juan Guaidó como presidente es solo un primer paso. Queda lo más complicado: devolver la democracia a Venezuela sin convertirlo en otra Siria u otra Libia. Prometer una amnistía a Nicolás Maduro y los suyos, como ha hecho Guaidó, e incluso garantizar su seguridad, como desean algunos actores internacionales, es, por ahora, la única esperanza de que el régimen chavista abandone el poder sin un baño de sangre del que solo Maduro —y no Pedro Sánchez— sería responsable.

 

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